* Evocaciones seleccionadas por el BLOG AMÉRICA del libro de Katiuska Blanco, FIDEL CASTRO RUZ. GUERRILLERO DEL TIEMPO. Conversaciones con el líder histórico de la Revolución Cubana. Primera parte. Tomo II. Los subtítulos son del BLOG AMÉRICA
Los testimonios y reflexiones de Fidel en esta obra, relacionados con el 26 de julio de 1953, mediante un diálogo admirable con Katiuska Blanco, son los más pródigos formulados por él sobre tal evento histórico en su larga vida. Hemos querido poner a disposición de los lectores una selección en tres partes, por sí mismas de interés, pero sobre todo con el ánimo de propiciar la lectura íntegra que aparece entre las páginas 1 y 284 de la obra aludida.
Golpe de estado del 10 de marzo de 1952: “¿Revolución no, zarpazo!”
Fidel Castro. —Cuando se produjo el golpe del 10 de marzo, la amargura que sufrí fue infinita, por el hecho de haberme dado cuenta de que Batista efectivamente urdía su zarpazo, haberlo advertido, y que a pesar de todo el golpe sorpresivo sucediera. Una de las amarguras más grandes que he sentido en mi vida fue ese día, el 10 de marzo de 1952.
Katiuska Blanco. —René Rodríguez, en un testimonio que guarda la Oficina de Asuntos Históricos, recuerda que el domingo 9 de marzo usted había regresado tarde a su pequeño apartamento, en el segundo piso del edificio de la calle 23 No. 1511, e/ 24 y 26, en el Vedado. Me pregunto cómo supo la noticia, cuál fue su reacción, adónde fue, qué sintió, si temió por su familia, qué decidió hacer de inmediato. ¿Podría trazar el itinerario de sus emociones y horas de entonces?
Fidel Castro. —Sí, aquel día regresé tarde, venía de Alerta. Dejé mi última e inflamatoria denuncia allí, y esperaba las reacciones al otro día, lunes 10 de marzo, cuando saldría el diario. Había cumplido con mi faena. La locomotora estaba a todo vapor, a todo tren en aquellos días; los planes marchaban excelentemente bien.
En horas más o menos de la madrugada, serían sobre las 5:00 de la mañana, antes del amanecer, me despertaron unos golpes terribles en la puerta de la calle: ¡Pam, pam, pam!; pero unos golpes tremendos, de alguien desesperado. Me levanté y abrí, a ver qué pasaba, quién era: ¡Rafael Díaz-Balart! Había venido a avisarme, a advertirme sobre lo que ocurría. Fue un gesto, digamos, positivo de su parte, porque estaba muy preocupado, y dijo: “¡Batista está en Columbia, tomó Columbia; Salas Cañizares es el jefe de la policía y Casals es jefe de la motorizada!”. Se refería a los policías que yo tenía acusados y procesados por asesinato, a los cuales los tribunales les pedían 30 años. Luego creo que me propuso: “Bueno, si tú quieres vamos a Columbia”.
Lo mandé para el diablo. Reaccioné con gran irritación e indignación y lo mandé para casa del diablo. Me pareció un crimen, una traición tan grande que yo ni siquiera le di las gracias porque me hubiera venido a avisar, un poco porque temía quizás por mi vida. También sentí una amargura tremenda porque yo lo había advertido, me había dado cuenta de que Batista estaba conspirando y si me hubieran permitido denunciarlo no se hubiera producido el golpe. A Díaz-Balart no lo vi más después de aquel día. Entonces sí hubo una ruptura total y definitiva.
Lo que hice fue que me vestí, salí antes del amanecer, no se lo dije a nadie. Fui para la casa de Lidia, a unas dos cuadras de mi apartamento. Allí me sorprendió el amanecer mientras escuchaba continuamente las noticias, observaba y analizaba los acontecimientos. Quería ver si existía alguna reacción, y si una parte del Ejército se levantaba. Vi un trasiego de gente armada en carros de todo tipo, soldados y policías en automóviles, a toda velocidad, por la calle 23, en una dirección y en otra. Oí alguna noticia de que en Palacio se habían producido unos incidentes al amanecer y la noticia de que Prío se retiraba, no hacía resistencia.
(…) Fue repugnante el oportunismo generalizado. Todas las unidades militares se plegaron, Prío no hizo resistencia. Aquel mismo día comencé a pensar por qué no hubo resistencia de nadie: el Partido Ortodoxo, todo el mundo quieto. La dirección ortodoxa no estaba preparada para un golpe. El que tenía que resistir, el gobierno, no resistió; Prío, se asiló en una embajada; los grupos gangsteriles que lo apoyaban terminaron sumándose al golpe de Batista; la única unidad militar que ensayó cierta resistencia duró nada más hasta el mediodía.
En horas de la noche, Batista tenía el control total del país. Y yo ni siquiera un arma, nada; ni un cuchillo tenía el 10 de marzo. No se podía concebir momento más amargo y crítico. Estaba sin un centavo en absoluto —como siempre—, sin un arma, clandestino, y con mis enemigos en el gobierno y en la jefatura de la policía, sedientos de poder y llenos de ambiciones.
¿Cuál iba a ser la próxima reacción? Realmente no tenía ni a dónde ir, casi no tenía dónde esconderme. A aquellas alturas ni siquiera sabía si me andaban buscando. Lo suponía por aquel teniente esbirro, Salas Cañizares, recién nombrado jefe de la policía de Batista. Debía suponer que aquella gente rezumaba odio y ansia de venganza contra mí. Pero, afortunadamente, se sentían tan contentos con la proeza realizada y con el éxito alcanzado, estaban tan felices que no se acordaron mucho de mí. Tal fue la situación en medio de la cual se inició la nueva etapa.
Katiuska Blanco. —Para colmo, a Batista se le ocurrió decir que se trataba de una revolución, la revolución libertadora del 10 de marzo.
Fidel Castro. —Sí, por eso en lo primero que pensé fue en un manifiesto en contra de esas consignas que lanzó Batista. Al otro día, René Rodríguez me recogió en el hotel Andino, donde estaba desde la noche anterior. Ya René había estado haciendo averiguaciones, se reunió con un grupo de ortodoxos, y estuvo en la casa de Agramonte sin que se acordara nada en concreto. Entonces fuimos para la casa de Eva Jiménez, miembro del Partido Ortodoxo, donde comencé a redactar el manifiesto: ¡Revolución no, zarpazo!. Yo le había pedido a René que tratara de traerme papel y la máquina de escribir de la casa, pero fue imposible, allí estaban Díaz-Balart y unos policías que no le permitieron tocar nada.
Por la noche, mi hermano Raúl también se refugió en casa de Eva. Todo el día 12 me lo pasé escribiendo. No obstante, la tirada del manifiesto se demoró por la censura de prensa en los diarios. Fue Raúl de Aguiar, también ortodoxo, quien logró imprimirlo clandestinamente con la ayuda de Ñico López y Raúl. Eva consiguió reproducir varios centenares.
Lo firmé yo mismo, sin utilizar seudónimo: “¡Revolución no, zarpazo!”; “Patriotas no, liberticidas, usurpadores, retrógrados, aventureros sedientos de odio”. Recuerdo de memoria algunos fragmentos, algunos pedacitos: “No fue un cuartelazo contra el presidente Prío, fue un cuartelazo contra el pueblo […]. Su asalto al poder carece de principios que lo legitimen”. Admito la teoría de la sublevación justificada, quería expresar que puede haber principios que la legitimen. “La hora es de sacrificio y de lucha, si se pierde la vida, nada se pierde; vivir en cadenas es vivir en oprobio y afrenta sumidos. Morir por la patria es vivir”.
Fue la primera vez que hice un manifiesto. Lo distribuí junto a la tumba de Chibás, donde todos los meses nos reuníamos los ortodoxos. Con motivo del golpe nos reunimos allí.
Ante la tumba arengué un poco y luego repartí el documento. Se metió la policía, se metió todo el mundo. Los golpistas adujeron que Prío estaba conspirando, que iba a dar un golpe de Estado, razón por la cual Batista se le adelantó, afirmando que se trataba de una revolución. Por eso dije la frase que lo sentenció: “¡Revolución no, zarpazo!”. Muchos ortodoxos la escucharon allí por primera vez. Entre ellos Melba y Abel, a quienes conocí en aquella manifestación, entre la masa de gente nueva.
Recuerdo que cuando llegué al cementerio, el 16 de marzo, fue muy interesante porque la gran multitud trataba de protegerme, porque allí eran miles y miles de personas, y la llegada mía fue de una gran expectación y esperanza, se solidarizaron conmigo más que con ningún otro. Se puede decir que aquella masa estaba más bien protegiéndome, preocupada por mí. La policía permanecía un poco neutralizada por la gran multitud concentrada en el lugar.
Allí puse en situación embarazosa a los tribunales de la república que aceptaron el golpe, después que Batista había violado todas las leyes. En aquella época, ya tenía la teoría de que la revolución era fuente de derecho, por eso decía que esa no era una revolución. Argumenté mi posición: “No basta con que los alzados digan ahora tan campantes, que la revolución es fuente de derecho. […] Esos serán siempre delincuentes comunes”.
Katiuska Blanco. —Es la primera vez que conozco al detalle esta historia. Del artículo [¡Revolución no, zarpazo!] que usted menciona, recuerdo invariablemente un fragmento que augura lo que sobrevendría. Busqué el párrafo, dice: “Pero la verdad que alumbre los destinos de Cuba y guíe los pasos de nuestro pueblo en esta hora difícil, esa verdad que ustedes no permitirán decir, la sabrá todo el mundo, correrá subterránea de boca en boca en cada hombre y mujer, aunque nadie lo diga en público ni la escriba en la prensa, y todos la creerán y la semilla de la rebeldía heroica se irá sembrando en todos los corazones; es la brújula que hay en cada conciencia…”.
Fidel Castro. —El día 24 de marzo presenté ante el Tribunal de Urgencia de La Habana un recurso de inconstitucionalidad contra el régimen de Batista que acababa de instaurarse. Fue ya una acción legal. En ese recurso recordé todo lo que Batista había hecho, todo lo robado, y me pregunté qué diferencia existía entre Prío y Batista, para responderme: “Ninguna”.
Era enemigo de todo el mundo; entre todas las cuestiones, hacía una y otra vez la misma interrogante, ¿qué diferencias hay? Un día salió una hoja suelta firmada por Pardo Llada con un discurso panfletario; pero, bueno, creo que las dos cosas más importantes fueron el manifiesto “¡Revolución no, zarpazo!” y la denuncia ante el Tribunal de Urgencia. Claro, nadie me hizo ningún caso, dirían: “Este está loco”; y yo, sin prestar atención a lo que dijeran, iba preparando las bases jurídicas y políticas de la lucha armada contra Batista.
En los primeros tiempos también escribí para un periodiquito, El Acusador.
Katiuska Blanco. —Leí su artículo “Yo acuso”, publicado en ese periódico el 16 de agosto de 1952. Usted firmó con el nombre de Alejandro.
Fidel Castro. —Lo hacía más bien para incitar la repulsa popular y la denuncia; porque yo denunciaba continuamente, como diciendo: Bueno, cuando los revolucionarios tienen que defenderse por estar conspirando, ¿qué moral tienen los tribunales?
Creo que ya esto sentó las bases. Lo que acontecía era inusitado. Había una situación totalmente nueva que cambió el cuadro político del país. Desde el punto de vista ideológico impugné el golpe; establecí un fundamento político, legal, incluso, de la lucha contra Batista con el empleo de la fuerza. Yo no pensé nunca más en ninguna otra fórmula.
Hasta entonces tenía toda una estrategia, todo un programa revolucionario, pero con el golpe cambió radicalmente. Supuse que las distintas fuerzas políticas del país se unirían para volver a restablecer la situación anterior; es decir, para restablecer la Constitución, que desde el 10 de marzo había desaparecido.
En aquel momento cuando tenía ya una estrategia revolucionaria, con toda una serie de ideas muy claras y muy precisas de cómo tomar el poder revolucionariamente para hacer la Revolución, me encontré de repente con que Batista había usurpado el poder para llevar a cabo una profunda contrarrevolución.
Entonces pensé que la respuesta natural de la población sería unirse; en primer lugar, pensé en el Partido Ortodoxo que era mayoritario, pensé en los demás partidos políticos desalojados del gobierno y en todas las fuerzas sociales ante un regreso oprobioso de Batista y su golpe reaccionario contra la Constitución; esta, a pesar de que nunca se aplicó plenamente, era progresista, bastante avanzada. La Carta Magna y las normas constitucionales tenían un gran prestigio en nuestro país. Se podría decir que eran algo acatado por todos, es decir, apoyado por todos, frente a los largos períodos de violencia, asesinatos, crímenes de la tiranía impuesta a Cuba por el imperialismo. En esencia la Constitución se mantenía y el proceso político también durante un breve período de tiempo.
(…) El proceso institucional y las elecciones eran ya una realidad en nuestro país. Aunque la mayor parte de la prensa era reaccionaria, los medios de difusión masiva estaban en manos de propietarios privados y tenían una línea maccarthista, anticomunista, reaccionaria; un individuo como yo podía hablar por una hora de radio y escribir en un periódico: había un partido político, un cauce legal. Es decir, existía un proceso no agotado, que un día no lejano se agotaría, cuando un movimiento popular con mucha más conciencia, con mucha más fuerza y bien dirigido rompiera los cánones legales.
La anterior estrategia concebida por mí antes del golpe se producía en medio de una situación en la que el proceso político estaba bastante maduro para producir, con las masas, un enfrentamiento con el sistema económico y político impuesto a Cuba. El golpe de Estado obligaba a crear de nuevo el mínimo de condiciones necesarias para unir al pueblo y llevar la lucha por otras vías. La Constitución era entonces el único factor capaz de unir al pueblo para llevarlo a la lucha por la Revolución. Fue lo que ocurrió.
Pensé, como lo más elemental, que todas las fuerzas del país reaccionarían contra el golpe para conseguir el restablecimiento de la Constitución del país. Es decir, destruir el golpe de Estado se convertiría en el factor fundamental para la unión del pueblo.
Existían fuerzas suficientes —a mi modo de ver, el Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxos), los obreros explotados, los campesinos sin tierras, los estudiantes y la inmensa mayoría del pueblo, que vivían en las más horribles condiciones—, que se convertirían en los factores fundamentales de aquella lucha.
(…) Pensé que las fuerzas obreras, estudiantiles, campesinas y todos los políticos honestos del país, se unirían en una lucha por recuperar la Constitución de la nación. Escribí los manifiestos porque estaba preparando condiciones para la lucha armada revolucionaria, pero no tenía ni un centavo ni un fusil ni un arma, ni siquiera el Partido Ortodoxo, porque aquel partido, muerto su fundador, carecía de una dirección fuerte. Yo era ya bastante conocido, tenía un determinado prestigio ante las masas, sobre todo ante las masas de aquel partido, pero nada más. Comencé a trabajar para una lucha que imaginaba se daría por parte de todas las organizaciones y partidos opuestos al golpe de Estado de Batista.
Pensé en los líderes oficiales del partido y los demás líderes políticos. Me preguntaba. (…) Inmediatamente, casi todos los sectores, los ricos, las asociaciones de empresarios, dueños de centrales azucareros, las empresas norteamericanas, todos aplaudieron a Batista y lo apoyaron.
Batista hablaba del orden, usaba un lenguaje anticomunista. Empezó a usar ese lenguaje, tan grato a los sectores propietarios de industrias, fincas, tierras, viviendas, negocios, comercios. Porque, efectivamente, el gobierno de Prío se había caracterizado por la anarquía, el caos, la violencia; y Batista enarboló la bandera del orden, tan agradable a los oídos de todos los burgueses y explotadores contra los obreros, las huelgas, y todo ese tipo de acciones. De aquella forma recibió el apoyo de la burguesía nacional, los terratenientes y los ricos.
Estados Unidos: ¡encantado, feliz!; porque, aunque el Partido del Pueblo no era un partido comunista, aquellas fuerzas populares no les gustaban a los gobiernos norteamericanos; todo lo que fuera popular les resultaba sospechoso e inconveniente. Un gobierno como el de Batista era más seguro para los intereses de Estados Unidos. Entonces se planteó ante el pueblo un desafío, aunque ya en la conciencia de nuestro país lo hecho por Batista no se aceptaba de ningún modo.
Era un momento de indefensión total, yo estaba convencido de que el pueblo no aceptaría jamás aquel golpe, aquel zarpazo, aquella traición. Nuestro pueblo no tenía una conciencia avanzada, socialista, marxista; pero, por lo menos, tenía una conciencia política y democrática suficientemente desarrollada, tradiciones de libertad demostradas durante mucho tiempo como para resignarse de forma apacible al golpe de Estado de Batista.
Fidel, Caracas, 1959: un discurso temprano y un disparo al futuro
No pensaba en dirigir una revolución sino en luchar dentro del partido (Ortodoxo)
Katiuska Blanco. —Comandante, entonces su situación política era vastamente compleja. ¿Usted confiaba aún en que el partido (Ortodoxo) asumiera su papel?
Fidel Castro. —Yo estaba en una situación muy especial, porque Batista era mi enemigo y los auténticos —el gobierno derrocado— también lo eran, y me culpaban del golpe de Estado, me culpaban de haber socavado el gobierno de tal manera que se facilitó el golpe. Yo no contaba con nadie, era enemigo de todas aquellas fuerzas, miembro de un partido del cual no era líder, dirigido por gente muy pusilánime, muy pacífica; sin embargo, consideré que el partido iba a luchar, me parecía que sus dirigentes tenían un mínimo de compromiso con el pueblo y que tendrían que responder ante Batista de la única forma que se podía responder: mediante la lucha armada y el empleo de la fuerza contra Batista. No veía otro camino que la lucha armada, pero concebí que dicha lucha iba a ser dirigida por los líderes de aquellos partidos. Comprendí, además, que Batista venía para quedarse, para saquear otra vez al país y establecer un régimen de fuerza indefinido.
Era lo que estaba meditando en aquel momento, no pensaba en dirigir una revolución, en hacer una revolución, sino luchar dentro del partido…, porque en esa situación en que todas las reglas cambiaron, una persona sola, en las condiciones mías, estaba totalmente desprovista de capacidad de acción: no tenía partido ni dinero ni recursos ni un órgano de prensa, nada en absoluto, solo contaba con los simpatizantes de siempre. Aunque habría que decir la verdad: muchos de aquellos simpatizantes tenían la seguridad, tenían desde el primer momento la esperanza de que actuaría conforme a mis principios, que no admitiría la situación.
Fue lo que me permitió que no resultara difícil mi tarea, cuando comencé a organizar las primeras unidades de combate entre los simpatizantes del Partido Ortodoxo para luchar unidos con las demás fuerzas políticas dispuestas a enfrentarse a Batista. Aparecieron pronto gentes valiosas como Abel Santamaría, como Montané y otros, que se acercaron a mí para ofrecerme su apoyo. Había, como siempre pensé, gente muy valiosa en aquella masa anónima del Partido Ortodoxo.
En general, como regla, varios dirigentes estudiantiles muy celosos de sus prerrogativas, pensaban que se iba a repetir otra vez la historia de 1933 en la lucha contra Machado, y que la Universidad iba a ser la que la dirigiera. Entonces se desató un sentimiento muy fuerte de celo contra mí entre los líderes de la FEU. Antes del golpe del 10 de marzo tenían buenas relaciones conmigo, pero después se produjeron reacciones psicológicas que complicaban la tarea que me había propuesto llevar a cabo.
Entonces, tenía en contra a Batista en el poder, a los desalojados del gobierno que me culpaban del golpe, y a dirigentes universitarios, a los que les dio por pensar que yo podía hacerles sombra. Reaccionaron con temor de que pudiera surgir alguien que ocupara el liderazgo.
A partir de estos factores, me vi obligado a comenzar de cero. Tuve que actuar casi clandestino con relación a los auténticos, que disponían de todos los recursos; filtrarles las organizaciones, filtrarles las fuerzas. No querían ni oír hablar de mí. Un número de líderes universitarios, por su parte, no querían sombra de ninguna clase; querían ser ellos los dirigentes de la revolución; yo era «un político», afirmaban para descalificarme.
El Partido Socialista Popular, el único con una concepción social revolucionaria, aunque siempre en la Universidad me trató con deferencia, nunca, con seguridad, dejaron de ver en mí al hijo de un terrateniente y al joven graduado de bachiller en un colegio aristocrático donde estudiaban los hijos de los ricos. Ellos tenían larga experiencia política para trazar su propia línea. De su librería recibía, sin embargo, los créditos para los libros de Marx y Lenin y otros autores, con los que adquirí mis conocimientos teóricos cuando era estudiante universitario, sin los cuales no habría sido un verdadero revolucionario en nuestra época.
Todos aquellos fenómenos los percibí casi repentinamente después del 10 de marzo; hacían mucho más difícil el problema, a partir del cual había que iniciar la lucha.
No estaba pensando entonces en dirigir una revolución, mi posición era desinteresada; no aspiraba a un liderazgo ni a una jefatura. Analizaba cómo podía contribuir a la lucha común para liquidar a Batista; cómo ayudar al desarrollo del espíritu revolucionario dentro del partido en que estaba enrolado desde su inicio. Yo imaginaba lo que debía hacer y cómo: estaría unido a todas las fuerzas en acción. Renunciaba a toda pretensión de jefatura, de liderazgo de la revolución, estaba dispuesto a sumarme a todos los que lucharan para derrocar al régimen de Batista. Aquella fue mi actitud, no podía ser más desinteresada; sin embargo, en aquel instante mucha gente estaba pensando en términos de futuro, en cargos, vanidades o intereses. Sí firmaba mis manifiestos, porque consideraba la necesidad de mostrar la posición que tenía, no de ocultarla. Era imperioso, además, orientar a la gente; si nadie decía nada, yo tenía que hacerlo.
Los primeros días tuve que actuar con prudencia, no podía hacerlo libremente, porque no sabía cuál iba a ser la reacción de Batista, cuál la de sus esbirros, porque ellos veían en mí a un potencial enemigo. Pero ellos estaban tan eufóricos por su éxito, por su fácil triunfo, por su poder de nuevo, que incluso quisieron dar una impresión moderada. Batista, que tenía la experiencia de 11 años, conocía la psicología de nuestro pueblo, es indiscutible que dio instrucción inicial de mano suave. Mucho autobombo, mucho autoelogio, exaltación del patriotismo, mucha exaltación de Batista, el hombre, el salvador, el que salvó a la patria del río de sangre, el hombre democrático, el hombre bueno, el hombre que estaba contra la violencia, contra el odio… aunque suprimió las libertades constitucionales, los derechos individuales y todo lo demás.
Estaban tratando de vender el golpe de Estado al pueblo como una cosa buena y en los inicios no se caracterizaron por la represión. Digamos que hasta los mismos policías que yo había acusado, mostraron cierto respeto por mí; más que con odio, reaccionaron con respeto y mostraron generosidad.
Tenían todo el poder. En una primera fase llevaron a cabo una política moderada, cuidadosa, no represiva. Los estudiantes organizaron manifestaciones de protesta y los batistianos no tomaron la Universidad, no penetraron en la Universidad, no violaron la autonomía universitaria, respetaron todo eso al principio. Fueron cuidadosos para tratar de sumar, confundir y calmar, porque ellos sabían que habían cometido un acto muy grave y muy difícil de asimilar por nuestro pueblo.
Creo que Batista subestimaba al pueblo y yo no lo sobrestimaba, sino lo juzgaba con objetividad. Las primeras semanas, e incluso podríamos decir los primeros meses, se caracterizaron por una gran moderación de los golpistas, en un intento de calmar las protestas, aplacar el disgusto, envueltos con sus partidarios en una atmósfera de felicidad por el éxito. No reaccionaron con violencia a las primeras muestras de desacato popular a la dictadura, al golpe.
Aquello, desde luego, ayudó, porque, aunque me estaban buscando, no se sabía muy bien por qué. Se inició un período,o en que no podía seguir en la casa: no podía vivir allí, además, no podía pagarla. Entonces me fui primero a casa de mi hermana Lidia, luego a otros lugares con mi familia.
En una etapa vivimos allá por El Cano, en las afueras de La Habana, en la casa de una señora también ortodoxa y amiga mía. Ella tenía unos muchachos muy malcriados. Allí estuve con Myrta y Fidelito unas semanas después del golpe, era una casa grande, en una finquita: pero ya yo salía, me movía, hacía contactos e iba por distintos lugares, andaba con cuidado pues el Ejército me estaba buscando. Por entonces había muchas delaciones. Quizás una de las cosas más terribles en tales circunstancias era que la gente, cuando no estaba bien definida, se acobardaba y delataba. A veces eran oportunistas. El caso es que no sé quién informaría que yo estaba en la casa en El Cano y un día que yo había salido llegó el Ejército y se llevó a Myrta y a Fidelito, que era chiquito, se los llevaron a los dos para Columbia y los tuvieron allí presos algunas horas.
Luego empecé a actuar con más naturalidad, no muy abiertamente, sino tanteando la situación; es decir, desde el primer momento me moví mucho, pero clandestino, y después, un poco más abiertamente. Creo que ayudó la idea del gobierno de crear un clima de garantía para todo el mundo.
Otra circunstancia difícil que sobrevino fue que ya no tenía más crédito; porque ante la situación nueva totalmente, no tenía nada que ofrecerle ni al bodeguero ni a nadie. Lo único que les podía decir era que esperaran para ver cuándo yo les podía pagar las deudas; pero no podía pedir más nada. Me quedé sin casa, sin dinero, sin crédito, sin nada, nada. Era la situación que vivía entonces.
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Primeras acciones e ideas de Fidel para enfrentar la dictadura
Katiuska Blanco. —Comandante, debió ser frustrante que el golpe de Estado de Batista pusiera fin al proceso político en marcha que abría perspectivas de cambio al futuro del país…
Fidel Castro. —Por supuesto, sentí angustia, mortificación, un gran disgusto. La estrategia revolucionaria estaba muy clara antes del 10 de marzo; pero el golpe no solo puso fin a un proceso político constitucional que abría perspectivas de cambios hacia el futuro, sino que hizo retroceder al país a una situación sin ley, sin Constitución; a un gobierno de facto, tiránico, reaccionario, contrarrevolucionario, corrompido; fue un regreso al pasado. Así que, inmediatamente después del 10 de marzo, había que olvidarse de cualquier estrategia anterior y trabajar, luchar.
En aquel momento, pensé que solo era concebible una estrategia de unión de todas las fuerzas para liquidar aquel cáncer, liquidar aquella situación anormal, y volver a la situación previa al 10 de marzo. Es decir, una vuelta al régimen constitucional, a la existencia de los partidos, al proceso político que todavía no había dado todo lo que podía dar de sí mismo; aquel proceso no estaba agotado y, desde mi punto de vista, era el camino hacia la revolución, para lo cual había elaborado una estrategia clara y precisa.
Katiuska Blanco. —Habría que volver atrás…
Fidel Castro. —Pensé que resultaba indispensable crear de nuevo las condiciones; me parecía que entonces nadie podía pensar en otra cosa, sino en liquidar aquel régimen de fuerza para rescatar la constitucionalidad y abrir camino a un proceso político; algo que era interés de todo el mundo. Yo veía en tal proceso el camino de la revolución.
Como estaban las condiciones en el país, no elaboré una estrategia; inmediatamente comencé a combatir. Primero a Batista; era un deber elemental, de oficio, por principio, denunciarlo, desenmascararlo, realizar toda la oposición contra el gobierno. Me dije: “Bueno, esto ha dejado de ser un proceso político y va a ser un proceso de lucha armada. Hay que derrotar a Batista”, y comencé, dentro del Partido Ortodoxo, a organizar, por ejemplo, células revolucionarias para la lucha armada contra Batista.
No tuve la más remota duda de que Batista solo podía ser desalojado de la misma forma en que había usurpado el poder, por la fuerza. Como conocía el personaje, los hechos, la historia de Cuba, pude ver con suficiente claridad que Batista había vuelto al poder para permanecer allí, él y su camarilla, indefinidamente, para saquear de nuevo el país. Por eso tuve total convicción de que a Batista había que derrocarlo revolucionariamente para volver a establecer la Constitución.
Pero no me puse a pensar que nosotros, el grupito nuestro, elaborara una estrategia propia para llevar a cabo una revolución, porque lo que yo había pensado en las condiciones anteriores ahora no procedía. Cuando comencé a organizar células revolucionarias en la juventud del Partido Ortodoxo, no lo hice para desconocer aquel partido o a sus líderes. Pensaba que dicho partido tenía más obligación que los demás, porque portaba una bandera, posiciones éticas, posiciones políticas honestas; no estaba corrompido, le arrebataron el poder, y creía que aquel partido, sus dirigentes y sus masas, desempeñarían un importante y decisivo rol en la lucha. Entonces, mientras no existía una dirección, una orientación, mientras los líderes no hacían nada, comencé a preparar cuadros, células de combate para llevar a cabo tal tarea, para que aquel partido estuviera en condiciones cuando los líderes decidieran iniciar la lucha.
Ellos conocían cuál era mi criterio, mi posición y mi disposición de lucha. Yo no guardé secreto al respecto. Tampoco fui tan tonto como para esperar a que me dieran instrucciones, o perder el tiempo. Empecé a trabajar inmediatamente dentro de tales premisas: quiero decir, que aquel partido lucharía, que todos los partidos lucharían y que no se podía perder un minuto. Había que empezar a organizar al partido porque no estaba preparado para enfrentar a Batista. Todavía confiaba en que sus líderes: Pardo Llada, Millo Ochoa, Agramonte y los demás, hasta los más débiles, los más flojos, por un elemental sentido del deber, del honor y la dignidad, empezarían a trabajar para hacer una revolución.
Y sucedió que, en lugar de ellos buscarme a mí, yo los buscaba a ellos para exhortarlos, estimularlos a trabajar, a luchar.
(…) Katiuska Blanco. —Comandante, pero puede decirse que en los primeros momentos primó el desconcierto general, ¿verdad? Sin embargo, siento que entre los ortodoxos más radicales surgió desde el inicio la idea de enfrentar a Batista por las armas. Recuerdo un testimonio del comandante Ramiro Valdés, desde el mismo día del golpe pensó que a Batista había que tumbarlo por la vía de las armas.
Fidel Castro. —En los primeros momentos de desconcierto general comencé a realizar actividades, como la firma de los manifiestos, el intento de publicar un periódico, denunciar continuamente. Fue en ese tiempo que conocí a Abel, a Montané, a Melba, pero sobre todo a Abel y a Montané.
Katiuska Blanco. —En un testimonio que guarda la Oficina de Asuntos Históricos, Montané recuerda que ustedes se conocieron el 1 de mayo de 1952, en el cementerio, en un acto de recordación de Carlos Rodríguez, al cumplirse un año de su asesinato por [Rafael Salas] Cañizares y [Rafael] Casals a quienes usted, por ese crimen, pedía 30 años de cárcel. Cuando terminó la conmemoración se quedaron conversando y muy pronto —narraba Montané— se estableció una animada y amigable charla alrededor de los acontecimientos políticos del país. Estuvieron de acuerdo en que algo había que hacer para combatir al régimen dictatorial de Batista. También se lamentaron de la inercia de algunos sectores de la llamada oposición que no presentaban un frente de combate. Concluyeron que se imponía la acción de la juventud ante tanta politiquería y vacilaciones. Decía que desde entonces usted despuntaba como el líder que organizaría al pueblo en su lucha a muerte contra la tiranía.
Fidel Castro. —Sí, recordaba que había sido en mayo. Abel y Montané se acercaron a mí e iniciamos un trabajo con la idea, desde luego, de la lucha armada contra Batista, y en el mismo objetivo que yo tenía de organizarnos bien para ese propósito —hasta entonces era, de hecho, una lucha común—. Por aquellos días intentamos sacar el periódico, pero cayó en manos de la policía y algunos integrantes del grupo fueron llevados prisioneros. Al periódico le habíamos dado el nombre de El Acusador.
Katiuska Blanco. —Usted los visitó en el Castillo del Príncipe. Entre los arrestados estaban Abel, Montané y Raúl Gómez García… ¿Su encarcelamiento marca un inicio de la persecución?
Fidel Castro. —Comenzamos a tener problemas. Además del periódico ocuparon la estación de radio por la que intentábamos trasmitir nuestros programas. La policía nos perseguía. En ocasiones ocurrió que personas que nos apoyaban, al ser detenidas, nos delataron porque se asustaron. Era muy grande el clima de terror. De modo que las primeras actividades, relacionadas fundamentalmente con la propaganda, fueron contrarrestadas por la policía. Fue una lección muy importante, aunque desde luego nos subestimaron, lo cual fue bueno.
Llegué rápidamente a la conclusión de que por relaciones de amistad o familia no se podía confiar en la gente, sino más bien por la convicción que cada individuo tuviera en la necesidad de la lucha. En dichas circunstancias se desarrolló mucho en mí la capacidad de apreciar las motivaciones de la gente para seleccionarla, una vez que comenzamos a trabajar. Entre los primeros se cuentan Abel, Montané y algunos otros compañeros que aparecieron.
Importancia de los métodos de conspiración y de una organización clandestina
La cuestión de los métodos de conspiración se volvió de suma importancia. Desplegamos métodos donde todo el trabajo estuvo protegido contra la posibilidad de una delación, de una traición. Comenzamos a utilizar rigurosos métodos, porque la situación era nueva, ninguno de nosotros había vivido bajo una dictadura militar como la de Batista, no teníamos viejas experiencias de conspiradores, ¡ninguna, se puede decir! Entonces, creo que era un problema a resolver, y creo que lo solucionamos bien: rigor en la selección fue lo que aplicamos estrictamente: disciplina, discreción.
Katiuska Blanco. —La primera persona a quien escuché hablar sobre los reclutamientos que usted hacía fue al comandante Ramiro Valdés, quien nunca olvida la primera entrevista en Prado N.o 109 a la que asistió con José Suárez Blanco; luego Pastorita también narró vivencias de esa etapa.
Fidel Castro. —Empecé reclutando personalmente a los primeros; luego, entre los compañeros que integraban el grupo inicial, alistamos a todos los demás. Íbamos seleccionando cuadros: uno aquí, otro allá, gente que íbamos conociendo por sus condiciones, elegidos de la cantera ortodoxa, gente humilde, trabajadora, y que sentían indignación realmente con lo hecho por Batista. Si captábamos a un jefe de célula, él tenía después la responsabilidad de seleccionar a un grupo de cinco, seis, siete; varios de ellos salieron jefes de células.
Se creaba una célula bajo ciertas premisas: quiénes podían ser, cómo seleccionarlos, todo eso, de forma muy rigurosa; gente que no estuviera en otras organizaciones, que no fuera conocida. Yo sí me reunía después, una por una, con cada célula, y hablaba con cada movilizado.
Reclutábamos a la gente sobre la base de que estuviera dispuesta a luchar contra el gobierno de facto que, en aquel momento, prácticamente no era un delito. Batista menospreciaba a sus adversarios; a nosotros, como no teníamos ningún recurso económico, nos menospreciaba más. Puede decirse que él y su policía y todos ellos subestimaban totalmente a los revolucionarios.
Pero yo iba evaluando, conversando y viendo las motivaciones, una por una, de cada una de la gente, y así decíamos: «Bueno, esta célula, esta otra…». Y después, el siguiente paso era que los entrenábamos, pero en la Universidad, en seco, en frío, sin disparar.
Empezamos con este pequeño núcleo de cinco o seis; pero yo era conocido, muchos jóvenes sabían cuál era mi actitud, tenían esperanzas, confiaban en mí. Percibí que la gente estaba desesperada, quería luchar y como los líderes del partido no hacían nada o muy poco, aquellos muchachos eran muy receptivos a alguien que los organizara bien para la lucha.
Claro, existían otros grupos, el mismo partido; algunos líderes, otros jóvenes, creaban sus agrupaciones, eran más bien líderes oficiales. Pero yo empecé a trabajar con la masa anónima completamente. Ninguna de la gente con las que iniciábamos la labor era conocida.
Transcurrieron los primeros cinco meses de este proceso de gradual maduración. El 16 de agosto (de 1952), día del primer aniversario de la muerte de Chibás, ya estaba hablando otro lenguaje. Vi que los líderes no hacían nada y aunque todavía estaba pensando en la lucha unida de todos, comencé a reclamar que el Partido Ortodoxo desempeñara un papel fundamental en la lucha. Así, cuando volviera la situación constitucional, este partido tendría una fuerza nueva, diferente, para la idea de llevar a cabo la revolución ulterior.
Katiuska Blanco. —Por eso es que el día 16 de agosto, en el aniversario de la muerte de Chibás, usted hace un llamado a los dirigentes del partido. Le voy a leer lo que escribió entonces en su artículo “Recuento crítico del PPC”, publicado en el tercero y último número de El Acusador:
“El momento es revolucionario y no político. La política es la consagración del oportunismo de los que tienen medios y recursos. La revolución abre paso al mérito verdadero, a los que tienen valor e ideal sincero, a los que ponen el pecho descubierto y toman en la mano el estandarte. A un partido revolucionario debe corresponder una dirigencia revolucionaria, joven y de origen popular que salve a Cuba”.
Fidel Castro. —Ya estaba desafiando un poco a la dirección que no actuaba. No era que hubiera roto con ella, la estaba presionando, le exigía que luchara. Pero el 16 de agosto no habían hecho nada, habían perdido cinco meses, ¡más de cinco meses! Entonces comencé a utilizar dicho lenguaje.
El grupo de jóvenes anónimos con los que inicié tal trabajo tenía confianza en mí. Y así, a partir de cero y con algunos amigos, comenzamos el trabajo. Yo diría que de los 1200 jóvenes que llegaron a integrar el movimiento, conocía solo a 20 o 30, muy pocos, entre ellos Gildo Fleitas, Raúl de Aguiar, Ñico López; al resto, no los conocía. Es decir, que la gente era totalmente nueva y procedían de las filas del Partido del Pueblo; era juventud humilde, que no tenía todavía una conciencia de clase, una conciencia socialista o marxista, pero culpaba al gobierno de todos los robos, las inmoralidades; gente rebelde que sentía odio hacia Batista, por lo que significaba; gente imbuida de una ética. En sí, yo trabajé dentro de ese marco, con Abel, Montané y los que fuimos conociendo después.
Buscaba gente joven que no fuera conocida; que no fueran líderes, ni cuadros, gente de fila, la más honesta que existía, espontánea y sana.
También trabajé siempre con personas de similares cualidades cuando aspiré a representante, cuando tenía las 8000 direcciones de los contribuyentes. Todo mi trabajo era con los espontáneos, con quienes no aspiraban a nada, no buscaban nada y eran capaces de luchar. Comprendía el estado anímico de la masa, de todo el pueblo y de aquella muchedumbre joven: se entremezclaban irritación, frustración, amargura.
Emprendí el camino sin contar con la dirección del partido ni con la Universidad, no se podía contar con ella, no se podía contar con nadie allí, no tenía más que enemigos y, en todo caso, alguna gente me miraba —los auténticos— como culpable del golpe, y los estudiantes con grandes celos de que alguien les fuera a arrebatar su revolución.
En verdad, la Universidad adquirió mucho prestigio y además fue inmune, la policía no entraba, se convirtió en centro de reunión de todo el mundo. Yo no la usaba, porque tal método no era bien visto; pero bueno, cuando empezamos a reclutar y a organizar gente, ya para entonces en la Universidad jugaban un poco a la revolución —jugando sin saber, no de mala fe—, mientras llegaba «la tremenda», como le decían a la hora definitiva, la gran revolución, que se suponía harían los políticos, los líderes, los partidos o los propios estudiantes universitarios.
Finalmente, no sé cómo se consiguieron un fusil Springfield, una ametralladora Thompson y una carabina M1, que estaban en el Salón de los Mártires de la Universidad. En tales días conocí a Pedrito Miret, quien nos apoyó para entrenar a la gente. Aquellos muchachos no habían visto nunca un fusil, no sabían manejar un arma. A través de distintos compañeros fui mandando gente a la Universidad porque allí entrenaban a todo el que iba. Existían muchas organizaciones y la FEU era reconocida. Alguna gente como Abel, Montané, Ñico, iban con una célula y les enseñaban a manejar el Springfield, el M1… Eso era en la propia Universidad, que tenía autonomía, porque Batista, vestido de cordero, queriendo dar una imagen de hombre no represivo y de político responsable, todavía no había invadido la Universidad ni tenía necesidad de hacerlo, porque era un centro de agitación, pero de ahí no pasaba a más.
Fue un campo de entrenamiento lo que montaron en el Salón de los Mártires, allí enseñaban a manipular un fusil a todo el que quisiera.
Los grupitos empezaron a adquirir prestigio: Abel, Montané, Ñico, todos los que yo mandaba, porque eran muy serios. Llevaban gente joven, que no eran comecandelas, habladores, sino gente disciplinada, más bien parca. Aquello crecía y Pedrito fungía de instructor, posiblemente sin saber que todos ellos tenían relaciones conmigo. Sí recuerdo que, en un momento dado, más que reclutar, conquistamos a Pedrito.
(…) Al ganarnos a Pedrito, nuestro jefe de instrucción —uno solo en la Universidad—, se abrió la válvula del movimiento nuestro; pasamos por allí a 1200 hombres, no sé en cuántos meses, puede haber sido en menos de seis meses. Claro, íbamos seleccionando quién tenía más interés, más habilidad y más condiciones.
Todos los líderes universitarios que no querían que yo fuera por la Universidad por problemas de celos ni siquiera imaginaban que les había pasado y entrenado 1200 hombres por allí, y mucho menos que ya teníamos creado un movimiento. Los únicos que hicieron un uso sistemático y correcto de tales posibilidades fuimos nosotros. Si Pedrito tenía alumnos era porque nosotros se los mandábamos. La Universidad creía que tenía un ejército, porque allí entrenaban 20, 30 o 40 hombres por día con regularidad, sin que yo apareciera por ninguna parte.
Avances del proyecto, formación política y situación personal
En aquellos tiempos, no teníamos armas, y yo, ¿dónde trabajaba fundamentalmente? Ya me encontraba un poco más legalizado y me había convertido en un cuadro profesional, por primera vez fui un cuadro profesional de la Revolución. Era sostenido por Montané y por Abel. Montané tenía algún dinerito guardado por ser bastante ahorrativo, 2000 pesos, algo así; Abel ganaba un buen sueldo, los dos disponían de un buen salario. Ellos, dentro de sus posibilidades, me ayudaron: sacaron el carro de los problemas, siguieron pagando la letra, el alquiler de la casa y la comida.
Era un paria, no tenía casa; entonces la señora del Partido Ortodoxo que me ayudó a raíz del golpe, me prestó por un tiempito una casa en Guanabo. No recuerdo exactamente en qué mes fue, ya estábamos en plena organización, porque entre junio y julio, Abel, Montané y yo, y creo que Ñico también, teníamos círculos de estudios marxistas. Imbuido de las ideas marxistasleninistas, desde antes del 10 de marzo, a alguna gente como Ñico, Montané, Abel y otros compañeros, les venía hablando de esto a menudo, les formaba así una conciencia. Ellos eran terreno muy fértil, y les fui trasmitiendo mis ideas, las ideas revolucionarias, las ideas socialistas, las ideas marxistas leninistas.
Cuando entré en contacto con Abel y los demás, les expliqué lo que era la sociedad, los problemas, cuáles eran sus causas fundamentales, las clases, la explotación de que eran víctimas los obreros; todo el bagaje que tenía y traía conmigo desde hacía tiempo. Como ya trabajábamos en la conspiración, en la lucha, me franqueé con ellos. Rápidamente Ñico, Montané y Abel se convirtieron a la misma idea. Claro, se trataba de un núcleo muy pequeño. Sabía a quiénes les podía hablar así. Algunos compañeros sentían mayores preocupaciones políticas e ideológicas; otros eran más bien hombres de acción, que querían luchar y ansiaban la acción; confiaban pero no se preocupaban mucho de la cuestión política, ideológica; para ellos la lucha era para derrocar a Batista.
En Guanabo hicimos algunos círculos de estudio y recuerdo que uno de los libros que utilizamos —en un esfuerzo para introducir la historia de Marx, su vida y pensamiento—, fue la biografía [Carlos Marx y los primeros tiempos de la Internacional] escrita por Franz Mehring, bastante conocida.
Desde mucho antes —como ya señalé—, adquiría libros en la librería del Partido Socialista Popular en la calle Carlos III. Contaban con muchas ediciones de las obras de Marx, Engels y Lenin impresas en Moscú, en lengua española. No sé cómo las conseguirían, pero hacía mucho tiempo me proveía allí. Como tenía buenas relaciones con ellos, aunque no era un miembro del partido, gustosamente me facilitaban libros y me daban crédito para comprarlos. Creo que Carlos Rafael [Rodríguez] era quien tenía que ver con eso. Como yo vivía del crédito en aquel período —tenía créditos en la tienda, en la carnicería, en el garaje, en todas partes—, para no variar tenía crédito también en la librería. Me suministraban títulos de todas clases, y luego se los prestaba a Abel, a Montané, a Ñico. Las ideas revolucionarias, socialistas, marxistas, caían en la mente de dichos compañeros como una llama en pólvora seca.
En un período de mi vida en que empecé a persuadir a mucha gente de estas ideas, pude darme cuenta de que no hacía falta mucho tiempo para convertir en comunista a un hombre honrado. Este grupo pequeño, y muchos con los que hablé, se convirtieron en excelentes revolucionarios casi súbitamente. En la situación que vivía nuestro país, las ideas eran tan fuertes, tan lógicas, tan atractivas, que apenas les daba una explicación a los compañeros del panorama, de los conceptos, y enseguida se convertían.
Cuando se produjo el ataque al Moncada, el Ejército ocupó una serie de libros de Marx, Engels, Lenin, sobre todo, muchos de Lenin. Sus escritos esenciales, los que figuraban en los volúmenes de Obras Escogidas en dos tomos, los habíamos estudiado; El imperialismo, fase superior del capitalismo. Había otro muy de moda: ¿Qué hacer? Porque mucha gente pensaba que en el libro de Lenin iba a encontrar la fórmula de ¿qué hacer? No era la colección completa porque en aquella época no me habrían dado crédito para una colección tan grande, solo para una docena de libros más o menos.
Casi desde el momento en que conocí a Abel y a Montané, ya tenía la fiebre aquella y lo menos que podía hacer era trasmitirla, aunque no se planteaba de inmediato hacer una revolución. Para nosotros la revolución era el socialismo, para mí lo era desde hacía bastante tiempo, pero entonces creo que trabajamos con la fiebre con que trabaja un verdadero revolucionario, pensando en una transformación total de la sociedad.
(…) Pero allá en Guanabo me ocurrió algo muy curioso, algo que no se me olvida. Resulta que Abel y Montané me ayudaban económicamente, me garantizaban lo fundamental, pero necesitaba siempre algún extra. Yo le había solicitado crédito a un árabe dueño de un comercio que me suministraba algunos víveres, y no tenía dinero para pagarle antes de irme de allí. No sabía qué hacer, me avergonzaba no poder cumplir pues él había confiado en mí. Por fin fui a verlo y le dije: “Mire, me tengo que ir, me voy a mudar de aquí, le debo a usted tanto y no tengo dinero para pagárselo ahora. Me da mucha pena”. El hombre me respondió: “¿Y usted necesita algún dinero, necesita algo más? ¿Dígame qué necesita?”. Fue un gesto increíble. Aquel árabe fue el comerciante más noble que he conocido.
Algún tiempo después —lo anterior había sido en 1952—, cuando salí de la prisión, en mayo de 1955, pensé: “Tengo que ver a alguien, tengo que saludar a alguien y tengo que darle las gracias a alguien”, y fui allí a Guanabo donde estaba el comerciante árabe, a saludarlo y decirle: “Mire, todavía no le puedo pagar, pero vengo a darle las gracias otra vez”. Apenas salí de la cárcel pensé que tenía que ir sin falta a verlo para agradecerle su gesto una vez más.
Katiuska Blanco. —Comandante, el comerciante que recuerda tan nítidamente se llamaba Ángel Chaljup Barquet, le decían el Turco, pero era libanés de nacimiento. Su bodega estaba en la esquina de la casa donde usted se alojó en Guanabo, en la bifurcación de las calles 5.a y 480. La vivienda de Blanquita se ubicaba en la misma calle 5.a, pero entre 478 y 480. Según la viuda del Turco, Altagracia Cala, a quien todos llamaban Gazita, usted fue a visitarlos cuando salió de la cárcel porque les debía 50 pesos. Ella decía que su esposo le pidió a usted que se olvidara de aquel asunto.
(…) Fidel Castro. —Recuerdo como si fuera hoy que en cuanto salí de la cárcel fui a verlo para agradecerle su gesto una vez más.
Al marcharme de la casa de Blanquita en Guanabo fui a vivir al hotel Andino, frente a la Universidad. Creo que a crédito también, alquilé una habitación como en el cuarto o quinto piso. Fue en pleno verano de 1952. Vivíamos Myrta, Fidelito y yo en un cuartito donde hacía mucho calor; recuerdo que en la despensa solo tenía un queso Roquefort. Aunque de mi casa ya no recibía ayuda económica, yo conservaba la amistad con unos comerciantes almacenistas de La Habana Vieja, suministradores de las tiendas de Birán. Ellos mantenían buenas relaciones con mi padre y yo podía ir alguna que otra vez allí y adquirir algún vino, también vendían quesos importados. El caso es que en ese verano conseguí un poco de vino español y un maloliente queso Roquefort que puse sobre una gaveta. Al menos eso tenía.
(…) Fidel Castro. —Tuvimos algunos incidentes mínimos con la policía. A Abel y a mí nos arrestaron, según se ha podido precisar, el 8 de septiembre del 52. Nos llevaron al Buró de Investigaciones y nos tuvieron un día; «comprobaron» que no llevábamos armas y nos soltaron. Siguieron subestimándonos. Diría que se trató de una medida de hostigamiento contra nosotros.
Aquel año (1952) tuvieron lugar una serie de acontecimientos. Recuerdo que fui por la Universidad muy discretamente, con motivo del 27 de noviembre, porque, por lo general, no hacía acto de presencia por allí. No tuve que emplear la Universidad porque trabajé desde Prado 109. Me reunía con los compañeros en el local del fondo, un lugar muy discreto, y les explicaba lo que hacía falta; de allí se los mandábamos a Pedrito. No existían listas, llevábamos todos los datos en la memoria. El Movimiento iba creciendo rápidamente.
Continuará…





