Evocaciones seleccionadas por el BLOG AMÉRICA del libro de Katiuska Blanco, FIDEL CASTRO RUZ. GUERRILLERO DEL TIEMPO. Conversaciones con el líder histórico de la Revolución Cubana. Primera parte. Tomo II. Los subtítulos son propuestas del BLOG AMÉRICA
Los testimonios y reflexiones de Fidel en esta obra, relacionados con el 26 de julio de 1953, mediante un diálogo admirable con Katiuska Blanco, son los más pródigos formulados por él sobre tal evento histórico en su larga vida. Hemos querido poner a disposición de los lectores una selección en tres partes, por sí mismas de interés, pero sobre todo con el ánimo de propiciar la lectura íntegra que aparece entre las páginas 1 y 284 de la obra aludida.
28 de enero de 1953: Marcha de las antorchas, inicio de nueva etapa
Fidel Castro. — (…) En la Universidad continuaba la agitación. La gente había recibido entrenamiento teórico de las armas, pero nosotros queríamos que hicieran prácticas de tiro, y ya eso resultaba más serio y peligroso. Fuimos seleccionando bien a la gente dentro de la organización porque ya teníamos cientos, y llegó un momento en que tuvimos entrenados a 600, 700 u 800 hombres.
El 28 de enero de 1953 tendría lugar una peregrinación de la Universidad hacia el lugar donde Martí trabajó en las canteras durante el presidio político, la Fragua Martiana; no era muy lejos, a unas pocas cuadras de la escalinata. Fue precisamente en el centenario del natalicio del Apóstol.
Aquel fue un día de prueba para nuestra organización. Nosotros dimos cierta demostración de fortaleza, era necesario. Para tal momento los auténticos manejaban mucho dinero, manejaban muchas armas. Habíamos trabajado intensamente desde agosto hasta diciembre de 1952.
Cuando se fue a organizar la peregrinación del 28 de enero, citamos a la Universidad de noche para un desfile con antorchas. Fue una prueba para la gente también porque posiblemente, por la manifestación, habría enfrentamiento con la policía —para reprimir utilizaban carros de bomberos, patrulleros, de todo.
Decidimos movilizar 300 hombres esa noche en la escalinata universitaria, hacia un costado, abajo. Allí los organizamos en grupos de tres, conformando una columna larga que llegó desde el primer peldaño hasta arriba. Íbamos sin armas, pero bien estructurados en una columna sólida, decidida. Era la única fuerza organizada aquella noche allí, eso era claro, incuestionable. Entonces les envié un compañero a los líderes para pedirles que nos dieran la vanguardia de la manifestación.
(…) Participé en la marcha con todo el grupo, no nos dieron la vanguardia porque era un lugar de honor, y fuimos como en segundo lugar, pero organizados, con las antorchas, la columna formada.
Cosa curiosa, muchos nos observaban sin saber quiénes éramos, les llamaba la atención aquella gente tan bien organizada que desfilaba por la calle San Lázaro, y algunos decían: «Esos son los comunistas». Cada vez que veían algo bien organizado en algún lugar decían que eran los comunistas. En la noche se veían las antorchas y se podía distinguir aquella fuerza compacta, organizada, en medio de la multitud.
Finalmente se llegó al objetivo y la policía no intervino, permitió la manifestación. Aquel día se produjo una demostración de pujanza necesaria, incluso para nuestra gente, que apreciaron su propia fuerza. No estaban todos porque fue una selección, pero resultó. Ellos siempre habían sido reunidos en grupos y aquel día comprobaron que eran una fuerza, la única organizada el 28 de enero de 1953.
(…) En enero todavía alimentábamos la esperanza de que el Partido Ortodoxo pudiera hacer algo, que de una forma o de otra se llevara a cabo una lucha contra Batista en la que pudiéramos participar de alguna manera, pero cada vez nos sentíamos más escépticos. En realidad, cada vez lo estábamos más sobre todo el mundo. Ya había vivido la experiencia con Millo Ochoa, pero aún permanecíamos dispuestos a luchar dentro del partido, a ir con los estudiantes o con cualquier fuerza revolucionaria.
En febrero se inició un período más serio. En el primer semestre de 1953 realizábamos actividades un poco más arriesgadas, había ya que enseñar a la gente a disparar. ¿Cómo lo hicimos? En distintos lugares. Uno de ellos fue por donde actualmente se encuentra el Parque Lenin, en una manigua, bastante separada de la ciudad. Allí entrenamos con algunos fusiles 22 adquiridos en las armerías. En Artemisa, al oeste de La Habana, con personas que yo conocía, llevamos compañeros a disparar al campo, lo que en aquel sitio no empleábamos fusiles 22. Algunos de los grupos aprendieron el tiro en seco, pero nunca lo habían hecho efectivo; sabían el manejo, pero nunca antes dispararon. Con una buena organización y compartimentación, a la gente más conocida y seria la fuimos llevando a realizar tiros reales, en una operación siempre muy peligrosa.
La nueva estrategia revolucionaria
(…) Katiuska Blanco. —Entonces, ¿había llegado la hora de elaborar un plan para hacer la revolución, asumir un rol protagónico sin contar con nadie más?
Fidel Castro. — (…) Había transcurrido alrededor de un año del golpe de Estado cuando elaboré de nuevo una estrategia revolucionaria para la conquista del poder. Fue en el mes de marzo del año 1953, cuando ya teníamos una fuerza superior a la de todos los demás grupos revolucionarios juntos.
Deseché la idea de una insurrección en la capital, porque vi que no existían ni las más remotas condiciones objetivas y subjetivas. Para poder dar una sorpresa total se requería gran cantidad de armas y recursos de los que no disponíamos. Fue cuando elaboré la idea, la esencia de lo que hicimos después: atacar el cuartel Moncada, sublevar la ciudad de Santiago de Cuba, vencer la resistencia, decretar la huelga general de todo el país, lanzar el programa revolucionario. Era la ocasión de desarrollar las ideas que concebimos —desde el punto de vista político, como programa políticosocial— antes del 10 de marzo de 1952.
Nosotros, de absoluto acuerdo con los demás compañeros de la dirección, concebimos el plan de la toma del cuartel de Santiago de Cuba. Siempre con la idea de empezar por allá, y con la alternativa de ocupar todas las armas y, si no podíamos derrocar a Batista, marchar a la Sierra Maestra con 1500 o 2000 hombres armados. Hoy puedo decir que la idea era buena, era perfecta, salvo que quizás pudimos haberla hecho un poco más segura, quizás no tan ambiciosa.
Cómo funcionaba la organización clandestina
Katiuska Blanco. — (…). ¿Cómo funcionaban las células? Los medios y fondos, ¿cómo los consiguieron?
Fidel Castro. —Al principio buscábamos alguna ayuda, pero no sustancial, pues nuestros gastos eran mínimos. Después, sí nos hicieron mucha falta fondos para adquirir las armas con que asaltar el cuartel. Para entonces resultaba impensable ocupar armas de otra organización, de los auténticos o cualquier otra. Teníamos que buscarlas nosotros mismos.
Las células tenían un jefe. Había algunas como la de Artemisa, donde el grupo fue muy numeroso y de los más serios, con más de uno. Un muchacho —José Suárez Blanco—, que yo conocía de la juventud ortodoxa, fue quien nos puso en contacto con Ramirito, con Julito y con toda aquella juventud de Artemisa. Allí tendríamos unos 40 o 50 hombres, entre Artemisa y Guanajay.
Varias de las células que utilizamos para el ataque eran del interior de la provincia, procedían de un ambiente más sano. En la gran urbe existía mayor confusión y mezcla de una gente con otra. Todos los grupos de conspiradores de que hablábamos anteriormente se movían en el ámbito de la capital, por lo que los grupos de provincias eran muy buenos. Probablemente influyera también el conocimiento de la obra martiana, porque Artemisa, sin duda, tenía uno de los mejores grupos, muchachos jóvenes muy buenos, y fue además uno de los lugares donde nos entrenamos.
(…) Yo tenía más o menos clasificados los 1200 hombres, los distintos cuadros; lógicamente, no había un solo papel, no hay ni habrá nunca un papel donde se pueda encontrar un dato sobre el Moncada, porque era en la mente donde guardábamos la información: los grupos, las células.
Realmente busqué y hablé con todos aquellos cuadros; también unos me presentaban a otros. Hablé más de una vez con todos porque cuando los citaba para la inspección, ya estaban entrenados y los volvía a ver. Yo iba a los lugares de entrenamiento en Artemisa, en el sur de La Habana, en el este de La Habana, en todos los sitios. Estuve con ellos el día 28 de enero del 53 y a muchos los veía con frecuencia.
En general, no se conocían unos a otros, podían haberse visto en la Universidad, dos o tres células; o un grupo en los campos de entrenamiento. Así que podían verse, pero nadie conocía cómo era el aparato ni cómo estaba constituida la dirección. Además, trabajábamos en condiciones de rigurosa clandestinidad, con métodos muy estrictos, adaptados a las circunstancias en que desenvolvíamos la actividad. Nos amparábamos en la subestimación del régimen y en su sola preocupación por los grupos auténticos y las armas con que contaban, por los viejos militares, los contactos en el Ejército.
Cuando empezamos a entrenar con armas era un trabajo mucho más delicado, mucho más secreto.
En diciembre de 1952, con Batista en el gobierno, yo tuve que justificar o enmascarar mis movimientos con algunas actividades legales. Desde entonces ya conspirábamos. Nos metimos en la oficina de un batistiano, lugar que nos sirvió de excelente camuflaje, ubicada cerca de la del Partido Ortodoxo, en Consulado N.o 22. El hombre había sido compañero mío del bachillerato en el Colegio de Belén, se llamaba Juanito Sosa.
(…) El problema es que la presencia de Abel y mía en aquella oficina del batistiano nos dio una cobertura legal mientras realizábamos actividades clandestinas intensas, y ayudó a confundir a mucha gente que sabía de nuestras actividades revolucionarias. Empezaron a decir: «No, ya Fidel abandonó todas las actividades revolucionarias y está dedicado a la abogacía en unos negocios de tierras, de arroz, por allá por Pinar del Río». Era lo que decían mis detractores, y yo encantado.
(…) Ya en diciembre —y no se me olvidará nunca ese diciembre del mismo año 1952—, vivía una situación económica muy difícil porque dependía exclusivamente de la ayuda de Abel y Montané, quienes me pagaban la casa y el carro. Fueron unas Navidades en que yo no tenía ni un centavo.
Me acuerdo de aquel burgués comprando juegos de muebles, regalos para su mujer y veinte cosas, gastando dinero a montones, y yo no tenía ni para celebrar el Año Nuevo; es decir, tenía lo esencial: para el carro, la gasolina, no pasaba hambre, pero no tenía ni un centavo para celebrar las Navidades, la Nochebuena, ni para llevar nada a mi casa. Aquel burgués me explotaba, producto de la amistad desde la escuela, porque no me pagaba. Nunca se lo exigí, solo tenía una ayuda de Gildo y Abel, que sí cobraban por el trabajo que hacían allí. Aquellas Navidades fueron muy difíciles.
También defendí a unos trabajadores que tenían un conflicto con colonos y propietarios de tierras, tres intereses mezclados, y lo que resolví fue el asunto de los trabajadores a quienes les debían dinero. Convencí a los patronos para que les pagaran, no fue un pleito legal, utilicé más bien la astucia para convencer a una de las partes a cumplir sus compromisos. Así resolví el problema.
Para entonces ya no nos exhibíamos, no andábamos en manifestaciones; todo lo fuimos ajustando a la situación. Cada mes que pasaba éramos más y más rigurosos; ya existía un grupo de cuadros formados en unos cuantos meses, gente disciplinada, en la que se podía confiar, a la que se le decía: «A tal hora y en tal punto», y sin falta se presentaban puntualmente. Podíamos hacerlo con seguridad matemática.
(…) Katiuska Blanco. —Fue un proceso que se fue tornando cada vez más serio y peligroso.
Fidel Castro. —Por supuesto, el proceso se intensificó, sobre todo en la preparación de la gente y la selección, porque ya para el plan del Moncada usé alrededor del 10% de la gente que teníamos. Así que hice una selección, más que de individuos, de células; las que tenían los mejores jefes, los más serios. Nosotros movilizamos para el Moncada unos 160 hombres, y en total la organización contaba con 1200. Puede haber habido alguna célula que vacilara, que fuera conquistada por alguno de los grupos auténticos, porque los llevaban y les enseñaban armas; pero lo que decidió los que iban al Moncada fue nuestro criterio selectivo.
Lógicamente, para cumplir esta misión el número de hombres que organizamos era más que suficiente. El problema después fue buscar armas para 160 hombres aproximadamente, para atacar dos cuarteles: el de Bayamo y el de Santiago de Cuba.
Criterios sobre el Ejército de la dictadura y la revolución popular
En nuestra organización no existía ni un papel, nada formal, sino pura alma. Eran relaciones muy íntimas, muy familiares, sin ningún formalismo, serias y sobre la base de lo que impulsaba a la gente: el deseo de luchar contra Batista. Para obtener armas, balas y uniformes, algunos soldados nos ayudaron; pero de forma general no acudimos a los miembros del Ejército —que podría haber sido una opción—, porque en la Cuba de entonces los soldados y oficiales eran profesionales, y la inmensa mayoría de ellos eran batistianos. Existían algunos militares inconformes —gente como el gallego Fernández o [Enrique] Borbonet—, pero nosotros no los conocíamos, y cualquier grupo de oficiales, 10, 15, 20, con que contactáramos, iba a establecer relaciones con figuras políticas como Millo Ochoa, Agramonte, o quizás con García Bárcena.
Por otro lado, el Ejército era batistiano y yo tenía clara la idea de crear un ejército nuevo, había que hacer la revolución con el pueblo; todo lo cual resultó o partió de una concepción marxista. No concebí que con un ejército como aquel se pudiera hacer una revolución. Había que hacer una revolución con el pueblo y crear un ejército popular. Eso no significaba no utilizar una parte del Ejército si fuera necesario, pero ya tenía una concepción revolucionaria, no golpista, más bien estaba por completo contra una concepción golpista. Pensaba en una revolución popular, no en un golpe de Estado.
Además, el Ejército estaba impregnado de la demagogia de Batista y muy apegado a él. Era una tropa profesional, beneficiada por privilegios; era su caudillo y volvió a disponer de ellos en el golpe militar.
Antes del 10 de marzo, cuando los soldados eran explotados, yo contaba con ellos como parte del pueblo. Pensaba en la lucha revolucionaria con la participación de muchos soldados sumados al Movimiento; pero después del golpe, sabía que la revolución había que hacerla sin el Ejército, y no solo sin él, sino contra él. Para mí eso estaba muy claro.
Alguien había dicho, no sé si Mussolini, que las revoluciones se podían hacer con el Ejército o sin el Ejército, pero nunca contra el Ejército. Y nosotros concebimos una revolución contra el Ejército. Claro, se podía utilizar la colaboración de una parte del Ejército, pero el Ejército estaba muy influido y, además, vivía un momento de euforia.
Pero a mí no se me ocurrió nunca la idea de un golpe de Estado ni de una conspiración con el Ejército; además, entre nosotros, los militares solían ser despectivos con los civiles, y, precisamente en mi concepto, la solución de los problemas de Cuba no podía ser el cambio de un general por otro, el cambio de un gobierno por otro; ya yo tenía una concepción marxista y conocía que había que realizar una revolución popular que en determinadas condiciones, como la etapa previa al 10 de marzo, podía concebirse con el apoyo de una parte del Ejército, pero después de aquella fecha ya no era posible; de modo que no perdí ni un minuto en conspiraciones de tipo militar.
Tenía dos ideas bien claras y de raíz marxista: revolución popular, no golpe de Estado; otra: revolución popular, no tiranicidio. Para mí estaba bien claro ya, como revolucionario con ideas precisas y diáfanas, que el problema no se resolvía matando a Batista; que el problema de nuestra nación era una cuestión de sistema, no de personas, y que había que destruir el sistema.
(…) También creo que hicimos aportes en medio de aquella situación porque, al mismo tiempo, no nos atuvimos en la acción a una táctica rigurosamente marxista, a un proceder ortodoxamente marxistaleninista, porque, en tal caso, habríamos tenido que esperar a una gran crisis económica para luchar. Es decir, utilizamos muchos de los elementos del marxismoleninismo, pero también visión y elementos propios, ajustados a las condiciones efectivas de Cuba.
Katiuska Blanco. —Comandante, pienso que obraron contrariamente a lo que se entendía entonces por una táctica marxista, cuando ser marxista en verdad era interpretar la realidad como usted lo hizo.
Fidel Castro. —Si hubiéramos tenido una actitud muy ortodoxa, copista o rígida, habríamos podido sacar algunas conclusiones equivocadas; por ejemplo, la idea de la necesidad de esperar una gran crisis económica para emprender la lucha; la de esperar que todas las condiciones sociales estuvieran dadas, todas las condiciones objetivas.
Siempre tuvimos la idea de que la revolución solo podía hacerse con las masas, pero cómo echar a andar las masas en las condiciones de Cuba. Aquel era un problema que teníamos que resolver. Yo afirmaba que la acción armada nuestra iba a ser —como fue también después la lucha guerrillera— el pequeño motor que ayudaría a arrancar el gran motor de las masas.
Katiuska Blanco. —Comandante, entonces, ¿la toma de los cuarteles era la acción que iniciaría una rebelión con el apoyo del pueblo?
Fidel Castro. —En ningún momento podíamos concebir la toma del poder sin las masas, la revolución sin las masas. El pequeño grupo inicial haría el papel detonante. Lo que hicimos fue una interpretación de las ideas y principios básicos del marxismoleninismo. Concebimos la forma en que se podía llevar a cabo la revolución popular en Cuba, aunque las condiciones objetivas no eran perfectas, no eran las ideales: no existía una profunda crisis en el país, los precios del azúcar permanecían relativamente altos, cuando Batista tomó el poder tenía 500 millones de dólares en la reserva. Sufría el pueblo, pero no existía la crisis como cuando Machado en los años 30 del pasado siglo xx.
No era la época de las intervenciones, era una época de relativa bonanza económica en el país.
Pero nosotros teníamos tal confianza en la capacidad y en el espíritu del pueblo, que aun sin que se dieran las condiciones sociales o económicas ideales para la revolución, creíamos que, a partir del patriotismo, la dignidad, las tradiciones, la rebeldía del pueblo, el odio a la tiranía, podríamos movilizarlo y llevarlo victoriosamente a la lucha; es decir, la revolución popular, la revolución para liquidar un sistema, la revolución con el pueblo, la revolución con las masas. Eso fue importante.
Antes del 10 de marzo, cuando denunciaba la explotación de los soldados en las fincas de los coroneles y en las de los políticos, sí estaba tratando de ganar el apoyo de la masa militar; cuando planteé, a raíz de la muerte de Chibás, avanzar sobre el palacio y tomarlo con la multitud, señalé que existía un momento de desmoralización del gobierno, que el Ejército estaba neutralizado y que después habría que resolver el problema de cómo se tomaba el control del Ejército.
Todo esto explica que no perdiera ni un minuto en conspirar con los militares.
La nueva estrategia revolucionaria
Katiuska Blanco. —Comandante, si no podían ocupar las armas de otras organizaciones y tampoco podían contar con el Ejército, ¿cómo las obtuvieron?
Fidel Castro. —Empiezo a planear la estrategia antes de que arrestaran a García Bárcena, desde que él se puso a decirle a todo el mundo que se estaba organizando una conspiración contra Batista y la toma de Columbia. Ya no se podía confiar en él, entonces comenzamos a trabajar. En realidad, yo fui quien trazó la estrategia y fue aprobada por Abel y Martínez Arará, quienes formaban conmigo el pequeño grupo que ejecutaba los planes en el terreno militar.
El resto del grupo de dirección no sabía cuál iba a ser la estrategia, se suponía que fuera una acción armada, y ellos confiaban en que yo elaborara los planes.
Había que resolver el problema de las armas. Yo tenía la teoría de que nuestras armas estaban perfectamente guardadas y engrasadas en los cuarteles del Ejército. No teníamos por qué pasar mucho trabajo comprándolas, importándolas, moviéndonos clandestinamente, si las armas estaban casi a nuestro alcance. Lo que teníamos que hacer era ocupárselas al Ejército. Pero para ello necesitábamos un mínimo de armas.
Tal era la idea básica, y la estrategia que elaboramos partía de la concepción de que era necesario hacer la lucha con el pueblo, junto al pueblo, con las masas. No era una conspiración, no pensábamos que el problema se resolvía con una conspiración, con un golpe de Estado, sino mediante una rebelión popular, y nuestro rol consistía en desatarla.
Todo nuestro plan, nuestra estrategia, se ajustó a desarrollar la revolución popular armada, y las armas había que ocupárselas al Ejército.
(…) Con menos recursos y menos hombres podíamos garantizar mejor la sorpresa total al tomar una fortaleza en el extremo oriental del país. Esto se adaptaba también a la idea de las tradiciones de las provincias orientales de la lucha por la independencia, a la topografía del terreno en Oriente, la distancia —a 1000 kilómetros de la capital—. Tomar allí la fortaleza, significaba dominar inmediatamente la ciudad, mientras que las otras unidades militares no tendrían posibilidad de resistencia.
Además, podíamos rendir muchas pequeñas unidades subordinadas al regimiento de Oriente; pensábamos neutralizarlas rápidamente, llamar al pueblo, armarlo y organizarlo. Teníamos mucho más tiempo para incorporar a la población al levantamiento, partiendo de una premisa, de un estado anímico de la población; habríamos dispuesto, por lo menos, de 24 horas para incorporarla y armarla.
De esto estaba absolutamente seguro. Contaba con los estudiantes, los obreros, la población, los ortodoxos de Santiago de Cuba. Toda aquella gente, cuando la fortaleza hubiera sido tomada, habría ido en masa para allí. Yo tenía muy presente lo ocurrido el 10 de marzo, cuando el pueblo respaldó a la guarnición del Moncada mientras esta no se sumó al golpe de Estado, y fue la última en hacerlo.
Yo conocía bien a la población santiaguera y las características de la población oriental, gente de tradiciones combativas, muy rebelde; aparte de que pensaba contar inmediatamente con algunas figuras políticas con prestigio. No les había hablado, pero estaba seguro de que tan pronto tomáramos la fortaleza, nos apoyarían.
Calculaba que, en Santiago de Cuba, Batista necesitaba alrededor de 24 horas para poder contraatacar, aparte de que era en todo el país el objetivo importante más pequeño, más al alcance de nuestras fuerzas.
(…)Nuestra idea básica, desde el primer momento, era tomar la fortaleza y hacer prisionera a la guarnición, la íbamos a capturar dormida, anticipábamos que no era necesario tirar mucho, porque no podría defenderse. En esencia, queríamos hacer prisionera a la guarnición y ocupar las armas. Yo tenía calculado, además, que podía presentarse la aviación y atacar la fortaleza; entonces, el plan original era, después de tomar la fortaleza, evacuarla, situar las armas en los principales edificios de la ciudad, no en unidades militares, así el enemigo no conocería dónde estaban; de manera que si había un contraataque de la aviación, que podía llegar rápidamente, atacarían una fortaleza vacía.
El plan del 26 de julio
Pero era imprescindible un mínimo de armas para lograr nuestro objetivo, entonces elaboramos un plan que salió perfecto.
Me percaté de que Batista, preocupado por los arsenales que los auténticos traían de Estados Unidos, como armas de guerra, no prestó atención a las armerías. No lo hizo él ni nadie de su gobierno. Las armerías tenían escopetas de caza, fusiles 22 y escopetas de cacería calibres 16, 12 y 22. Aquí siempre fue una tradición el control de armas, no era como en Estados Unidos. Si hubiéramos estado en un país como Estados Unidos habría sido una maravilla porque allí existe el mercado libre de armas. En Cuba no, aquí perseguían una pistola como un arma peligrosa; perseguían un rifle calibre 30.06, un fusil Garand. Una carabina M1 era algo así como una terrible arma de guerra. Era tal tipo de armamento el que preocupaba a Batista, al Ejército, a los cuerpos represivos, a la policía, a todo el mundo; pero nadie hacía caso a las escopetas aquellas que vendían los armeros bajo regulación. Se necesitaba permiso, licencia; si alguien se presentaba como revolucionario en una armería, nadie le vendía un arma, y mucho menos si resultaba sospechoso.
Existían varias armerías en la capital y también una en Santiago de Cuba. Yo, sin embargo, conocía aquellas armas. Cuando era joven, siendo adolescente, había aprendido a manejarlas en mi casa y sabía lo que se podía hacer con ellas.
Recordaba, porque ya eso lo había probado, que un fusil 22 podía matar un toro, si usted le da en el medio de la testa. Había cazado con las escopetas allá en Birán. Sabía lo que podía hacer una escopeta calibre 12 automática porque en mi casa existía una. Una escopeta automática con nueve balines es un arma mortífera; incluso, a veces vendían armas con esos balines para cazar venados, puercos jíbaros; para tal propósito se vendían las escopetas. No eran miles de escopetas, pero en Cuba había algunos cientos de escopetas de ese tipo.
Nadie pensó en aquello, pero yo conocía que esas armas podían cumplir una misión de guerra en determinadas circunstancias, por ejemplo, para tomar un cuartel grande, no para la lucha en campo abierto, para lo cual no son las ideales; incluso, pueden ser efectivas en el bosque y muchas veces, en la guerra de guerrillas, nuestros hombres estaban armados con ellas. Es decir, me di cuenta de que las armas estaban en las armerías, el mínimo de las que necesitábamos.
Definí dos programas: buscar dinero y comprar armas. El Movimiento crecía y nosotros buscábamos recursos. Conversamos con varios líderes políticos del propio Partido Ortodoxo y solicitamos fondos a determinada gente; algunos nos daban 100 pesos, 200 pesos, así, muy pequeñas cantidades. Fue lo que obligó a los compañeros a hacer sacrificios muy grandes —los detallé en La historia me absolverá—. Vendieron instrumentos y puestos de trabajo, carros, de todo; pero aún así, en realidad aquellos fondos no alcanzaban, no eran suficientes. Habríamos necesitado alrededor de 20 000 pesos para comprar todas las armas y municiones, alquilar algunas casas, algunas fincas.
(…) Creo que lo mejor fue haber hecho un plan con muchos meses de anticipación, en virtud del cual, al final, compramos a crédito la mayor parte de las armas, así fue. La mayor parte de las armas que compramos en las armerías las adquirimos el viernes 24 de julio, 36 horas antes de la acción, es decir, las dos terceras partes de las 160 armas.
El trabajo de Tizol fue perfecto. Claro, ya él llevaba a otros que lo ayudaban, y siguió haciendo el papel de hombre rico durante meses. Se iban movilizando determinados recursos; pudimos comprar, digamos, un tercio de las armas. Como todo se organizó entre la tarde del viernes 24 y la madrugada del sábado, al otro día, nosotros trasladamos dos tercios de las armas desde La Habana hasta Santiago de Cuba. ¡Increíble!, y fue una por una.
Los armeros ya se habían convertido en socios de Tizol, y estaban totalmente encantados con las ganancias y la seriedad de aquellas operaciones. Nosotros, realmente, la idea que teníamos era restituir aquel dinero el propio lunes, cuando tomáramos la fortaleza. En nuestra idea no estaba dejar sin pagar las armas; le exigiríamos un préstamo a los bancos en Santiago de Cuba después que tomáramos la fortaleza, porque no queríamos engañar, es decir, no queríamos dañar a aquella gente.
Entonces, ¿qué se hizo? El último día, ese viernes, se pagó el 20% en efectivo y se entregó un cheque por el 80% del valor de las armas. Así, el viernes 24, en las armerías de La Habana y Santiago de Cuba, compramos decenas de armas. Fue un trabajo organizado durante meses.
(…) Creo que el plan y el programa mediante el cual adquirimos las armas en las armerías fue una de las cosas más perfectas que hicimos. Se concibió con meses de anticipación, cuando nos dimos cuenta de que no íbamos a reunir los fondos imprescindibles por mucho que nos esforzáramos.
Hasta última hora, hasta el día 24 de julio, no habíamos comprado todavía la mayor parte de las armas. Claro, no fueron todas, diría que un 30% de las armas las habíamos comprado y enviado antes; pero el grueso llegó en la tarde y en la noche del sábado 25 de julio a Santiago de Cuba. Todo salió estupendamente bien, perfecto.
(…) Cuando se aproximaba el momento, enviamos a Abel para Santiago como responsable de una granja de pollos en Siboney. Según su cobertura, Abel era también un burgués, un comerciante que había establecido una granja avícola en las afueras de Santiago de Cuba. Debía recepcionar las armas y reservar las habitaciones en los hoteles y casas de huéspedes para 120 personas. Algunos fueron directo, pero llegaron a distintas horas, en ómnibus, en tren, y había que garantizarles el hospedaje. Abel y Renato hicieron un brillante trabajo; fueron los que prepararon la recepción del personal, recibieron las armas, poco a poco primero, y el último día, el 25 de julio, la gran cantidad de armas.
A la distancia de 1000 kilómetros, nosotros pudimos sincronizar las acciones. La llegada de los hombres y las armas se produjo unas horas antes del ataque, ¡a 1000 kilómetros de distancia! ¡Qué tarea! Fue verdaderamente asombroso hacerlo en la clandestinidad, pese a todos los confidentes, los policías y la vigilancia de Batista. Fue una misión realmente dura y arriesgada. Así que el entrenamiento de la gente, la adquisición de las armas, su traslado, la transportación de los compañeros, todo lo que parecía muy difícil, salió perfecto. Ya disponíamos de un grupo que funcionaba como un reloj, gente muy consagrada a la lucha.
En toda la historia de la Revolución las tareas más complejas que resolvimos fueron las que precedieron al 26 de julio, porque aquí todos los intentos revolucionarios se descubrían apenas empezaban. Nosotros mismos tuvimos dificultades al principio para tener un mimeógrafo, una estación de radio y para imprimir un periódico. Aprendimos rápido. Adoptamos las medidas para hacer todo aquel enorme movimiento en absoluto secreto. Desde luego, la gente iba dispuesta a cumplir su misión, pero nadie sabía cuál era: «Usted va a tal punto, aquí tiene los pasajes». «Usted llega a tal punto, lo esperan en tal lugar», y la gente cumplía su parte disciplinadamente.
Katiuska Blanco. —No logro imaginarme cómo consiguieron trasladar todas aquellas armas sin levantar sospechas. ¡Qué intrepidez! ¡Qué aplomo! Parece algo de películas.
Fidel Castro. —En aquel traslado de armas trabajaron varios compañeros. Melba y Yeyé —así le decíamos a Haydée Santamaría, hermana de Abel— desempeñaron un papel muy importante en la misión, porque en cada una de aquellas maletas que llevaban como si fuera su equipaje iban cinco escopetas, seis escopetas, y pesaban. Creo que fue Yeyé la que le pidió ayuda a un soldado y el hombre ayudó a cargar la maleta. Nuestra gente era así, en general muy temeraria. Eran compañeros escogidos porque yo observaba mucho sus cualidades. Pienso que, además, lo importante era el jefe de la célula; cuando era bueno, la célula era buena. Entonces, observando siempre quiénes eran los más firmes, los más entusiastas, los más preparados, los que tiraban mejor, los más deseosos, se hizo la selección de los mejores.
Entre los elegidos muy pocos eran estudiantes porque yo conocía a estos muy bien. Sabía que eran entusiastas, hacían manifestaciones y luchaban siempre; pero, en general, no se caracterizaban entonces por la modestia del obrero y del campesino cubano. Nuestra Universidad era una Universidad pequeñoburguesa. El estudiantado siempre fue muy rebelde y muy valiente, pero menos disciplinado, menos adaptable a la disciplina del obrero y del campesino. Era una característica muy peculiar del estudiante. Además, por los problemas que había en la Universidad de La Habana entonces, yo no quería reclutarlos. Consideraba que principalmente los estudiantes tenían menos cualidades de soldado, menos disciplina. Al trabajador, al obrero, al campesino, la vida los obligaba a ser más disciplinados y eran entonces, generalmente, de extracción más humilde, más proletaria que el estudiante que tenía muy buenas cualidades para la lucha: rebelde, valiente, desafiante a la policía en una manifestación, pero no era muy susceptible al tipo de disciplina que nosotros requeríamos. El estudiante era un poco más intelectual y el otro un poco más proletario; es la verdad. Yo me percataba de la diferencia entre los hombres, las características de cada grupo y tenía todo en cuenta a la hora de seleccionar.
El plan operativo y político del Moncada
Katiuska Blanco. —Comandante, ¿y cómo concibieron tomar el cuartel? ¿Es cierto que pensaban retrasmitir por la radio durante las primeras horas el discurso El último aldabonazo de Chibás?
Fidel Castro. —La idea era tomar la fortaleza vestidos con el uniforme militar del Ejército, para crear la confusión, para que no supieran quiénes eran los que atacaban, para producir el caos y la confusión más absoluta. Íbamos a usar el uniforme con la insignia de sargento, porque producía cierta influencia en los soldados y, además, porque inicialmente no íbamos a decir que se trataba de un movimiento de civiles; precisamente para crear la confusión en las filas militares. Íbamos a decir que era un movimiento de sargentos dentro del Ejército. Existía un antecedente en el movimiento del que emergió el propio Batista en el año 1933. De manera que no habría parecido nada insólito, nada extraño, sino algo ya acontecido en otro tiempo.
Pensaba capturar a un grupo de sargentos verdaderos dentro de la fortaleza e, incluso, hacerlos suscribir algunas declaraciones como si fueran parte del Movimiento, con el propósito de provocar un efecto paralizante en todo el Ejército y ganar un número de horas. Entonces, todo tendría lugar en los primeros momentos: llamar a las guarniciones subordinadas al regimiento y decirles que los sargentos tomaran el mando del cuartel. Al inicio haríamos silencio, pero luego, de inmediato, nos pondríamos en contacto con las figuras políticas de Santiago de Cuba y con todo el mundo.
Nacionalmente no íbamos a empezar haciendo discursos, sino que, aquel día, en determinado momento, trasmitiríamos por las estaciones de radio el discurso de Chibás en su propia voz; de manera que no se iban a dar noticias por las emisoras de radio, sino que iban a empezar a repetir el discurso todo el tiempo como un mensaje a la población. Cuando comenzaran a circular los rumores por el hecho de que estuviera saliendo aquel discurso —el que mencionas, claro, el de El último aldabonazo del líder ortodoxo— por las emisoras radiales, sin dar noticias, sería como un mensaje al pueblo de que se estaba produciendo una revolución popular, organizada y dirigida por hombres del Partido Ortodoxo.
Es decir: primero, la confusión dentro del Ejército; después, un mensaje a la población en el que se comunicaba indirectamente que algunos acontecimientos muy importantes estaban teniendo lugar, sin saber cuáles eran. Todo esto permitiría ganar tiempo para reunir a la población y evacuar el cuartel. Luego, le hablaríamos al pueblo ante la toma de la fortaleza de Santiago para provocar el levantamiento de la ciudad, y llamaríamos a la huelga general y a la promulgación por decreto de una serie de leyes revolucionarias, que después planteé en La historia me absolverá. Es decir, sería un movimiento que significaba una revolución popular, que iba a llamar al pueblo entero a sumarse. Todo lo anterior conjugado podía liquidar al régimen de Batista.
Estoy seguro de que existía la posibilidad de que paralizáramos el país, ¡estoy seguro de que podíamos detener el país! Los hechos habrían sido de tal impacto que el país se habría conmovido, se habría paralizado.
Ahora, desde el punto de vista militar, esperaba la peor variante: que tomáramos la fortaleza, ocupáramos todas las armas y tuviéramos que soportar un contraataque de las fuerzas de Batista. Entonces resistiríamos por las dos vías principales de comunicación con Oriente, por las que podían enviar tropas: la Carretera Central y el ferrocarril. No existía ninguna otra. Por aire no podían llegar, porque el aeropuerto lo obstaculizaríamos.
Nosotros pensábamos librar la resistencia en el río Cauto, bien atrás, a 200 kilómetros de Santiago por la Carretera Central. Ideamos volar el puente de la Carretera Central sobre el río Cauto, en el tramo del Cauto a Holguín. Y en Santiago de Cuba, a varios kilómetros de la ciudad, en la zona de San Luis y en algunos puntos estratégicos, resistiríamos el contraataque por ferrocarril. Si las cosas no salían como nosotros pensábamos, organizaríamos la resistencia en el ferrocarril central y en la Carretera Central, dos puntos estratégicos, dos puntos claves, dos puntos importantes; los dos únicos puntos por donde podían llegar las tropas. Así daríamos tiempo al desarrollo del movimiento en la ciudad en los días siguientes, de manera que les impidiera tomarla. Tendríamos armas de guerra ocupadas al Ejército para organizar la resistencia en muchos lugares.
La otra variante era que en caso de que fuera imposible destruir el contraataque ni sostener la ciudad, saldríamos hacia la Sierra Maestra con 2000 o 3000 hombres para llevar a cabo allí la guerra irregular, con las armas ocupadas y los hombres que nos siguieran. Nosotros calculábamos tomar de 2000 a 3000 armas. ¡Habría sido una fuerza tremenda empezar la guerra irregular en la Sierra Maestra con todas aquellas armas!
Pienso que la historia probó después que las premisas eran absolutamente correctas. Fue justo lo que hicimos algunos años más tarde, en un orden inverso y en unas circunstancias más difíciles, porque nosotros después del desembarco del Granma, reanudamos la lucha en la Sierra Maestra con siete fusiles y siete hombres. Antes, incluso, yo me quedé solo, éramos tres hombres y dos fusiles. Así que lo que habríamos hecho después del Moncada con 2000 o 3000 hombres, tuvimos que iniciarlo con siete hombres y siete armas. No hay comparación posible.
Fidel Castro. — (…) Recuerdo que para la selección de la fecha tuvimos en cuenta el carnaval, pues teníamos que hacer una movilización grande para alquilar los cuartos, garantizar todo sin levantar sospechas, y en aquellos días los festejos tradicionales acaparaban la atención de las autoridades.
Como aquel fue el factor determinante, nos pareció la fecha perfecta. Pudo decidirse el día exacto que tendría lugar la acción cuatro semanas antes, cinco, seis, quizás; incluso, desde antes trabajábamos para dicho día. Cumplimos la fecha exacta en que planeamos el Moncada, y así fue también cuando el Granma; incluso, la fecha exacta en que tomamos Santiago de Cuba fue la prevista con anterioridad.
Katiuska Blanco. —Comandante, no olvido nunca lo que escribió desde el presidio al padre de Renato Guitart: «…usted tiene […] sobradas razones para poder estar eternamente orgulloso de él. Un deseo formulo para Cuba desde lo íntimo de mi alma: que tenga siempre hombres como usted y como él». ¿Fue Renato quien facilitó el plano del Moncada y se arriesgó durante meses haciendo las observaciones hacia la fortaleza militar?
Fidel Castro. —Sí. Nosotros estudiamos detalladamente el plano físico del cuartel, facilitado por Guitart y sus observaciones: cómo eran las postas, cómo era la entrada, cómo era todo a grandes rasgos. (…) Conocíamos lo esencial para la operación y ello nos lo puso en las manos Renato. Cumplió con su trabajo con una discreción absoluta, fue fiel a la confianza que depositamos en él hasta el final.
Yo recorrí los alrededores durante los preparativos, muchas semanas antes de la acción. Di la vuelta, analicé las distintas direcciones porque sabía que tenía que concentrar a la gente en un punto, debía definirlo: ¿en la dirección de El Cobre para venir de la Carretera Central, en la dirección de El Caney, en la dirección del Morro, en cinco o seis direcciones diferentes? Escogí la dirección que veía más directa, con menos tránsito, menos tiempo dentro de la ciudad, es decir, menos tramo a recorrer. Elegí la más próxima a la salida de la ciudad, en un lugar donde fuera más fácil realizar el camuflaje de la granja (Se refiere a la Granja Siboney, donde se ocultaron las armas y desde donde salieron los moncadistas en la madrugada del 26 de julio).
Estudié los distintos puntos, y en tal dirección vi que existían lugares adonde se llegaba más rápido, y había más posibilidades para alquilar casas, casas de vacaciones, porque era una dirección que iba a la playa. Parecía más discreto, más fácil para llevar a la gente de noche y concentrarla y, además, para salir al amanecer. Aquellos lugares los estudié y escogimos, sin duda, el mejor: con la carretera que llegaba por el campo y desembocaba en la ciudad, cinco o seis cuadras antes de llegar al cuartel, para atacarlo por un flanco.
(…) Estudié los alrededores; además, conocía la ciudad. Entonces, tratamos de buscar una finca en la dirección que venía de las playas, adonde iba la gente de Santiago: la playa de Siboney y otras playas. Por entonces existía un camino que llevaba a la Gran Piedra. De todos los lugares de Santiago de Cuba era el más disimulado, el lugar perfecto.
En Santiago estaba todo arreglado. En La Habana conseguimos una parte de las armas en las armerías, cuya mera existencia hizo posible que las adquiriéramos. También por aquellos días reunimos el resto de los uniformes para enviar a Santiago. Algunos se confeccionaron por nosotros en casa de Melba y otros los compramos. También logramos adquirir muchos con algunos militares de baja graduación. Con ellos también nos hicimos de gorras, galones de sargento e, incluso, algunas armas; todo dentro de la estratagema preparada para tomar el cuartel y crear la confusión en las filas del Ejército.
Desplegamos un trabajo febril. En los últimos días de la semana y durante el propio fin de semana acabamos de adquirir todas las armas, y remitir hasta Santiago de Cuba el grueso del cargamento por distintas vías y distintos lugares. El plan era enviarlas todas a Santiago de Cuba.
En el más absoluto secreto seleccionamos a los combatientes y dimos instrucciones a los jefes de células que iban a participar y organizar la movilización desde La Habana hasta Santiago de Cuba. Tuvimos que alquilar alrededor de 20 automóviles en que viajarían varios grupos. Lo hicimos en La Habana también por medio de créditos. Disponíamos de cuadros preparados que establecieron relaciones con las casas que arrendaban automóviles; y, claro, padecíamos la misma escasez de recursos que para la adquisición de las armas.
Ejecución del plan, vísperas del 26 de julio
Todos los carros que participaron fueron de La Habana para allá, arrendados. Cada célula en un carro; algunas de mucha confianza las enviamos por ómnibus, otras las mandamos por ferrocarril y el grueso lo enviamos por carretera. Se seleccionaron los hombres, los choferes. Un grupito muy pequeño organizaba todo: la hora exacta en que tenían que recoger a los combatientes y la hora exacta de donde tenían que salir, los puntos específicos donde tenían que llegar, los lugares precisos, quién los recibía.
(…) Personalmente vi a los cuadros que se trasladarían, indiqué lo que cada uno de ellos debía hacer, di todas las instrucciones. Casi fui el último en salir, o al menos estuve entre los últimos.
Los carros se movieron por la Carretera Central con las insignias del partido de Batista y las banderitas del 10 de marzo. A muchos batistianos les gustaba poner la banderita del 10 de marzo y calcomanías alegóricas a Batista en los carros, y todos los nuestros las llevaban. Como era gente desconocida y tenía que recorrer una ruta de más de 1000 kilómetros, para cualquier incidente del tránsito, cualquier imprevisto, era una gran ayuda tener los letreritos, la bandera del 4 de septiembre, la bandera y las consignas de Batista en el carro.
Bueno, se tomaron todas las medidas. Se determinó el momento en que se moverían, dónde podían bajarse, la obligación de salir en grupos, la prohibición de que nadie podía abandonar el carro; en fin, las instrucciones concretas.
A su vez, todo el mundo viajó por separado. Uno salía ahora, otro, media hora después, dos horas después. Fueron saliendo desde el viernes por la noche. Los carros no llevaban armas para evitar cualquier incidente en el camino.
El único carro que no llevaba la banderita de Batista era el mío, pero por una razón muy sencilla: yo, de cierta forma, era conocido en este país. Todo el mundo sabía que yo no tenía nada de batistiano, aunque trabajara en la oficina de un batistiano. Los que me conocían bien sabían que no habría podido convertirme en un batistiano, por tanto, si alguien me veía por la Carretera Central con un letrerito de Batista o del 4 de septiembre sería muy sospechoso, muy extraño. Así que no fue por prejuicio que no llevaba ninguna alegoría batistiana; como no tuve prejuicio en ponerme un uniforme de sargento.
Fui de los últimos en emprender el viaje desde la capital, creo que con algún carro detrás por si acontecía algún problema o desperfecto en el que yo viajaba, que me pudieran apoyar. Debí salir en horas de la noche del viernes hacia la madrugada del sábado. Recuerdo que ya de día me acordé de que tenía un poco de miopía y compré unos espejuelos en una óptica de Santa Clara. Seguí rumbo a Camagüey, y ya de noche, el día 25, en medio de los carnavales, llegué a Santiago de Cuba. Allí estaban Abel, Guitart, los del grupo de Santiago.
(…) Fidel Castro. —No hubo ningún tropiezo serio en el camino, y ya en Santiago estaban dispuestas las armas, la casa habilitada. Todo lo que hicimos en Santiago lo ejecutamos igual en Bayamo, pero en pequeña escala, la gente estaba expectante, ubicada en varios hoteles. Abel había separado el alojamiento para cada uno de nosotros y todo el programa se cumplió sin percances. Hice todo lo planeado, di las instrucciones: cubrí el otro tramo de Santiago hasta la granja avícola, y una vez allí, nos reunimos. Todo el mundo tenía la impresión de que había llegado la hora de la acción, que un viaje de 1000 kilómetros no se daba para una práctica.
Recuerdo que durante el recorrido desde La Habana iba siguiendo de cerca los registros, la actitud de la policía, del Ejército; si estaban en guardia, si existía alguna sospecha. Observaba mucho por todo el tránsito el estado anímico de la gente. Al llegar a Santiago de Cuba, todo el mundo estaba de fiesta en pleno carnaval, en el cenit del carnaval. Por eso nuestra gente pudo entrar sin dificultad a la ciudad porque era una fecha perfecta; había mucha fiesta, muchas personas, gran tomadera; y un grupo de gente disciplinada, alrededor de 120 hombres, llegó, se hospedó en distintos lugares, descansó, se movilizó y se concentró otra vez.
Fue una operación perfecta. No cometimos un solo fallo en todo aquel período, ni por accidente.
Abel esperó a numerosos compañeros que transportaban armas por ferrocarril; muchos llegaron al atardecer del sábado 25, unas horas antes de la acción. Claro, algunas armas ya estaban allí, las que Abel enterró en el pozo, en distintos lugares, en la granja avícola. Como en Tizol teníamos un asesor en materia de cría de pollos y aquella era una granja avícola, se construyeron las instalaciones de manera que los automóviles no se vieran desde la carretera. Todo fue organizado así, hasta que yo llegué a las 2:00 de la madrugada; pudo ser unas cuatro horas antes del ataque al cuartel Moncada. Hablé a la gente y di las instrucciones de repartir los uniformes, las armas, las municiones.
Las horas transcurrieron de modo muy especial. Existía ya un estado anímico de exaltación pausada entre quienes se organizaron, se entrenaron y prepararon durante meses, compañeros muy persuadidos y con una gran confianza en todo. Y de repente llegó el momento de la acción, el momento más emocionante para todo el mundo, cuando efectivamente vieron por primera vez las armas, excepto unas pocas con las que antes habían hecho prácticas. Fuimos distribuyéndolas según las misiones y el entrenamiento de cada cual. Las mejores armas las pusimos en manos de los más entrenados. También repartimos los uniformes con prontitud.
Todo se dispuso de modo muy serio. La atmósfera influía en los combatientes, en la idea de lo que íbamos a hacer como una misión. Conocíamos al detalle las decisiones que debíamos adoptar. Separé a quienes irían conmigo y nombré a los jefes de las otras acciones; mandé a Abel para el Hospital Civil; a otro grupo, donde estaba Léster con Raúl, a la misión de tomar el Palacio de Justicia; seleccionamos todos los grupos, los carros, e impartimos las instrucciones. Nos referimos a cómo utilizar la sorpresa, y enfatizamos la idea de tirar solo en caso indispensable.
Realmente, si nosotros íbamos disfrazados de soldados, si tomábamos la posta y el puesto de mando, el enemigo no podía reaccionar. Nosotros pensábamos hacer prisionera a la guarnición; incluso, buscar la colaboración de alguna gente, de ser posible —por lo menos, los nombres de los principales y verdaderos sargentos—, y utilizarlos para las primeras comunicaciones con las unidades militares, además, distribuir pequeñas proclamas de militares firmadas por los sargentos prisioneros.
Era una operación totalmente dirigida a las distintas unidades, porque teníamos la intención de rendir las capitanías de la provincia de Oriente. Íbamos a tratar de neutralizar, rendir y dar instrucciones a todas y crear una gran confusión en el Ejército; por lo tanto, nuestra idea fundamental era hacer prisioneros a los soldados y, desde luego, neutralizarlos si hacían resistencia.
La sorpresa y el desconcierto serían tan grandes, que no podrían reaccionar, y con ello nos proponíamos evitar bajas, lo mismo de un lado que de otro. Nuestros cálculos eran correctos, absolutamente correctos, ya que ellos no habrían podido hacer nada desde el momento en que vieran una masa de casi 100 hombres y sargentos insubordinados. Sería anonadante para gente que plácidamente dormía en un día de carnaval, antes del amanecer, en el mes de julio, en que aclara más temprano.
(…) Porque si bien el plan era un plan correcto, las premisas eran correctas, la gente era muy decidida y muy valiente; también a nuestra fuerza le faltaba experiencia. Es decir, tal misión, si se desarrolla con quienes han estado en combate en varias ocasiones y son veteranos, la puedes garantizar porque los combatientes, incluido el jefe, mantienen un control sobre los acontecimientos.
Digo esto por lo que ocurrió. Cuando sonó un disparo, todo el mundo disparó, pero no estábamos dentro del cuartel. Con experiencia combativa ante tensiones, habrían estado preparados para esperar; pero sonó un tiro, el primero, y todo el mundo atacó. Era difícil que se produjera la fórmula perfecta de que hiciéramos prisionera a la guarnición, que era lo previsto; pero no la acción de neutralizarla sin ninguna vacilación. La gente iba muy decidida.
Cuando hablé en la granjita, no tenía mucha necesidad de arengar a nuestros hombres, sino la de inspirarles confianza en que había llegado el momento, que era la hora; impulsar un poco más sus energías, darles seguridad en la operación, insistir en lo que debía hacer todo el mundo y cumplir las instrucciones. (…) Nítidamente recuerdo que cuando hablé, me referí a la página que escribiríamos en nuestra historia e infundí seguridad en los combatientes.
También recuerdo que sucedió algo con mi reloj, y que hubo cierto momento en que nos vimos muy apretados con el tiempo disponible para cumplir el plan previsto. Fue en aquellas cuatro horas cuando debimos repartir los uniformes, las armas, y organizarlo todo; tuvimos que actuar febrilmente, con mucha premura. Tal vez debimos haber empezado una hora antes porque fue un cúmulo grande de cosas por hacer: busca las armas, sácalas del pozo, identifícalas una por una, entrégalas a cada grupo, distribuye las municiones. En un momento dar todas las órdenes: entra el núcleo tal, sale; entra otro núcleo, sale. Hablé a todos, pero, además, distribuí a los grupos en los carros: tal grupo aquí, tal grupo allá.
Continuará…





