* Evocaciones seleccionadas por el BLOG AMÉRICA del libro de Katiuska Blanco, FIDEL CASTRO RUZ. GUERRILLERO DEL TIEMPO. Conversaciones con el líder histórico de la Revolución Cubana. Primera parte. Tomo II. Los subtítulos son del BLOG AMÉRICA
Los testimonios y reflexiones de Fidel en esta obra, relacionados con el 26 de julio de 1953, mediante un diálogo admirable con Katiuska Blanco, son los más pródigos formulados por él sobre tal evento histórico en su larga vida. Hemos querido poner a disposición de los lectores una selección en tres partes, por sí mismas de interés, pero sobre todo con el ánimo de propiciar la lectura íntegra que aparece entre las páginas 1 y 284 de la obra aludida.
Ejecución del asalto al Cuartel Moncada
Fidel Castro. (….) —Para tomar la posta solicité voluntarios. Fueron voluntarios los que marcharon conmigo y los del primer carro, yo iba en el segundo auto.
Salieron primero los que iban hacia los lugares menos peligrosos, donde previsiblemente la misión era más fácil, pero tenían que llegar de manera simultánea. Yo entraría al Moncada cuando estaba calculado que la gente del hospital iría entrando por el edificio al fondo del hospital; y cuando los que iban para el Palacio de Justicia estuvieran llegando allí. Habíamos estudiado los lugares para hacerlo todo simultáneamente y calculé el tiempo que debía darles a los carros que iban delante.
Con Abel iban combatientes movilizados en tres carros. Otro tenía que salir para tomar el Palacio de Justicia. Cuando saliera el primer carro le seguiría el mío a unos 100 metros, y después el resto de la caravana: los que íbamos a tomar la posta y el cuartel, los que íbamos a penetrar dentro del cuartel.
Claro, a Melba y Haydée queríamos protegerlas. Les dijimos que podían ir, pero al hospital como enfermeras, a ayudar a los heridos porque, en cierta forma, pensábamos mandar al hospital a nuestros heridos. El hospital no solo era un objetivo que había que tomar porque estaba al fondo del cuartel, allí el doctor Mario Muñoz ayudaría a Melba y Yeyé en la atención a los heridos de uno u otro grupo.
Sabía que la misión era muy arriesgada, de un riesgo enorme, no lo desconocía, pero realmente me sentía feliz; pocas veces en mi vida me he sentido tan feliz como me sentí en aquel momento, cuando después de 16 meses del golpe de Estado de Batista íbamos a emprender la acción. Tenía una gran confianza en la operación.
Todo el esfuerzo desplegado culminaba sin una sola falla, habíamos resuelto los infinitos problemas que se presentaron a lo largo del camino y ya avanzábamos hacia el objetivo. Iba uno con un gran impulso, con una íntima alegría de que se hubiera logrado hacer todo sin un solo fallo, que sorprenderíamos totalmente a Batista, al Ejército, a todo el mundo. Diría que fueron los momentos más emocionantes y más felices de mi vida.
Y sabía del riesgo, pero, al lado de lo que significaba la realización, la culminación de un esfuerzo como aquel, tan laborioso, durante tanto tiempo, tan motivado por la lucha, tan motivado por los objetivos que nosotros perseguíamos, tan motivado por el espíritu de todos los civiles que se lanzaban a asaltar la fortaleza sin ser militares; al lado de aquello, el riesgo resultaba despreciable. Pensaba en la acción, en lo que había que hacer, sin ninguna preocupación en absoluto, porque tenía confianza en la operación.
Lo que recuerdo como si fuera ahora mismo es que era muy feliz en el recorrido hacia el Moncada.
El cuartel está a unos cuantos kilómetros de donde nos encontrábamos, a unos cuantos minutos. En el trayecto había muy poco tránsito, casi nada, solo un yip por allá lejos, y tuvimos que parar por esa razón. A ese yip lo siguió el carro delantero, luego el carro de Santiago, doblamos y entramos. Eso lo viví como un momento de mucha tensión, de mucha emoción, un momento extraordinario. No recuerdo otro igual. Cuando desembarcamos en el Granma —al llegar por fin a Cuba el 2 de diciembre de 1956—, fue otro momento especial, una circunstancia parecida porque fue un viaje largo, un poco más dilatado con los incidentes al arribar a nuestras costas.
Pero, no, no recuerdo ningún otro momento como aquel, porque se cumplió un deseo acariciado durante mucho tiempo, un trabajo desarrollado durante mucho tiempo, un esfuerzo gigantesco, una idea. El instante en que nosotros íbamos a tomar la fortaleza implicaba que el Movimiento —ya bajo nuestra responsabilidad, sin auténticos, sin nadie, con armas propias y a partir de la decisión adoptada unos cuantos meses antes—, asumía la responsabilidad de la Revolución. Tales razones pueden dar la idea de lo tremendo que fue el golpe, de lo duro que fue el hecho de que no hayamos podido alcanzar el objetivo.
Katiuska Blanco—Su hermana Angelita me contó que, en los días previos al asalto al Moncada, usted, Raúl y otros jóvenes, amigos cercanos, se reunían a puertas cerradas en su casa del reparto Nicanor del Campo. Ella y Myrta se preguntaban continuamente sobre qué hablaban, en cuál asunto andaban que requería tanto misterio. Estando en Birán, luego del asalto, cuando escuchó hablar de un problema en Santiago, enseguida pensó que usted y Raúl y todos los demás estaban involucrados. ¿Tampoco Myrta sabía nada? Teodulio Mitchell, al evocar el comienzo del viaje hacia Santiago, decía que usted pasó por allí, recogió una guayabera y un libro, se los entregó para que los guardara dentro del carro y le dijo: «Deja ir a besar a mi hijo, no sé cuándo lo vuelva a ver otra vez». Y él, que estaba lejos de imaginarse que la acción esperada era ya inminente, le respondió: «¡Qué va, doctor, seguro lo ve la semana que viene!». Comandante, ¿no sintió temores por su familia en aquel momento? ¿Cómo pudo sobreponerse?
Fidel Castro. —Puse en mi vida a la Revolución y al futuro de la Revolución por encima de todo lo demás; era casi natural, algo entendido y sobreentendido por todos en casa, en Birán y en mi pequeño hogar. Fidelito era aún muy pequeño para comprender, pero Myrta sabía que yo estaba consagrado a la lucha, me conocía demasiado bien y no era ningún tipo de sorpresa para ella mi sacrificio. Confieso que me dolía, me preocupaba —creo que, a todos los hombres, en todas las épocas, tales disyuntivas tienen que preocuparles—, pero tenía una motivación muy fuerte, una profunda convicción.
Decidido a sacrificarlo todo, uno se siente tranquilo con su conciencia porque le parece que obra según lo que debe hacer y es correcto; entonces uno puede soportar tales contradicciones del alma, no sufre en exceso porque lo da por entendido entre quienes lo rodean desde hace mucho tiempo. Puede sentir personalmente pena —no lo niego—, pero no tiene ninguna duda moral, ninguna duda humana sobre lo que debe hacer. Uno lo sabe y renuncia a todo.
Son infinitos los hombres que, en otras épocas y otras circunstancias, en nuestra propia historia, todos los grandes patriotas, los grandes luchadores, toda la gente que era modelo para nosotros —Martí, Maceo, Mella y todos los demás patriotas y luchadores— vivieron lo mismo como si fuera una fórmula de la revolución. No se puede poner uno a pensar en los asuntos personales, en la vida; si se pone a pensar en toda la situación, dichos factores prevalecen y no se actúa. Uno percibe de forma consciente los riesgos, personalmente, no tiene ninguna duda de que está haciendo lo correcto, está cumpliendo el deber, haciendo lo más honorable que puede hacer. En mi casa nadie tuvo idea de que aquel era el momento de la acción, no podía despedirme, no podía conducirme con dramatismo.
No digo que sin esfuerzo, pero de la manera más normal y natural posible salí y emprendí el viaje. En realidad, fue difícil partir y, además, no informar ni el más mínimo detalle a la familia; pero para garantizar la acción había que cumplir de manera estricta lo establecido. Ciertamente, no se violó ninguna norma; los que participaron en la acción sabían solo lo que tenían que saber y nada más. Nadie tenía que conocer algo que no tuviera que ver con su misión y su trabajo. No recuerdo que alguien haya violado ese principio. Parece que la técnica empleada, la educación en una disciplina, en que todo el mundo debía estar siempre preparado para la acción, que no se podía preguntar nada, que no sabrían el día exacto, la forma en que se movilizaba la gente, que nunca conocía si se trataba de una práctica o la acción misma, la calidad de la selección, el estado anímico y psicológico de todos; tales factores, entre otras cosas, fueron fundamentales para el éxito. Sin duda fue absoluto el éxito de toda la preparación hasta la noche previa al momento del ataque.
(…) Katiuska Blanco. —Montané y Ramiro iban en el grupo de voluntarios que tomaron la posta principal de ataque en el Moncada. Recuerdo el testimonio de Ramiro sobre cómo consiguieron penetrar en el cuartel y neutralizar a un grupo de soldados en las barracas. También contaba sobre la impresión por el disparo de calibre grueso que penetró quemante en la frente y lanzó de golpe hacia atrás a Renato, en la misma garita de la posta. Comandante, ¿podría continuar relatando los hechos?
Fidel Castro. —El tiroteo no fue muy prolongado. En realidad, lo que ocurrió después fue que se quedaron algunos compañeros aislados. Resistieron y se mantuvieron allí durante bastante tiempo en el combate del cuartel. Al grupo del hospital, que no comprendió lo ocurrido —la gente que yo creí en una misión más segura—, le cortaron la retirada y los combatientes que lo integraban hicieron resistencia.
La acción del Moncada era una operación sorpresiva, fulminante. Si no se hacía así, en cuestión de minutos, no se podía tomar aquel cuartel ni la guarnición. Contábamos con 120 hombres ante más de 1000 soldados con armas mucho más potentes y poderosas. La toma del cuartel partía de la sorpresa, de la confusión total; primeramente, llegar, tomar los mandos y además las barracas donde dormían las tropas. Con la guarnición movilizada era imposible tomar el cuartel porque no disponíamos de morteros, cañones ni bazucas. Si nuestro grupo hubiera tenido 10 o 15 cañones sin retroceso, 6 o 7 morteros, armas automáticas, tal vez lo hubiera logrado.
Pero nuestras armas eran las escopetas y los fusiles 22; servían perfectamente para lo que íbamos a hacer: tomar sorpresivamente el cuartel, apoderarnos de los puestos de mando y de las entradas de todas las barracas y hacer prisioneros de cerca, en un combate muy próximo. Para ello eran útiles tales armas, no para un combate de asalto contra una fortaleza militar; ni las armas eran adecuadas ni los hombres habían sido preparados para eso. Era una proporción de 15 contra 1 y ellos con armas de guerra. Es decir, no se trataba del asedio a una fortaleza y la toma de una fortaleza, como hicimos después en la guerra. Lo que habíamos previsto era una operación comando, fulminante, sorpresiva; precisamente, como falló la sorpresa, no se pudo tomar el cuartel.
Nosotros habíamos observado y estudiado con anterioridad todos los movimientos en el cuartel: los lugares, las postas, sus recorridos, los horarios… Ahora, ¿qué imprevisto surgió? ¿Por qué no pudimos tomar el cuartel? Estoy seguro, ciento por ciento, de que fue por la presencia de la patrulla cosaca que organizó la jefatura del cuartel con motivo de los festejos de los carnavales en la posta principal, una patrulla de guardia militar con cascos, uniformes diferentes y ametralladoras, que iba y venía de la avenida a la posta principal. Eran guardias militares, de los que establecen el orden. Parece que fue una medida de seguridad por si los soldados bebían con motivo de las fiestas, no porque estuvieran esperando un ataque. Como aquella era la entrada principal, la patrulla caminaba desde la posta hasta la avenida, dos manzanas aproximadamente.
Nuestro plan consistía en avanzar primero por la carretera de Siboney, luego continuar por la avenida Garzón dentro de la ciudad y doblar a la derecha hacia la entrada principal del Moncada, a 200 metros de la avenida, y penetrar por allí al cuartel. Delante iban los carros que se dirigían al hospital civil, la zona de previsible menor peligro, Abel iba en uno de ellos. Calculé el tiempo para que fueran entrando simultáneamente. Les seguía el grupo con la misión de tomar el Palacio de Justicia, y después mi columna, que debía tomar el puesto de mando y las barracas.
Si nosotros lográbamos entrar vestidos de sargentos y tomar el puesto de mando y la entrada de las barracas con los soldados aún durmiendo, los hubiéramos sorprendido. Al despertar, se hubieran encontrado a unos sargentos apuntándoles y diciéndoles: «¡Manos arriba, al patio!». Y ya en el patio —ubicado al fondo—, estarían rodeados desde lo alto por el edificio del Palacio de Justicia, por el hospital y por nosotros en el cuartel, desde el puesto de mando y las barracas. El patio estaría dominado por nuestras fuerzas desde todas partes. Allí pensábamos mantener prisioneros a los soldados.
Los compañeros que iban delante de mí unos 100 metros tenían la misión de bajarse y desarmar la posta. La columna mía, con unos 90 hombres, la de penetrar hasta el puesto de mando y tomarlo, mientras los demás ocupaban la entrada de las barracas. Seleccioné voluntarios para tomar la posta; en aquel carro viajaban Montané —uno de los jefes del Movimiento—, Renato Guitart, José Luis Tassende, Ramiro Valdés y otros valiosos cuadros y combatientes.
Nadie sabía de la existencia de la patrulla que caminaba en aquellos precisos instantes desde la avenida Garzón a la posta principal, eran dos hombres con ametralladoras Thompson, brazaletes y cascos de guerra. Todo hasta entonces iba a pedir de boca.
El primer carro dobló y avanzó bien, perfectamente; pero cuando llegó a la posta, la patrulla ya estaba bastante cerca de la misma. Cuando doblé, pude ver que el carro había llegado a su destino más o menos a 100 metros del mío, se detuvo y el grupo de la vanguardia tomó la posta sin un tiro ni dificultad alguna, pero la patrulla cosaca vio pasar el carro y se quedó mirando. Yo, que iba detrás, despacito, me di cuenta de que los guardias, alarmados por el movimiento en la posta, a 60 metros de ellos, adoptaban la actitud de disparar contra los que actuaron en la misma.
La columna mía la integraban 10 o 12 carros, con unos 90 hombres —incluidos los que tomaron la posta. Ya teníamos un carro menos porque se había ponchado en el trayecto, pero para cumplir nuestra tarea con éxito ello no representaba una pérdida sensible, pues apenas necesitábamos 60 hombres para realizarla. Cuando vi que la patrulla cosaca podía tirarles a los combatientes que habían ocupado la entrada, sentí el instinto de neutralizarla.
Yo iba detrás manejando, llevaba una pistola y la escopeta automática; decidí proteger a los del primer carro y además quitarle las ametralladoras a la patrulla. De súbito, los dos soldados se viraron hacia nuestro carro que estaba a dos metros de ellos, apuntando con sus ametralladoras. Al parecer sintieron el ruido del vehículo y por eso se viraron y apuntaron hacia nosotros. De un timonazo lo lancé sobre ellos.
Por mi derecha las puertas se abrieron y salieron dos hombres, uno de ellos disparó. Los soldados quedaron tan sorprendidos que no tiraron. Al bajarse un compañero y sonar el disparo, todos los combatientes que iban en los demás carros se bajaron con sus armas y tomaron el edificio grande que tenían delante. La instrucción recibida por ellos era que cuando yo tomara el puesto de mando ellos avanzaran sobre las barracas, y fue lo que creyeron que hacían. Cuando sonó el primer disparo empezaron a sonar tiros por todas partes.
Yo sabía que aún estábamos fuera del cuartel, pero nuestra gente no, y cuando se bajaron de los carros inmediatamente entraron y ocuparon un edificio de tipo militar. Realmente habían tomado el hospital militar ubicado fuera del cuartel. Además, dominaron también toda la calle. ¡Había que ver aquel edificio!, tenía ciertamente aspecto de cuartel, y la gente, decidida y rápida, obró según lo indicado. ¿Cuántos serían? Alrededor de 60, porque no toda la columna que me seguía pudo doblar, solo una parte disponía de espacio para hacerlo. No puedo decir si fueron seis carros, si fueron siete, si fueron ocho. Puede ser que tras el paso del carro de los estudiantes comecandela, que trataron de adelantarse, algunos se confundieran y los siguieran. El caso es que llegué allí con menos hombres que los inicialmente previstos, pero bastaban para la acción. Si lo que ocurrió frente al hospital se hubiera dado dentro del cuartel, no necesitaba más combatientes.
Más tarde pensé muchas veces en aquel episodio. Lo que hice fue correcto, tratar de proteger a nuestra gente y, además, desarmar a los dos hombres de la patrulla enemiga que iban a disparar contra ellos. Después de mucho meditar y leer sobre dicho problema, considero que la mejor forma en que habría protegido a los ocupantes de la posta era olvidándome de la patrulla y avanzando rápidamente. El resto de los carros habría seguido. Ya teníamos franqueada la puerta del cuartel, y el plan se habría cumplido con exactitud, porque todo salió perfecto hasta ese minuto.
Me percaté de la situación creada y realicé un especial esfuerzo por reorganizar la columna. Entré en el hospital, cuya planta baja tomaron enseguida nuestros combatientes, y los saqué para continuar hacia el puesto de mando enemigo: «¡Este no es el cuartel, es el hospital!», les grité. Recuerdo que en los primeros momentos un hombre se asomó y resultó herido, fue el único que hubo en aquel edificio. Lo hirió alguien que disparó muy cerca de mí, casi me dejó sordo. Intenté que subieran de nuevo a los carros, pero ya las balas silbaban por todas partes, el tiroteo era tremendo. A pesar de todo, traté de organizar otra vez el ataque y franquear los muros. Casi lo consigo, ya tenía los primeros carros dispuestos nuevamente con los hombres que venían en él, cuando, por alguna razón, uno de estos se adelantó, dio luego marcha atrás y chocó mi propio carro.
En realidad, todo el esfuerzo que hice por reorganizar la columna otra vez fue en vano, porque no fue posible. Cuando casi lo tenía conseguido se produjo el accidente, y parte de la gente se dispersó y se introdujo por callejuelas aledañas.
A todas estas se levantó el cuartel y se activó la alarma que hacía un ruido increíble, estuvo sonando ni se sabe qué tiempo. Alguien la activó o tal vez era automática. Era el ruido más infernal que he oído en mi vida. Se despertó la guarnición, y habrían pasado ocho o diez minutos —incluso quizás menos— cuando un hombre se encaramó en un punto desde el que, con una ametralladora 50, se dominaba la calle donde nos encontrábamos. Recuerdo que me ocupé de aquel hombre. Él trataba de agarrar la ametralladora 50, parecía un monito allí dando saltos, y yo disparaba. Se tiraba al suelo, volvía otra vez a tratar de agarrarla, yo volvía a disparar con mi escopeta de balines. Le hice varios disparos, no dejé que se aproximara y utilizara el arma, mi problema era que no la agarrara y, por fin, no disparó en todo el tiempo que nosotros estuvimos allí.
¿Qué se hizo de aquel hombre que varias veces trató de ocupar el arma? ¿Murió? ¿Se retiró? No sé lo que pasó con el hombre, pero el hecho es que no tiró con la ametralladora 50.
Me di cuenta de que resultaba ya absolutamente imposible tomar el cuartel; entonces di la orden de retirada. En aquel momento pensaba en la acción de Bayamo.
Tras retirar a todos, me dispuse a salir en el último carro y, cuando ya estaba montado, vi a un hombre nuestro aparecer allí. Me bajé y le dije: «¡Móntate!». Me quedé yo solito. No veía a nadie más, evidentemente permanecían algunos compañeros, pero yo no los veía. Me quedé solo en medio de aquella calle, casi frente al hospital.
Entonces, ocurrió algo insólito. Parado allí solo, sin ver a ningún otro compañero por toda la calle, entró un carro, lo manejaba un muchacho de Pinar del Río que ya murió, él me recogió. Entró desde la avenida Garzón, cuando ya todo el mundo se había retirado. Le había dicho a nuestra gente que me esperaran en la avenida, y uno de ellos entró y me recogió. Ricardo Santana se llamaba aquel joven audaz. ¿De dónde vino? No lo sé, pero fue una acción arriesgada, tremenda. Si él no me hubiera recogido, me habrían matado allí.
El combate duró alrededor de 10, 12, 15 minutos. Salí pensando en los muchachos de Bayamo y tuve la idea de seguir por aquella misma avenida hacia el cuartel de El Caney, con el propósito de tomar el escuadrón, situado a pocos minutos, y abrir allí un frente porque me imaginaba que los combatientes de Bayamo ya habían tomado su cuartel y de repente se iban a quedar solos. Si no habíamos tomado el Moncada, era necesario salir y emprender una acción militar que sirviera de apoyo a quienes teníamos allá.
(…) La causa del fracaso fue la aparición inesperada de aquella patrulla. Lamento mucho que no se haya podido llevar a cabo el plan. Si en algún momento yo hubiera tenido que hacer de nuevo un plan, lo habría hecho idéntico. Hoy, con la experiencia adquirida, le paso por delante a la patrulla y sigo, la caravana de carros la hubiera paralizado, no habrían disparado.
Katiuska Blanco. —Entonces había que aplicar la variante de tomar el camino de la Sierra.
Fidel Castro. —Estaba claro, era elemental que no podíamos tomar el Moncada. Traté de ocupar otro cuartel, pero la gente que salió por la misma avenida se fue, como expliqué, hacia Siboney. Cuando llegué a la granjita había desmoralización provocada por el fracaso. Algunos se estaban cambiando la ropa, quitándose los trajes, vistiéndose de civil y dejando a un lado las armas.
Ya lo único que quedaba como destino era la montaña, incluso logré reunir un grupo, con el que salí de Siboney y emprendí la marcha hacia las montañas. Llevábamos uno o dos hombres heridos y, además, en aquel recorrido a alguien se le escapó un tiro. Entonces, ya teníamos como dos o tres heridos. Montané estaba muy débil, y por eso los mandé de vuelta para tratar de salvar a los heridos. Les indiqué que trataran de llegar de alguna forma a la ciudad. Habían transcurrido ya tres o cuatro días después del asalto.
El fracaso hizo un impacto grande en la gente. Muchos compañeros se desalentaron, incluso, quienes eran capaces de realizar las acciones más atrevidas en otras circunstancias, no tenían la misma disposición. Recuerdo el ímpetu con que tomaron el edificio frente al cuartel. Se bajaron de los carros con prontitud y decisión, con un arrojo tremendo, parecían soldados veteranos. Hicieron así: ¡Ra!, y lo tomaron todo, el hospital militar y todo lo que tenían delante lo dominaron.
(…) Creo que hice lo correcto. Retiré la gente y traté de proteger a los hombres. Lo que me reprocho es el modo en que me propuse desarmar a los guardias, en el intento de proteger a mis compañeros. Debí atinar a socorrerlos olvidándome de la presencia de la patrulla, pero para eso debía tener entonces la experiencia que no poseía. Es lo que me reprocho. Tratar de proteger a la gente era un objetivo correcto, pero en realidad la forma adecuada no era la que puse en práctica sino una de índole psicológica: pasarles por el lado a los guardias y no hacerles caso. A tales conclusiones llegué después leyendo mucho sobre acciones de guerra.
Siempre me dolió mucho porque realmente yo hubiera querido tomar el cuartel. Años después no solo tomamos el Moncada, sino la ciudad entera resguardada por 5000 soldados, algo muy difícil. Al final de la guerra yo quería tomar el Moncada, pero la guarnición se rindió. No hubo que atacarlo.
Katiuska Blanco. —Comandante, usted aún no lo sabía, pero sé que después aquilató la audacia y decisión de Raúl en las acciones simultáneas en el Palacio de Justicia. Él iba de soldado bajo el mando de Léster Rodríguez, cumplió al detalle todo lo previsto en el plan de ataque y en un instante tremendo salvó la vida de varios de los compañeros de su grupo a golpe de temeridad y valor. Los hechos lo convirtieron en el jefe de la fuerza insurreccional destacada en aquel sitio próximo al cuartel Moncada. Raúl ganó en el combate, por derecho propio, un lugar protagónico en la historia. Ya no era únicamente su hermano, a cuya participación en el asalto al Moncada usted no podía negarse, por mucho que en casa contrariara a sus padres o porque ellos y usted mismo entristecieran si la suerte o el destino le resultaban adversos en el peligro. Tassende defendió por él su derecho y una lógica terminó por convencer: si Raúl no iba a la acción, en La Habana de todas formas lo iban a matar. A la hora cero Raúl iba armado con un Springfield. Antes había tomado un Winchester de los de Birán porque sabía disparar con ellos, pero Miret le dijo: «Suelta eso y coge una escopeta de balines que es mejor, más segura, porque abarca más espacio». En el auto en que se desplazaban de la granjita Siboney al Palacio de Justicia iban delante el chofer, Léster y él, y en el asiento trasero tres compañeros asignados a aquella misión. Como ustedes habían estudiado en Santiago, Raúl conocía el camino. «Pasa por aquí, sigue por aquí», le indicó al chofer. A la altura de la Plaza de Marte le comentó a Léster, que era de Santiago e iba al frente: «Oye, nos pasamos, el lugar quedó atrás». «Ah, sí, da la vuelta», ordenó Léster al conductor.
Raúl percibió que al dar la vuelta y entrar por un desvío perdieron un tiempo que era oro entonces, había sido un primer inconveniente, una fatalidad irremediable que pesó en todo después, porque de no demorar, habrían llegado a tiempo para apoyar y definir favorablemente el curso de los acontecimientos.
Al llegar al objetivo, Raúl fue el primero en bajarse del auto y le pegó la escopeta a un cabo que se aproximaba con una pistola 38 con una cacha del 4 de septiembre y la bandera —detalle que la memoria de Raúl registró en un concierto de tensiones y apuros, como un flashazo que por el resto de su vida lo llevaría a aquellos momentos cruciales—. Entró al edificio y desarmó al cabo. Luego tocó suavemente en la primera puerta que encontró. En aquel minuto comenzó el tiroteo. Cogió la escopeta y la pistola, mientras el guardia, encañonado por otro compañero, permanecía contra la pared. Raúl golpeó la puerta con dos culatazos y de súbito tuvo ante sí a un sereno desarmado, un hombre de edad madura con mirada de asombro. Le preguntó: «¿Hay más guardias aquí?». El hombre respondió con la misma interrogante «¿Que si hay más guardias aquí?» y con la respuesta breve: «Ah, sí», al tiempo que señalaba justo a la entrada, a la derecha, otra puerta. De una patada, Raúl la abrió. Del otro lado, un cuarto con un bañito, y en la estancia unos guardias se vestían con lentitud insólita en tales circunstancias, su paciencia demostraba los pocos deseos de salir, de involucrarse… Raúl les quitó los fusiles y dos revolvones y los dejó encerrados. «Quédense quietos aquí», fue la orden que les espetó en medio de la confusión. Se percató de que no comprendían nada, al verlos vestidos como militares con grados de sargentos…
Entonces Raúl subió a la azotea. Durante el ascenso paró en algunos pisos y a través de las persianas de los ventanales intentó descubrir lo que sucedía en el Moncada. Cuando llegó arriba el tiroteo aún era intenso. Iba a dispararle a un guardia que le quedaba justamente abajo, en una de las torres del cuartel, pero el hecho de que el militar estuviera de espaldas lo hizo desistir, no consiguió ignorar la desventaja del otro y bajó la mira de su arma. Luego, aquel mismo soldado se viró y desde una posición fortificada comenzó a disparar hacia lo alto. Para entonces, ya Raúl disparaba certeramente con su Springfield y esquivaba las ráfagas provenientes de la parte trasera del Palacio de Justicia. Combatieron todo el tiempo hasta que vieron la retirada. Él indicó a los demás asaltantes: «Vayan bajando ustedes, yo me quedo». Lo hizo el mayor tiempo que le fue posible mientras observaba con ansiedad el aciago curso de la acción de ataque al cuartel. A ciencia cierta, Raúl no sabía si sus compañeros habían descendido por las escaleras cuando bajó por el elevador. La sorpresa sobrevino después, al salir del recodo donde se encontraba la puerta del ascensor, en el lobby. Seis guardias armados con metralletas Thompson y otros fusiles habían penetrado en el edificio y encañonaban a Léster y a los otros jóvenes.
Raúl, al salir inesperadamente vestido de militar, captó la perplejidad y vacilación reinantes y en fracción de segundos le arrebató el arma al jefe de los guardias y a gritos ordenó «¡Al suelo!». Los seis militares se tiraron al piso y el grupo los desarmó. Raúl los condujo al mismo cuartico donde los otros soldados y el sereno permanecían encerrados. «¡Tranquilos ahí, no se muevan!», les recomendó y trancó la puerta con llave. A los muchachos les dijo: «¡Vamos a botar las armas para afuera!». Lo ordenó para que a los guardias les resultara imposible alcanzarlas rápidamente. «¿Y Léster?», preguntó. Uno le dijo: «Yo lo vi ahora aquí». El chofer aguardaba por ellos y el carro aún estaba ahí. Todos acataban sus órdenes y entonces les recomendó: «Salgan y espérenme en la bocacalle, al atravesar la avenida…». El grupo salió y él comenzó a buscar a Léster en la planta baja, donde lo había visto antes: «Léster, Léster», repitió alto durante unos segundos largos, pero no lo encontró y ya no había tiempo para más. Decidió salir. Una ráfaga empolvó el aire y él imprimió velocidad a sus acciones, saltó sobre un talud a pura adrenalina para caer en medio de la avenida y reunirse con los otros cuatro compañeros, que cumplieron con exactitud la orden y, fielmente, lo esperaron allí. «¿Y Léster?», indagaron. «No se sabe dónde se metió. Dale por ahí», dijo. Solo él conocía Santiago. Comenzaron a dar vueltas por la ciudad como en un tiovivo que nunca lleva a ninguna parte sino a los mismos puntos recorridos, una y otra vez. De repente estaban en Ciudamar y él aconsejó: «Vamos a salir de aquí, que en este lugar sí estamos perdidos». Nunca concibieron probable la vuelta a la granjita Siboney. Estoy segura de que de imaginar que usted regresaba allí, Raúl lo habría hecho. Pensaron que a tales alturas el Ejército andaría por allí, cuando en realidad tardó mucho rato en salir a las calles. De regreso al centro de Santiago, por el Parque Céspedes, Dalmau, el dueño del carro, dijo: «Bueno, yo conozco aquí a una familia que se llama Méndez Cominches, es cerca de aquí», conocía la dirección. Raúl objetó: «Pero somos muchos. No podemos ir todos». Otro sugirió: «Yo conozco aquí a otra familia». Así vislumbraron dos o tres salidas, mientras él insistía: «¿Están seguros de que pueden ir?». «Sí, podemos ir», le respondieron. Coincidieron en que por separado tendrían mayores probabilidades de escapar. Se alejaron con rumbos diferentes. Raúl decidió refugiarse en la casa de la doctora Ana Rosa Sánchez, una opción que, desafortunadamente, terminó incrementando la zozobra puertas adentro de la casa grande en Birán.
Después del Moncada hasta la prisión y la autodefensa
Katiuska Blanco. —Comandante, tanto Raúl como usted dieron la orden de retirada cuando se percataron de que ya era imposible tomar el cuartel, entonces, ¿qué pensó? ¿cómo se sentía?
Fidel Castro. —Ante aquel revés, reparé en la certeza de que algo terrible había ocurrido. Un desastre después de tantos esfuerzos durante largo tiempo. Sin embargo, en aquel instante crucial no me detuve a pensar, sino que me sentí preocupado por los combatientes de Bayamo que se iban a quedar aislados, pensé en otra acción militar que les sirviera de apoyo: tomar el cuartel de El Caney. Y desde luego, con las armas que ocupáramos, seguir la guerra en las serranías. Lo he narrado en numerosas oportunidades, he meditado mucho sobre tales hechos.
La reacción que tuve no fue quedar perplejo o paralizado, sino emprender la lucha de inmediato. Ya no sería nuestro plan original, no sería un golpe fulminante contra Batista ni un movimiento de gran impacto, había que cambiar totalmente la estrategia.
En Siboney agrupé a los que tenían mejores condiciones y con ellos decidí ir a las montañas. Claro, ya teníamos conciencia de que el armamento de que disponíamos no sería efectivo en las nuevas condiciones. Los revólveres, los fusiles 22 y las escopetas no serían de mucha utilidad en terreno abierto. Era emprender la marcha prácticamente desarmados; pero bueno, al menos podríamos defendernos a 20 o 30 metros del enemigo. Ya en las montañas pasamos muchos días sin dormir.
Katiuska Blanco. —Comandante, según la cronología de la Oficina de Asuntos Históricos, 19 hombres le acompañaron en la alternativa que usted propuso, tras el reagrupamiento en Siboney, de continuar la lucha en las montañas. Tres horas después, uno de ellos desistió. Quedaron 18 combatientes.
Fidel Castro. —En cuanto emprendimos la marcha, empezaron a aparecer aviones. Llegamos a un lugar y comimos algo. El empeño nuestro era escalar la montaña para salir al otro lado y evitar que nos cortaran la retirada. Avanzamos haciendo un esfuerzo descomunal, sobrehumano, en especial el primer día.
Recuerdo que en casa de un campesino nos cambiamos de ropa porque ya no hacíamos nada vestidos de sargentos. Alguien me facilitó una camisa, la que llevaba puesta en la foto que captan días después en el vivac.
Caminamos duro, pero no pudimos coronar la Sierra Maestra porque antes de llegar, ya atardeciendo, el Ejército había tomado todas las alturas y vimos a los soldados a 200 metros; a esa distancia nuestras armas no tenían efectividad alguna. En un combate entre los soldados y nosotros a 200 metros, no podíamos alcanzarlos. Ellos contaban con rifles Springfield 30.06 o fusiles semiautomáticos Garand de ese calibre. De milagro los soldados no nos vieron. No conocíamos aquellos lugares. Esperamos la noche y tratamos de escalar el alto, pero no pudimos porque vimos luces. A todos los puntos claves habían enviado cientos de soldados para cortar nuestra posibilidad de retirada. Entonces, nos movimos al sur de la Sierra Maestra, con muchas dificultades, mucho trabajo, mucha hambre, durmiendo en las laderas, en las peores condiciones. Fue agotador para nuestra gente. Los heridos estaban mal. Cuando por accidente tuvimos otro herido en el grupo, decidimos que intentaran regresar a la ciudad y continuar con un grupo más reducido de combatientes.
Permanecimos cerca de una semana moviéndonos por aquellos lugares, tratando de buscar una brecha, un sitio por donde eludir al enemigo. Entonces comprobamos que resultaba muy difícil romper monte. Pensamos en aproximarnos a la bahía y cruzar en un bote al otro lado.
Katiuska Blanco. —Comandante, a pocas horas del asalto, ya los medios de difusión masiva hablaban de lo ocurrido, notificaban gran número de muertos y heridos. ¿Cómo recibió las noticias que reportaban la muerte de tantos asaltantes? ¿Qué idea pasó por su mente?
Fidel Castro. —Por aquellos días, a través de la radio, empezaron a trasmitirse noticias oficiales que registraban —casi a las 24 horas, al otro día, el lunes— 80 muertos de los nuestros, un mínimo de soldados caídos y 22 heridos. En los partes noticiosos se decía: «Esos tienen que haber muerto en los primeros momentos allí…».
En cuanto notificaron 80 muertos entre los atacantes, me percaté de la dura realidad: habían capturado y asesinado a los prisioneros. Hicieron lo que siempre hicieron ellos y lo que hizo Batista a lo largo de la historia: asesinar prisioneros, incluso personas que no habían participado en la acción. A la mayoría de los extraviados los mataron; a todo el que agarraban lo asesinaban. A los compañeros del hospital, que fueron los primeros en ser capturados, los hicieron prisioneros y los mataron a todos, y a cuantos fueron apareciendo los tres o cuatro días que siguieron. En Bayamo ocurrió que por un percance tampoco tomaron el cuartel y del mismo modo nuestros hombres corrieron diversa suerte; pero los que escaparon de la muerte lo hicieron milagrosamente.
Pasados cinco o seis días, existía cierto clima más difícil para el asesinato impune. La Iglesia estaba de por medio; el arzobispo de Santiago de Cuba intervenía ya en la cuestión de preservar la vida de los detenidos. Se suscitó una gran repulsa contra los crímenes y se consiguió cierta garantía, a un grupo que no estaba en condiciones de romper el cerco le planteé la necesidad de acogerse a la garantía gestionada por el arzobispo, y me quedé con dos de los jefes.
El grupo más amplio de compañeros, quienes de modo general se encontraban en un estado físico deplorable, quedó en casa de un campesino comprometido con contactar al arzobispo. Los demás nos alejamos de allí aproximadamente tres kilómetros, lo más pronto que nos fue posible. Por honor decidí persistir en mi empeño combativo y no acogerme a ninguna garantía; además, un elemental sentido común me decía que para mí no valía ninguna seguridad, mediación, «armisticio»; es más, si hubiese existido la posibilidad de que mi vida fuese respetada, nunca lo habría aceptado. Así, convencidamente, lo puedo afirmar de forma absoluta. Me sentía con la máxima responsabilidad y no renunciaría a la idea de continuar la lucha. Era un deber irrenunciable persistir y no abandonaba la posibilidad de resistir en las montañas. Ya cuando lo de Cayo Confites, pensé en internarme en la Sierra Maestra para continuar la lucha. Toda mi vida anterior señalaba tal camino.
Crecido en el campo, cabalgaba solo a los Pinares y nunca sentí temores por largo, desolado y difícil que fuera el empinado trayecto. Además, de niño había vivido en Santiago y en reiteradas excursiones conocí la bahía. Todavía hoy cierro los ojos y me imagino siguiendo el recorrido ideal: seguir caminando a lo largo de la carretera en dirección a Santiago, del lado de allá, y llegar a la bahía por el oeste, tomar algún bote de pescador, cruzar de noche y alcanzar la bahía por el este e internarme en la Sierra Maestra para continuar la lucha desde allí con hombres que reclutaríamos en lo adelante. Las armas también las conseguiríamos después.
Fidel Castro. —Nos capturaron un sábado, la acción fue el 26 de julio y nos apresaron el 1ro de agosto. Desde el punto de vista físico, estábamos exhaustos debido al hambre, las malas noches y la falta de recursos; pero bueno, aún así, mi decisión era firme, me sentía bien y habría podido continuar. No había cumplido todavía 27 años.
Alejado ya como tres kilómetros del lugar donde habían quedado nuestros compañeros que se acogerían a la mediación de la Iglesia, cometimos un error en que no habíamos incurrido con anterioridad. Invariablemente dormíamos en pleno monte, pero para descansar al menos algo, pensamos refugiarnos en un vara en tierra que descubrimos, donde podíamos salvarnos de la humedad y el frío, del sereno en las amanecidas. Acostarnos a dormir en la casita de guano fue un grave error. Nunca más en la guerra lo hicimos, porque de algo le valen a uno las experiencias amargas.
Dormimos como piedras, sin guardia; los tres nos acostamos a dormir, con nuestros fusiles y pistolas. Éramos José Suárez Blanco —Pepe—, Oscar Alcalde y yo. Pepe era el jefe de la célula de Artemisa y Oscar, miembro importante del grupo de [Raúl] Martínez Arará.
Los soldados salieron a buscarnos aquel día más temprano de lo acostumbrado, antes del amanecer. Yo aún estaba medio dormido cuando sentí unos golpes que parecían como las pisadas de un caballo; era la patrulla de soldados subiendo la colina, golpeando con el fusil.
Me pareció muy raro, era demasiado temprano. Siempre ha sido un misterio para mí qué pasó aquel día, porque indiscutiblemente a las patrullas que lanzaron a buscarnos, que eran varias, les dieron la orden muy temprano para esa jornada. Cuando dieron conmigo, no fueron a la casa del campesino ubicada a dos o tres kilómetros, sino precisamente al lugar donde estábamos. A los soldados se les ocurrió registrar allí, empujaron la puerta y nos despertaron con los fusiles sobre el pecho. Estábamos nada menos que en manos de nuestros enemigos, en manos del Ejército.
Mi estado de ánimo durante los siguientes días fue de una infinita amargura, una indignación terrible, porque comprendí que habían asesinado a todos los prisioneros. Sentía irritación, indignación y amargura. Sin embargo, no me desplomé. A pesar de la adversidad de que se habían perdido muchos compañeros, muchas vidas valiosas, tenía algo todavía: la decisión de luchar.
Sin discusión, aquel fue un momento difícil, con los fusiles de los soldados sobre el pecho, sin poder hacer nada, ¡dormidos! Fue un momento terrible; pero de súbito, me entró como una especie de resignación. Sentía infinita amargura e irritación por el error cometido. Me consideré muerto. Creo que no nos mataron en el acto porque inicialmente no dimos nuestros nombres. Con los soldados sedientos de sangre y deseosos de matar, la actitud de [Pedro] Sarría, el teniente negro, se tornó decisiva. Él los tranquilizaba diciéndoles: «Las ideas no se matan». Empezó a decir una y otra vez como en un susurro: «No disparen, no disparen, las ideas no se matan». Los soldados comenzaron a decir que nosotros habíamos ido al Moncada a matar soldados, hablaban alto y con un gran machismo. «¡Vinieron a matar soldados!», decían. En aquel momento entablé una polémica con ellos.
(….) Katiuska Blanco. —Fue una actitud temeraria, parecida a la que asumió en El Bogotazo cuando discutió con el dueño de la casa de huéspedes donde se había refugiado, y de súbito por ello lo expulsaron de allí y estuvo en la calle en pleno estado de sitio.
Fidel Castro. —Sí, fue realmente temeraria, casi suicida. Les dije: «Nosotros no venimos a matar soldados, venimos a libertar este país». Y respondieron: «No, nosotros somos descendientes del Ejército Libertador». Les discutí otra vez: «¡Ustedes lo que son es descendientes del Ejército español, los descendientes del Ejército Libertador somos nosotros!». Entablé una discusión seria y exaltada porque ya me daba por muerto, es la verdad. No podía soportar lo que estaban diciendo, y me dije: que salga el sol por donde salga. Y entonces Sarría reiteró una y otra vez: «Las ideas no se matan». Lo decía bajito y con una convicción estremecedora. Aún hoy conmueve pensar en un hombre de una integridad y valor tales como para repetir dicha frase como quien enarbola un principio o una bandera.
Los soldados rastrillaban sus fusiles sobre nuestras cabezas. Tenían las venas hinchadas por la cólera, estaban sedientos de sangre. Por eso fue vital la presencia de Sarría, que aún no me explico cómo pudo contenerlos. Los soldados conocían que el Ejército había matado a muchos de los nuestros y probablemente era lo que pensaban hacer con nosotros. En medio de la tensión, Oscar Alcalde le dijo a Sarría que él era masón y quizás también tal iniciativa o confesión suya nos salvó la vida.
(…) Fidel Castro. —Después de lo que conté nos amarraron, y cuando nos levantaron para marchar a la carretera se sintieron disparos muy cerca de nosotros. Alguien dijo que nos tiráramos al suelo; pero creí que se trataba de una estratagema o engaño para matarnos inermes, y dije: «Yo no me tiro. No me tiro al suelo. Si quieren matarme, mátenme de pie». Sarría me escuchó y agregó: «Ustedes son muy valientes, muchachos, ustedes son muy valientes». Ante su gesto y caballeroso comportamiento, decidí retribuirlo con la verdad: «Teniente, yo soy Fidel Castro», y en el acto me pidió: «No se lo digas a nadie, no lo digas». Escucho cada palabra como si todo aconteciera hoy mismo. Le agregué que era el principal responsable de los que estaban conmigo. Le dije que no quería engañarlo.
El teniente Sarría se convirtió en un ángel de la guarda para nosotros, fue como si bajara del cielo para protegernos.
(…) Fidel Castro. —Me pusieron en una celda en la prisión de Boniato, en un pabellón, cerca de los otros combatientes. Tenían allí retenidas, además, a figuras políticas, algunos líderes comunistas, a quienes deseaban implicar y que no habían tenido absolutamente nada que ver. Recuerdo en especial a Lázaro Peña. Pero, bueno, era una acción deliberada para mezclar los del Movimiento 26 de Julio con los comunistas. Nosotros decíamos cómo lo habíamos hecho, pero no hacíamos ninguna crítica a los comunistas.
En el mismo pabellón donde yo me encontraba preso recluyeron a Melba y a Haydée, y además a los líderes políticos a quienes trataban de involucrar. No lo recuerdo bien, quizás Raúl pueda contarlo con más nitidez. También considero que fue vital para mí la presencia de Melba y Haydée Santamaría o Yeyé, como le decíamos todos. Ellas me proporcionaron mucha información a pesar del aislamiento en que pretendían mantenerme. Me separaron del grupo desde un inicio, pero de alguna manera nos comunicábamos cuando ellas se aproximaban al lugar donde yo estaba. Al principio les era posible porque los guardias al poco tiempo se hicieron amigos míos. Después, cuando se dieron cuenta, buscaron a un grupo selecto de guardias llenos de odio para que nos cuidaran —siempre he dicho que parecían basiliscos, tipos furiosos, muy escogidos para no dejarse influir por nosotros—. Nuestra situación en realidad empeoró entonces.
Yo sentía amargura todavía por el revés, la captura, la prisión; no por lo personal, sino por lo que significaba desde el punto de vista revolucionario, y, sobre todo, la mayor indignación se debía al conocimiento preciso que ya tenía de todos los crímenes, porque ya se sabían muchos de los crímenes: lo que habían hecho con Abel, con Boris Luis Santa Coloma, las cosas que ocurrieron también con otros combatientes; de todo eso me enteré allí por los prisioneros, y especialmente por Melba y Yeyé.
(…) Katiuska Blanco. —Fueron días muy difíciles y peligrosos. Desde su ventana, usted podía observar la posta cosaca de la azotea. Una ametralladora calibre 30, instalada en lo alto, apuntaba invariablemente a su celda y también unos grandes reflectores.
Fidel Castro. —Y ya para entonces, a través de mensajes verbales, me había comunicado con todos los compañeros y planeado la estrategia de asumir la responsabilidad con un idéntico pronunciamiento: «Sí, vinimos al Moncada, vinimos a luchar por la libertad de Cuba». Es decir, asumir una actitud beligerante y de denuncia de los crímenes, defender la justeza de nuestra acción, de nuestra lucha.
Katiuska Blanco. —Supe que lo mantenían incomunicado y que, a su hermana Agustinita, la más pequeña, no la dejaron pasar cuando fue a verlo. Usted le escribió una carta maravillosa. No parece escrita por alguien encerrado en una cárcel, todo lo contrario, su espíritu vuela libre en las palabras. Por aquellos días también envió mensajes a casa para tranquilizar en lo posible a sus seres queridos: a su esposa, a sus padres, a su hermano Ramón. Todo lo hacía en medio de la decisiva etapa de preparación con vistas al juicio.
Fidel Castro. —Durante el período de aislamiento recibí algunos libros; unos eran textos de ciencias sociales, muy útiles, sobre la historia de las doctrinas sociales, historia de las doctrinas políticas; también un volumen de las Obras Completas de Martí; pude recibir seis o siete libros; fueron muy importantes para mí porque debía aprender de memoria algunos pasajes, algunas citas, mientras me preparaba para el juicio. A no ser Ramón, nadie se imaginaba lo que tenía planeado.
Katiuska Blanco. —Ramón sí sabía porque le había escrito y usted a él el 5 de septiembre de 1953: «Me parece acertado lo que me propones sobre mi defensa, y así lo he estado pensando desde el primer momento. El juicio lo han transferido ahora para el día 21». En otro fragmento agregaba: «Además, no sufro ningún género de arrepentimiento, en la más completa convicción de que me sacrifico por mi patria y cumplo con mi deber; eso indiscutiblemente es un gran estímulo. Más que mis penas personales, me entristece el recuerdo de mis buenos compañeros que cayeron en la lucha. Pero los pueblos solo han avanzado así, a base del sacrificio de sus mejores hijos. Es una ley histórica y hay que aceptarla.
»Es necesario que le hagas ver a mis padres que la cárcel no es la idea horrible y vergonzosa que ellos nos enseñaron. Tal es solamente cuando el hombre va a ella por hechos que deshonran: jamás cuando los motivos son elevados y grandes, entonces la cárcel es un lugar muy honroso».
Y en otra carta, también a su hermano, le comentaba: «Recibí un telegrama del viejo preguntándome si teníamos ropa; yo le contesté enseguida que sí, lo mismo que Raúl. Myrta me mandó un traje que le pedí para el juicio […]. Pienso escribirle esta tarde a los viejos. ¿Están tranquilos? ¿Comprenden que estoy preso por cumplir con mi deber?
»Con Raúl no he podido hablar porque estoy en celda aparte, pero yo espero que él también te escriba».
A Ramón, además, le agradecía siempre los tabacos.
A sus padres envía el 23 de septiembre de 1953 una misiva en medio de las audiencias: «Espero me perdonen la tardanza en escribirles, no piensen nunca que es por olvido o falta de cariño; he pensado mucho en ustedes y solo me preocupa que estén bien y no sufran sin razón por nosotros.
»El juicio comenzó hace dos días; va muy bien y estoy satisfecho de su desarrollo. Desde luego es inevitable que nos sancionen, pero yo debo ser cívico y sacar libre a todas las personas inocentes; en definitiva no son los jueces los que juzgan a los hombres, sino la historia y el fallo de esta será sin duda favorable a nosotros […].
»Quiero por encima de todo que no se hagan la idea de que la prisión es un lugar feo para nosotros, no lo es nunca cuando se está en ella por defender una causa justa e interpretar el legítimo sentimiento de la nación. Todos los grandes cubanos que forjaron la patria han padecido lo mismo que estamos padeciendo nosotros ahora.
»Quien sufre por ella y cumple con su deber, encuentra siempre en el espíritu fuerza sobrada para contemplar con serenidad y calma las batidas adversas del destino; este no se expresa en un solo día y cuando nos trae en el presente horas de amargura, es porque nos reserva para el futuro sus mejores dones.
»Tengo la más completa seguridad de que sabrán comprenderme y tendrán presente siempre que en la tranquilidad y conformidad de ustedes está siempre también nuestro mejor consuelo.
»No se molesten por nosotros, no hagan gastos ni derrochen energías. Se nos trata bien, no necesitamos nada. […] »En lo adelante les escribiré con frecuencia para que sepan de nosotros y no sufran.
»Los quiere y los recuerda mucho, su hijo Fidel».
Comandante, siempre que repaso aquellas cartas percibo el amor por sus padres y el deseo de consolarlos. Usted calla los peligros, atenúa las angustias, se muestra más optimista de lo que la prudencia aconsejaría o de lo que usted mismo esperaba, todo para que ellos no sufrieran…
Autodefensa, rodeado de bayonetas
Katiuska Blanco. —Comandante, conociendo su autodefensa ante el Tribunal de Urgencia de Las Villas, podía augurarse que el juicio oral sería en su voz una denuncia contundente contra el régimen. Sin embargo, ellos no fueron suspicaces, ¿sería por torpeza o porque Batista continuaba subestimándolos? ¿Usted sentía ansiedad porque tal momento llegara? ¿Cómo planificó lograr sus propósitos? ¿Qué recuerdos guarda del día en que se inició el juicio? (…)
Fidel Castro. —La verdad, creo que esperaba el momento con ansiedad. Durante 50 días estuve preso a la espera del juicio como una circunstancia muy importante, un hecho trascendente, porque nos disponíamos a tomar allí la ofensiva. Asumiríamos toda la responsabilidad ante el tribunal y nos convertiríamos de juzgados en jueces, denunciaríamos todos los crímenes de la tiranía. Teníamos suficientes elementos de juicio e informaciones filtradas a través de Melba y Haydée. Otra cuestión esencial era la oportunidad, después de tantos días de incomunicación, de reunirme de nuevo con mis compañeros de lucha.
Además, la vista sería oral y pública, a pesar de la censura no podrían silenciarnos ante un número de personas allí presentes. El juicio sería una excelente tribuna.
Recuerdo nítidamente que cuando llegó el día del juicio nos prepararon a todos para salir con rumbo a la sala y nos trasladaron —a mí esposado y por separado—. Claro, nadie sabía lo que podía pasar por el camino; podían inventar cualquier pretexto para eliminarme, la famosa ley de fuga y luego decir: «Castro trató de escapar y fue muerto», todo era posible. Pero también, y afortunadamente, mucha gente permanecía atenta, y en especial el pueblo de Santiago se había activado, mantenía su alerta; hay que reconocer la simpatía revolucionaria que afloró en Santiago. El pueblo santiaguero, con su sabiduría, descifró la verdad, deploró la represión batistiana y la comparó con la modestia y humildad de los combatientes revolucionarios del Moncada. Desde los días augurales, contamos en dicha ciudad con mucha simpatía y un apoyo conmovedor.
El juicio fue en un salón. No recuerdo bien, pero creo que nos llevaron esposados hasta la sala, donde nos liberaron las manos, posiblemente lo concibieron así; o tal vez lo exigí en un momento determinado, porque mi actitud de desafío total continuaba. Sometí a duras pruebas, a evidencias irrefutables al gobierno de Batista, sus crímenes y atropellos. Nunca me permití el amedrentamiento, todo lo contrario, mi reacción natural fue desafiar, desafiar, desafiar; denunciar con palabras claras todo lo horrendo acontecido, denunciarlo en voz alta y cuantas veces fuera posible.
Los soldados estaban por todas partes en aquel juicio; en cada esquina, cada asiento, cada banco, cada hilera: soldados, soldados, soldados, más soldados, un auditorio de lujo para la denuncia que debía realizar. El fiscal comenzó su interrogatorio con cierto tono de insolencia, y yo le empecé a responder firmemente, asumí toda la responsabilidad y, al responderle al fiscal, denunciaba los crímenes. Puse en una situación muy difícil y embarazosa no solo al fiscal, sino también al tribunal. Invariablemente, al hacer el recuento del diálogo, evoqué el hecho de que, al no poder imputarnos vínculos con el corrupto gobierno anterior, entonces trataban de endilgarnos el sambenito de «comunistas», y como nos habían ocupado libros de Lenin…
Katiuska Blanco. —Creo que fue en el registro del apartamento de 25 y O, en el Vedado, donde vivían Abel y Yeyé…
Fidel Castro. —Bueno, como teníamos siempre los libros de Lenin bajo el brazo… no solo yo, también Abel, Raúl y otros compañeros, consiguieron algunos como «prueba del delito».
Recuerdo que el fiscal me preguntó si leíamos a Lenin. Quizás él esperó de mí una actitud evasiva o defensiva; pero yo riposté inesperadamente para él: «Sí, nosotros leemos a Lenin como uno de los hombres más prominentes del movimiento socialista mundial, y quien no lo lea es un ignorante». Aquella respuesta dejó anonadado al fiscal, que tal vez pensó que nuestra réplica sería denigrar a Lenin o negarlo, argüir: «No, ese librito no me pertenece, no era de nosotros», u otra tontería. Ante tanta franqueza, el tribunal se veía contrariado.
(…) Fidel Castro. —El punto culminante fue cuando afirmé que el autor intelectual era José Martí. «¿Quién es el autor intelectual?», me preguntó el fiscal imaginando tal vez que mi respuesta sería el silencio. «El autor intelectual es José Martí», respondí.
Después no quisieron hacerme más preguntas, porque las respuestas eran del todo inconvenientes para ellos porque entrañaban una dimensión histórica, demostraban nuestro apego, nuestra fidelidad a la tradición combativa del país, el tributo de nuestra generación a los próceres de la nación cubana, a sus legendarias luchas. Defendí la apelación a la violencia, a las armas, porque a ellas acudieron hombres como Maceo y Martí…, me aferré a la historia de Cuba. Aproveché cada resquicio, cada pequeña oportunidad, de las escasas que me dieron, para impugnar la legalidad del régimen. Y cuando parecía que todo había terminado, dije que quería asumir mi propia defensa.
No recuerdo bien a cuántas sesiones del juicio me llevaron, creo que solo a dos. A la segunda ya comparecí como abogado y empecé a interrogar a los militares, a los oficiales y a los soldados, y en cuanto ellos comenzaron a hablar de los muertos en combate, se puso en evidencia el asesinato. Me erigí realmente en juez. Ya había denunciado los crímenes y solicité que se levantara acta, que se registraran los testimonios. Estaba demostrando todos los crímenes, porque los jefes militares caían constantemente en contradicción en sus declaraciones. Se contradecían unos a otros; era la verdad a la vista. Aquello alarmó a todos, especialmente a los militares, y me regresaron por el mismo camino, siempre incierto y peligroso por lo que podrían hacer en medio del recorrido.
Cuando correspondía realizar la tercera sesión del juicio, ya ellos no soportaban mi presencia allí y cometieron una arbitrariedad, una ilegalidad: decidieron sacarme del juicio, a pesar de que yo era el principal acusado. Hay que destacar que después de que declaré, todos los compañeros, unánimemente, enfatizaban: «¡Sí! ¡Nosotros vinimos a atacar el Moncada, a luchar por la libertad de Cuba y estamos orgullosos de eso, no nos arrepentimos, estamos orgullosos de lo que hicimos!». Lo hacían con energía delante de todos los militares, del público, los jueces. Eran: ¡Ra, ra, ra!, como ráfagas de audacia y verdad. Constituía una actitud impresionante, un hecho inolvidable que me hizo admirar aún más a los valiosos jóvenes que secundaron la acción: primero se prepararon calladamente, después combatieron y, por último, afrontaron con dignidad y valentía la adversidad que sobrevino. Se les veía la hidalguía en el gesto a aquellos hombres —casi todos muy humildes— dispuestos a todo, en manos del enemigo.
Batista, el gobierno y los militares se aterrorizaron ante la avalancha conjunta: mi papel como abogado y la decisión de los moncadistas de enfrentar, con total dominio de sí, las consecuencias de su participación en la lucha. Todo el plan de presentar como una victoria del Ejército nuestra detención y enjuiciamiento se les venía abajo súbitamente y se aterrorizaron.
(…) El juicio prosiguió y finalmente sancionaron a mis compañeros de lucha, porque en definitiva nadie había eludido su responsabilidad en el hecho y todos expresaron el orgullo de haber participado en la acción; por tanto, para el tribunal, los militares y el gobierno de Batista, eran culpables. El juicio fue una batalla ganada por su repercusión. Al final, liberaron a los políticos y a mí me dejaron allí; y más que eso, me ubicaron junto a los presos comunes, que, por cierto, se llevaban muy bien conmigo, algo que quizás no esperaban mis carceleros.
La historia me absolverá
Luego prepararon un juicio en un sitio mucho más reducido, con la esperanza tal vez de que mi denuncia fuera silenciada gracias al reducido grupo de oyentes. Fue el 16 de octubre de 1953. También llevaron allí a Luis Crespo y a Gustavo Arcos. Nos juzgaron a los tres en el hospital civil, no me llevaron a la audiencia ni a la sala de los tribunales. Fue en una salita chiquitica. Asistieron muy pocas personas, entre ellas Bilito Castellanos y la periodista Marta Rojas. Allí fue donde pronuncié el alegato La historia me absolverá. No me permitieron llevar ni los libros ni el Código Penal con que contaba. Las ideas las expresé de memoria.
Katiuska Blanco. —Sí, fue el motivo de estas palabras: «…se prohibió que llegaran a mis manos los libros de Martí; parece que la censura de la prisión los consideró demasiado subversivos. ¿O será porque yo dije que Martí era el autor intelectual del 26 de Julio? Se impidió, además, que trajese a este juicio ninguna obra de consulta sobre cualquier otra materia. ¡No importa en absoluto! Traigo en el corazón las doctrinas del Maestro y en el pensamiento las nobles ideas de todos los hombres que han defendido la libertad de los pueblos».
Fidel Castro. —Sí. Tuve que recurrir al orden que había dado a las ideas en mi pensamiento durante largas horas de preparación. Debo señalar que me fue muy útil la denuncia que presenté ante el tribunal en los primeros días del golpe del 10 de marzo, era la premonición de que después habrían de ser imprescindibles los argumentos expuestos entonces. En la defensa de los revolucionarios, aquella fue un arma oportuna, eficaz, porque impugné al gobierno usurpador de Batista como ilegítimo e ilegal. Cuestioné la moralidad de aquel gobierno y concentré la defensa en la validez política, filosófica, moral y legal de la defensa.
Allí interrogué a todos los testigos, a los militares, uno por uno: ¡Ra, ra, ra!, y los sorprendí con las abismales contradicciones que ponían en entredicho su franqueza. Pero todo transcurrió en una estrecha salita, casi sin público, y después de violaciones y arbitrariedades, descaradamente absurdas y públicas; por eso afirmé que la justicia estaba enferma. Hablé en total unas 15 o 20 horas, no recuerdo exactamente ante quiénes, de cualquier forma, me iban a condenar.
Katiuska Blanco. —Sí, estoy convencida de que usted conocía bien lo que debía afrontar desde el momento mismo en que lo detuvieron y mientras se preparaba para el juicio. Lo expresó claramente al final de su alegato: «En cuanto a mí, sé que la cárcel será dura como no lo ha sido nunca para nadie, preñada de amenazas, de ruin y cobarde ensañamiento, pero no la temo, como no temo la furia del tirano miserable que arrancó la vida a setenta hermanos míos. Condenadme, no importa, la historia me absolverá».
Fidel Castro. —El juicio parecía algo irreal, al final se conoció el veredicto del tribunal: 15 años de privación de libertad.
Katiuska Blanco. —Quince años para volver a las calles, una vida entera debía vivir en el presidio y, sin embargo, sé que usted no alentó un minuto de reposo. Comandante, ¿predecía su afán de luchar todo aquel tiempo en condiciones tan adversas como la lejanía, la incomunicación y hasta la soledad?
Fidel Castro. —Siempre tuve una confianza absoluta en el futuro. Presenté un programa de lo que íbamos haciendo, y así libramos una batalla tenaz; desde el mismo momento en que me capturaron —aquellas palabras mías en la salita constituían, en parte, mi primer mensaje al pueblo con una amplia explicación de nuestra lucha, sus propósitos y sus principios—, siempre he asegurado que ellos cometieron el error de dejarme hablar; y aquel día empezamos a ganar la batalla. Mostramos constancia, dignidad y espíritu intransigente, desafiante y rebelde.
Katiuska Blanco. — (…) La historia me absolverá constituye hoy uno de los documentos más importantes de nuestra historia y creo que, al igual que el Manifiesto, expresa las esencias de una realidad y un sueño para Cuba. Han sido muchas las valoraciones que he leído en relación con su alegato de defensa, pero ¿podría escucharle a usted sus propias apreciaciones? ¿Podríamos conversar sobre este tema?
Fidel Castro. —Es cierto que la raíz mambisa alentó nuestra lucha, inspirada en la búsqueda heroica de nuestro pueblo por la independencia y la justicia a lo largo del tiempo. El inmenso caudal martiano de ideas y principios fluía en nosotros en el centenario del nacimiento del Apóstol. En aquel discurso, justifiqué y fundamenté el derecho a la insurrección, a la luz, incluso, de toda la filosofía liberal: la que imperó en la Revolución Francesa, la que imperó en la revolución en Estados Unidos, el derecho a la rebelión frente a la tiranía, defendido desde mucho antes por los enciclopedistas y los filósofos en Europa.
La revolución socialista —que latía en todo lo expresado— no es en modo alguno una negación de la filosofía de la Revolución Francesa. El socialismo y las ideas socialistas son una continuación en otra época histórica de las ideas de la propia Revolución Francesa, muchas de las cuales son reivindicadas por el socialismo: los conceptos de libertad, igualdad y fraternidad. La revolución burguesa no permitió que se alcanzaran, que se desarrollaran plenamente, eso fue lo que dio lugar a la necesidad de la revolución socialista. La verdadera igualdad no existe en la sociedad capitalista, sino en el socialismo; la verdadera fraternidad y la verdadera libertad solo son alcanzables en el socialismo para la inmensa mayoría del pueblo. Si existe desigualdad, no existe fraternidad. Si existe opresión económica y opresión política, no existe libertad. Solo en el socialismo se pueden enarbolar las tres grandes banderas de la Revolución Francesa. Es la razón por la cual no hay contradicción.
En cierta forma, los filósofos de la Revolución Francesa y de la propia revolución burguesa —todos aquellos pensadores, Juan Jacobo Rousseau y los otros eran gente bastante radicales en su pensamiento; los enciclopedistas; los mismos que inspiraron la lucha por la independencia de Estados Unidos—, todos ellos negaban, por ejemplo, el origen divino del poder, negaban la monarquía; planteaban que el poder emana del pueblo y solo puede emanar del pueblo, y, entonces, postulaban el derecho a la rebelión contra la tiranía, el derecho a la insurrección.
(…) Fidel Castro. —En La historia me absolverá hay una correspondencia entre el pensamiento socialista y la fundamentación política e histórica del derecho a la insurrección, parte esencial de la doctrina socialista, que es el derecho a la rebelión frente a la opresión y frente a la explotación.
Aunque no era todavía un programa socialista, la parte económica y la parte social son bien claras, se inspiran en un pensamiento socialista, lo preside tal pensamiento.
En mi autodefensa empleé una imagen bíblica: No se puede adorar a «los becerros de oro» —como aquellos del «Antiguo Testamento»— esperando los milagros de los becerros de oro, los milagros del capitalismo, los milagros de los ricos. No digo que el pueblo son los terratenientes ni los ricos ni los industriales. «¡Ese es el pueblo, el que sufre todas las desdichas y es por tanto capaz de pelear con todo el coraje!». A ese pueblo, cuyos caminos de angustias estaban empedrados de engaño y falsas promesas, no le íbamos a decir: «Te vamos a dar» sino: «Aquí tienes, lucha ahora con todas tus fuerzas para que sean tuyas la libertad y la felicidad».
Cualquiera que leyera bien el alegato, quien lo hiciera cuidadosamente, podía percatarse de que se trataba de un programa socialista, donde se ponía de manifiesto un pensamiento de tal carácter, porque afirmé que no creía en la ley de la oferta y la demanda, en la solución espontánea; planteé que había que utilizar los recursos e invertirlos en un programa para el desarrollo del país en beneficio del pueblo, que no se podía creer en los becerros de oro, como los del «Antiguo Testamento», que no hacían milagros; que no se podía creer en los ricos, en los capitalistas. Había, indiscutiblemente, una crítica al capitalismo, a las ideas capitalistas, al sistema.
Katiuska Blanco. —Pero fue un programa creado con prudencia, ¿verdad? Martí —en relación con sus propósitos de entonces— siempre señaló el peligro que representaba para la Revolución el hecho de apresurarse en los decires, de adelantar las palabras a los acontecimientos.
(…) Fidel Castro. —La historia me absolverá, como programa revolucionario, fue ciertamente escrito con prudencia. Sí, lo pronuncié primero y lo escribí después con cuidado. No empleé una terminología marxista; sí las ideas marxistas, su esencia. Diría que el alegato es una síntesis de ideas martianas y marxistas.





