Por Rafael Hidalgo
En esta primera entrevista exclusiva del BLOG AMÉRICA, que será publicada en dos entregas, Rafael Hidalgo dialoga con el destacado teólogo brasileño, Frei Betto, quien reflexiona sobre las causas y objetivos de la extrema agresividad de Trump. Razona acerca de la naturaleza violenta de un imperio en decadencia, que busca reajustarse y sobrevivir. Identifica las implicaciones para la América Latina y el Caribe de tales políticas, y propone algunas alternativas concretas de lucha frente a la nueva embestida monroísta de la Casa Blanca.
Carlos Alberto Libânio Christo (1944), más conocido como Frei Betto, asumió la política como sentido de su vida desde la adolescencia, siempre a favor de las causas justas; escritor con más de 70 libros en su haber creativo; filósofo y teólogo de la liberación de reconocida trayectoria, y fraile dominico que practica la lealtad a sus ideas y a la amistad de un modo que debería ser más extendido en este convulso mundo de hoy. Estos y otros rasgos suyos que podrían subrayarse, ayudan a comprender por qué Fidel Castro le consideró un amigo y un interlocutor culto y honesto al que era importante escuchar.
Rafael Hidalgo (RH): Querido Betto, gracias por brindarnos esta primera entrevista del BLOG AMÉRICA. Basta una ojeada rápida a la realidad internacional actual para advertir que el orden internacional surgido tras la Segunda Guerra Mundial está en crisis y transita, al parecer de forma ineluctable, hacia un multilateralismo que la Casa Blanca ya no está en condiciones de detener como proceso histórico.
¿Cómo analizas este proceso en la actual coyuntura mundial, a partir de las contradicciones intrínsecas del “modelo” capitalista de concentración de la propiedad, la riqueza y el poder político?
Frei Betto (FB): La contradicción es la esencia del capitalismo: se presenta como democrático, pero excluye a la mayoría del pueblo de los beneficiose económicos; presume de cristiano, pero contradice todos los principios del Evangelio; pregona la paz, pero promueve la guerra; dice que defiende los derechos humanos, pero explota a los trabajadores y excluye a los migrantes, los desempleados, las mujeres, los negros, los homosexuales y los indígenas.
Ante esta contradicción, marcada por la desigualdad social, el capitalismo encubre su privatización de los bienes materiales socializando los bienes simbólicos: ¡esa es su fortaleza! Con su poderosa maquinaria ideológica –los medios de comunicación, las herramientas digitales, la cultura, la enseñanza, etc.—convence al oprimido de que él también puede convertirse en opresor: basta con subir unos pasos por la escala social, convertirse en emprendedor, mirarse en el espejo de la clase dominante. El oprimido aprende que la persona no tiene valor social por sí misma, sino por los bienes que posee. Cuanto más rica, más valorada. Y cuando el oprimido sube uno o dos escalones, trata de impedir que suban quienes están debajo, porque sabe que la riqueza es resultado de la concentración de la renta, y no de su socialización.
El capitalismo tiene siete vidas como el gato. A pesar de sus contradicciones, no da señales de agonizar. Su poderío ideológico crea en la conciencia del oprimido la convicción de que todos pueden subir en la escala social, basta con poner empeño, mientras asume que compartir los bienes o la riqueza es aceptar la pérdida de la identidad propia y correr el riesgo de resbalar y caer en el “abominable mundo de los empobrecidos”.
RH: Si aplicamos la lógica analítica del sociólogo estadounidense William Robinson, deberíamos considerar a las élites que controlan el poder real y formal en los EE.UU. como el núcleo todavía hegemónico del capitalismo transnacional.
¿Cómo ubicas y analizas, desde esta perspectiva, el desempeño de la administración republicana, marcada por el “estilo Trump”, como factor disolvente del orden internacional de postguerra? ¿Hacia dónde podría llevar a la humanidad su tentativa de recuperar capacidad de dominación e influencia por medio del empleo de la fuerza militar y de otras formas de coerción? ¿Dónde aprecias los límites de su actuación externa a nivel global?
FB: Desde la perspectiva del orden internacional de la segunda posguerra (1945…), pautado por instituciones como la ONU, el FMI, el Banco Mundial, y por alianzas como la OTAN, el llamado “estilo Trump” representa un abandono explícito del multilateralismo liberal que los Estados Unidos ayudaron a construir. La administración Trump (2017-2021) adoptó la consigna de “los Estados Unidos primero”, y se retiró de tratados (el acuerdo nuclear con Irán, el acuerdo de París sobre el clima), cuestionó a la OTAN, impuso aranceles unilaterales y se retiró de la OMS y la UNESCO. Esa línea no fue una simple “revisión” de su política exterior, sino un ataque deliberado a los pilares de la cooperación internacional basada en reglas.
El elemento disolvente más grave fue la normalización de la coerción económica y militar como herramientas privilegiadas de negociación, en detrimento de la diplomacia y la construcción de consensos. El intento de recuperar la capacidad de dominación e influencia de los Estados Unidos, no mediante un liderazgo ejemplar, sino por medio de la fuerza bruta (o la amenaza de su empleo) revierte la lógica de que —a pesar de todas las críticas al imperialismo estadounidense— al menos legitimaba el orden, debido a que proporcionaba bienes públicos (seguridad marítima, estabilidad financiera, etc.).
La apuesta por el empleo de la fuerza militar y otras formas de coerción (sanciones secundarias, chantaje tecnológico, manipulación de cadenas productivas) puede conducir a tres escenarios interrelacionados:
1) Fragmentación geopolítica acelerada: China, Rusia, la Unión Europea y otros actores medios comienzan a prepararse para un mundo sin una hegemonía confiable, buscando la autosuficiencia en los terrenos de la defensa, la tecnología y las finanzas. Aumenta el riesgo de “guerras proxy”, así como de conflictos regionales que el sistema de la ONU no logra contener.
2) Normalización de la anarquía coercitiva. Si la mayor potencia militar del mundo da muestras de que impera el “derecho de la fuerza”, los Estados menores y los actores no estatales se sienten autorizados a emplear la fuerza para resolver disputas. Un ejemplo es el genocidio llevado a cabo por Israel en Gaza, facilitado por un ambiente en el que las garantías de la seguridad multilateral ya habían sido corroídas.
3) La erosión del derecho internacional humanitario. El desprecio por los tratados y los tribunales internacionales incentiva las violaciones de derechos humanos, la tortura, la prisión arbitraria, el uso de armas controversiales, lo que aumenta el sufrimiento en las zonas de conflicto.
A pesar de la retórica diluente y la coerción, hay límites claros para una administración republicana “estilo Trump”. Aunque poderosos, los Estados Unidos ya no son la única potencia industrial del mundo. Amenazar con sanciones y aranceles a todos (China, Europa, México, Canadá) provocaría respuestas simétricas y lesionaría la economía norteamericana (inflación, pérdida de mercados para la agricultura y las empresas tecnológicas). El dólar sigue siendo hegemónico, pero abusar de su posición para usarlo como un arma aceleraría la creación de sistemas de pago alternativos (por ejemplo, monedas digitales de bancos centrales, acuerdos China-Rusia, etc.).
No obstante contar con el mayor presupuesto de defensa del mundo, los Estados Unidos no pueden librar guerras simultáneas contra grandes potencias (China, Rusia) sin costos insostenibles. La experiencia en Afganistán, Iraq y ahora Irán pone de manifiesto que la fuerza militar bruta no construye órdenes estables. Además, las alianzas como la OTAN dependen de la confianza mutua; las amenazas de abandonar a los aliados europeos acabarán por inducir a Europa a desarrollar su propia capacidad defensiva y reducir la influencia norteamericana.

El “estilo Trump” quema capital de confianza. Países como Alemania, Francia, Japón, Corea del Sur y otros aliados tradicionales comienzan a dudar de los compromisos de la Casa Blanca. En foros como la ONU, los Estados Unidos se ven aislados en votaciones (como las realizadas sobre las embajadas en Jerusalén, el clima, las sanciones a Cuba). Sin legitimidad moral, la capacidad de formar coaliciones para enfrentar amenazas reales (pandemias, terrorismo, cambio climático) disminuye drásticamente.
El orden de posguerra no es solo un conjunto de acuerdos; es también una red de interdependencias. Tratar de dominar por la coerción ignorando esa red genera costos enormes. Por ejemplo, querer excluir a China de las cadenas de suministro tecnológico, pero depender, a la vez, de tierras raras y fármacos chinos; querer renegociar acuerdos comerciales, pero ver rotas las cadenas de valor, lo que afecta el empleo en los Estados Unidos.
El intento de recuperar el dominio por medio de la fuerza, típico del “estilo Trump”, es un retroceso a la lógica del poder bruto del siglo XIX, incompatible con un mundo nuclear e hiperconectado. A corto plazo, genera caos y sufrimiento. A largo plazo, probablemente fracasará en su empeño de restaurar una hegemonía estable, porque en el sistema internacional contemporáneo la cooperación y la legitimidad siguen siendo recursos de poder tan importantes como los portaviones y los aranceles. Los límites se impondrán no por la bondad de los actores, sino por puro cálculo de costo-beneficio y por la resistencia de otros Estados y sociedades.
Si la humanidad quiere evitar un camino degradante, tendrá que reconstruir un multilateralismo reformado, pero funcional, en el que hasta las potencias insatisfechas encuentren canales de negociación que no sean la amenaza permanente del uso de la fuerza. De ahí la importancia del siguiente punto en el cual Lula siempre insiste: es necesario renovar la ONU, en especial su Consejo de Seguridad, y formular un nuevo diseño para la gobernanza global.
Continuará…




