Por José Reinaldo Carvalho: Periodista, miembro del Comité Central del Partido Comunista de Brasil (PCdoB) y presidente de Cebrapaz (Centro Brasileño de Solidaridad con los Pueblos y Lucha por la Paz)
La victoria de Lula consagra la fuerza del pueblo, la democracia y la soberanía nacional
La reelección derrota a la extrema derecha
y fortalece la lucha popular por la democracia,
los derechos sociales y la soberanía nacional
La reelección del presidente Luiz Inácio Lula da Silva (PT), el 25 de octubre, representa una victoria contundente del pueblo brasileño y de las fuerzas progresistas. La derrota de la extrema derecha renueva la esperanza de nuevos cambios de signo progresista y da un nuevo impulso a la lucha por la democracia, los derechos sociales y la soberanía nacional. Lula recibió 64.256.232 votos, equivalentes al 51,79 % de los votos válidos, frente a los 59.826.041 votos del senador Flávio Bolsonaro (PL), que obtuvo el 48,21 %.
La dimensión de esta conquista radica en su significado político y en la extraordinaria capacidad de reacción entre las dos vueltas. Después de concluir la primera etapa por detrás de su adversario, Lula amplió sus apoyos y transformó una desventaja superior a 2,2 millones de votos en una victoria por más de 4,4 millones. Una contienda adversa dio paso a una remontada histórica que renovó, por voluntad de las urnas, el mandato de un proyecto comprometido con la inclusión social.
Esta remontada reafirma una lección decisiva: la fuerza popular es capaz de enfrentar y derrotar a la extrema derecha. La primera vuelta impuso dificultades reales al campo progresista, pero la adversidad no sofocó su disposición a luchar. La conquista de la mayoría exigió movilización, persuasión, ampliación de alianzas y razones concretas para defender la continuidad del gobierno. La esperanza cobró fuerza en la acción política y encontró su expresión en la victoria.
El protagonismo de esta conquista pertenece a los millones de brasileños que decidieron el rumbo del país en las urnas. El liderazgo de Lula fue fundamental, pero su fuerza se materializa en el encuentro con la voluntad colectiva que sostiene un mandato democrático. El pueblo es el fundamento del poder legítimo. El voto popular autoriza el ejercicio del gobierno y levanta una barrera frente a cualquier pretensión de imponer intereses por encima de la voluntad de la mayoría.
La lucha en defensa de la soberanía nacional ocupa el corazón de esta victoria. Defender un Brasil soberano significa garantizar al país la capacidad de definir sus prioridades económicas, proteger sus riquezas y conducir unas relaciones internacionales orientadas por el interés de su población. Significa afirmar la autonomía nacional para invertir en desarrollo, ciencia, industria y servicios públicos. Significa enfrentar a un imperialismo ávido de usurpar nuestras riquezas e incorporar a Brasil a sus delirantes planes de hegemonía mundial mediante el armamentismo y la guerra. Un pueblo que decide su futuro necesita un país capaz de sostener sus propias decisiones. Durante la campaña electoral, el pueblo se impregnó de un profundo patriotismo que estalló en el coro vibrante y unánime del Himno de la Independencia durante la celebración de la victoria: «¡Valiente pueblo brasileño, lejos vaya el temor servil: o queda libre la patria o morimos por Brasil!».
La defensa de la democracia también estuvo en el centro de la campaña victoriosa. Esta se fortalece con la participación política, el respeto al voto y el derecho de la población a decidir su propio destino. La derrota electoral de la extrema derecha reafirma que el futuro brasileño debe construirse dentro de las reglas democráticas, con reconocimiento de la legitimidad de los adversarios y respeto a las instituciones democráticas. Defender esta conquista exige una participación permanente y firmeza ante cualquier embestida de la extrema derecha.
La lucha democrática y por la soberanía es inseparable de la cuestión social. Para quienes viven de un salario, buscan empleo, dependen de la escuela pública y necesitan atención sanitaria, cada decisión política tiene consecuencias concretas. Mejorar el salario mínimo, fortalecer la protección social y ampliar las inversiones públicas significa defender la comida en la mesa, la vivienda y el futuro de millones de familias. Es en esa vida cotidiana donde los compromisos de un gobierno deben materializarse.
La victoria progresista adquiere profundidad en ese vínculo entre la libertad política y las condiciones materiales de vida. Una democracia fuerte debe garantizar instrumentos de participación y oportunidades reales para que todas las personas vivan con dignidad. Combatir el hambre, la desigualdad y la exclusión es ampliar la propia ciudadanía. La libertad se fortalece cuando el pueblo conquista las condiciones necesarias para ejercer sus derechos y hacer oír su voz.
Desde esta perspectiva, el resultado electoral da un nuevo aliento a un proyecto que une desarrollo y progreso social. Corresponde al Estado crear oportunidades, enfrentar las desigualdades y proteger los derechos. La legitimidad renovada en las urnas ofrece al gobierno fuerza política para avanzar en estos objetivos y aumenta su responsabilidad de ofrecer resultados. La energía de la victoria debe convertirse en logros a la altura de las necesidades y de la esperanza popular.
Los votos obtenidos por Flávio Bolsonaro, por otro lado, demuestran que la extrema derecha constituye un polo político considerable que debe ser aislado y derrotado. Su fracaso en la elección presidencial no pone fin a la polarización ni disuelve los conflictos que atraviesan Brasil. Esta realidad exige del campo progresista organización, presencia cotidiana y un vínculo permanente con la sociedad. Será necesario comprender los motivos de descontento, disputar ideas y responder a las necesidades concretas de la población con trabajo político y capacidad de transformación.
La celebración conlleva, por lo tanto, una responsabilidad de la misma magnitud que la conquista. Al nuevo mandato se le exigirán resultados en la generación de empleo, la lucha contra las desigualdades y la transformación del apoyo electoral en mejoras efectivas de las condiciones de vida. Gobernar para el conjunto de la población exige diálogo, iniciativa y firmeza en los compromisos que dieron sentido a la victoria. Honrar la confianza recibida significa hacer avanzar los derechos del pueblo.
La reelección de Lula consagra la capacidad de reacción de un pueblo que, ante una contienda difícil, reunió fuerzas y afirmó su derecho a decidir su propio futuro. Es una conquista histórica del campo progresista y una poderosa renovación de la esperanza democrática. Su expresión más profunda está en los millones de brasileños que hicieron del voto una afirmación de derechos, justicia social y soberanía. De esa voluntad colectiva nace la fuerza para sostener el presente y conquistar el futuro.
La reelección del presidente Lula asesta un golpe certero al bolsonarismo, una corriente política que amalgama el reaccionarismo con la disposición a subordinar los intereses nacionales. La victoria abre una nueva etapa y convoca al campo popular a mantener viva su capacidad de organización y lucha. La esperanza que venció en las urnas debe seguir presente en las calles, en los lugares de trabajo, en las escuelas y en cada espacio de participación política. Con unidad, conciencia y movilización, nuevas luchas podrán abrir camino a victorias aún mayores de la democracia, el progreso social y la independencia nacional.
La reelección de Lula representa también una derrota del bolsonarismo como corriente trumpista, además de antidemocrática y antisocial, y supone un obstáculo considerable para la ofensiva del imperialismo estadounidense en América Latina y el Caribe.
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El bolsonarismo se somete al trumpismo
El bolsonarismo construyó una orientación internacional reaccionaria que combina el alineamiento con el trumpismo, la articulación con la extrema derecha mundial y la hostilidad hacia los países socialistas. Esta orientación estuvo presente en las decisiones del gobierno de Jair Bolsonaro y en las iniciativas de sus aliados durante el tercer mandato del presidente Luiz Inácio Lula da Silva (PT), principalmente las de sus dos hijos, Flávio y Eduardo Bolsonaro: el primero, el mencionado candidato a la Presidencia de la República; el segundo, condenado a prisión por la justicia brasileña y convertido en prófugo refugiado en Estados Unidos.
Un episodio reciente pone de manifiesto la concepción bolsonarista. En un discurso en la Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC), en Estados Unidos, el 28 de marzo de 2026, el senador Flávio Bolsonaro (PL-RJ) prometió construir una «alianza conservadora más fuerte de la historia del hemisferio occidental». La formulación presenta la inserción internacional de Brasil como parte de una coalición ideológica encabezada por la derecha estadounidense.
El carácter reaccionario de esta orientación se manifiesta en la defensa de una restauración política y cultural: recuperar un orden identificado con los «valores tradicionales», combatir las agendas progresistas y tratar a la izquierda y a los países socialistas como una amenaza para la civilización. En política exterior, esta concepción favorece la división del mundo entre aliados ideológicos y enemigos, reduciendo el espacio de una diplomacia orientada por la convivencia entre gobiernos diferentes y por la autonomía de las decisiones brasileñas.
Durante la presidencia de Jair Bolsonaro, entre 2019 y 2022, la afinidad con Donald Trump se expresó en decisiones concretas. En 2019, Brasil eximió de visado a los turistas estadounidenses sin recibir reciprocidad. También aceptó comenzar a renunciar al trato especial y diferenciado en las negociaciones de la Organización Mundial del Comercio, en el contexto de la búsqueda del respaldo de Washington al ingreso de Brasil en la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos.
El gobierno defendió estas medidas como instrumentos de apertura económica y acercamiento estratégico. Revelaban la disposición a hacer concesiones para estrechar vínculos con Washington, sin que los beneficios fueran necesariamente equivalentes o inmediatos.
Desde esta perspectiva, los organismos multilaterales y las agendas internacionales pasaron a interpretarse en función de su supuesta vinculación con un proyecto ideológico adversario. La nueva política exterior bolsonarista estaba marcada por una orientación de alineamiento automático con el gobierno de Trump.
Cuba y China: el anticomunismo como orientación
Una de las demostraciones más claras de este giro ocurrió en noviembre de 2019, cuando Brasil votó en contra de la resolución de la Asamblea General de la ONU que pedía el fin del bloqueo económico, comercial y financiero de Estados Unidos contra Cuba. El país acompañó a Estados Unidos e Israel, rompiendo con su posición anterior sobre el tema.
El gobierno brasileño se posicionó en contra de una resolución que cuestionaba las medidas de coerción económica aplicadas por Washington. El episodio evidencia cómo el anticomunismo orientó una decisión diplomática favorable a la presión sobre un país socialista.
China también fue blanco de los ataques del bolsonarismo. En marzo de 2020, Eduardo Bolsonaro, entonces diputado federal, responsabilizó al gobierno chino de la propagación de la covid-19 y escribió: «La culpa es de China y la libertad sería la solución». La declaración provocó una reacción diplomática china.
La hostilidad ideológica encontró límites materiales. China siguió siendo el principal socio comercial de Brasil y el gobierno de Bolsonaro no tuvo la fuerza necesaria para romper las relaciones bilaterales. Esta contradicción es fundamental: el discurso anticomunista convivió con los intereses de exportadores, empresas y sectores del propio gobierno favorables a preservar los negocios.
La Revolución Bolivariana venezolana también fue blanco de hostilidades. En enero de 2019, Bolsonaro reconoció a Juan Guaidó como presidente interino de Venezuela, acompañando a Estados Unidos y a otros gobiernos de la región en la ofensiva contra el presidente legítimo y constitucional, el revolucionario Nicolás Maduro.
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Una red internacional organizada
La conexión con la extrema derecha mundial se construyó de manera deliberada. En febrero de 2019, un comunicado del propio The Movement anunció a Eduardo Bolsonaro como representante sudamericano de la organización fundada por Steve Bannon, exestratega de Trump.
Esta articulación siguió siendo un sello distintivo de las posiciones internacionales bolsonaristas durante el mandato de Lula. En julio de 2024, la CPAC Brasil reunió a Jair Bolsonaro y al presidente argentino Javier Milei en Balneário Camboriú, en un evento organizado por el Instituto Conservador Liberal, presidido por Eduardo Bolsonaro. La conferencia funcionó como un espacio de movilización e intercambio de estrategias políticas proimperialistas. En Europa, Eduardo Bolsonaro y el exministro de la Casa Civil del gobierno de Bolsonaro, Onyx Lorenzoni, trabajaron para estrechar lazos con partidos como Vox, de España, y Chega, de Portugal.
El bolsonarismo actuó como el componente brasileño y sudamericano de esa red internacional.
Durante el gobierno de Lula, el acercamiento del bolsonarismo al trumpismo adquirió una dimensión particularmente concreta: el apoyo a medidas estadounidenses de presión sobre las autoridades y la economía brasileñas.
En julio de 2025, Trump impuso un arancel adicional del 40 % a determinados productos brasileños, elevando el gravamen al 50 % en los casos comprendidos por la medida, con excepciones. La orden ejecutiva vinculó expresamente la decisión al proceso contra Jair Bolsonaro y a las acusaciones de la administración estadounidense contra las instituciones brasileñas.
Eduardo Bolsonaro describió los aranceles como un «remedio amargo». La expresión revela la aceptación de perjuicios comerciales como instrumento de presión en el conflicto que involucraba a su padre.
En agosto de ese año, al comentar las restricciones de visado relacionadas con el programa Mais Médicos, Eduardo Bolsonaro afirmó: «Ni los ministros, ni los burócratas de los escalones inferiores, ni sus familiares son inmunes». En aquel momento quedó explícita la acción perjudicial para los intereses nacionales de la articulación entre Eduardo Bolsonaro y el comunicador Paulo Figueiredo, nieto del fallecido general y presidente João Batista Figueiredo, último gobernante de la dictadura militar.
La contradicción con la retórica «nacionalista» es evidente. El bolsonarismo pasó a presentar, con absoluto descaro, las sanciones extranjeras como un instrumento legítimo contra las autoridades brasileñas.
Flávio Bolsonaro y la continuidad de la sumisión
El discurso de Flávio Bolsonaro en la CPAC de 2026 reforzó esta orientación. El senador presentó los minerales críticos brasileños como una posibilidad de reducir la dependencia estadounidense de China y pidió presión diplomática sobre las instituciones brasileñas. La propuesta incorpora recursos estratégicos nacionales a la disputa de Washington con Pekín y vincula el proyecto electoral bolsonarista con las prioridades de Estados Unidos. La justificación presentada al público de la CPAC destacó la seguridad de las cadenas productivas y la capacidad tecnológica y militar de Estados Unidos.
El conjunto de los hechos evidencia que el bolsonarismo es una corriente reaccionaria en política exterior: restauración de valores conservadores como programa internacional, cooperación organizada con la extrema derecha, anticomunismo dirigido especialmente contra los países socialistas y alineamiento con el trumpismo. El paso del gobierno a la oposición preservó estos elementos y añadió el recurso a la presión extranjera sobre las instituciones nacionales. El resultado es una concepción de la inserción internacional en la que la afinidad ideológica con los aliados externos prevalece sobre la defensa de una autonomía brasileña capaz de perdurar más allá de los cambios de gobierno.
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El bolsonarismo es una corriente política antisocial y antidemocrática
La reelección de Lula derrota también los planes antisociales del bolsonarismo. Durante la campaña electoral, Flávio Bolsonaro se excedió en promesas demagógicas. Sin originalidad, repitió hasta el cansancio que preservaría e incluso perfeccionaría los programas sociales característicos de los gobiernos de Lula y Dilma, pero, en esencia, los planes urdidos por su equipo económico apuntaban a un severo ajuste fiscal, que se llevaría a cabo mediante recortes drásticos en esos mismos programas, lo que constituía una grave amenaza para los derechos sociales.
En el esquema esbozado por el equipo económico bolsonarista, las prestaciones de la seguridad social y de asistencia social podrían dejar de actualizarse conforme a los aumentos reales del salario mínimo. Los mínimos constitucionales de los fondos destinados a financiar la salud y la educación serían sustituidos por fórmulas sujetas a la coyuntura.
Flávio Bolsonaro y la fuerza adquirida por la extrema derecha en las elecciones parlamentarias y para los gobiernos de los estados representan una grave amenaza para los derechos democráticos del pueblo brasileño.
Así lo demuestra la amarga experiencia del pueblo brasileño cuando el bolsonarismo ejerció el poder. El Tribunal Superior Electoral declaró a Jair Bolsonaro inelegible en 2023 por abuso de poder político. Posteriormente, fue condenado a 27 años y tres meses de prisión por una intentona golpista.
La escalada autoritaria tuvo manifestaciones anteriores. En octubre de 2019, Eduardo Bolsonaro sugirió «un nuevo AI-5» —una especie de decreto mediante el cual la dictadura militar establecía medidas represivas contra sus opositores— como posible respuesta a la «radicalización de la izquierda». La concepción política bolsonarista considera a los adversarios políticos enemigos que deben ser aplastados. Cuando se aplica a las protestas y a las organizaciones sociales, el método bolsonarista compromete una condición básica de la democracia: el derecho a disentir, protestar, luchar, organizarse y disputar el poder.
El resultado legislativo de 2026 vuelve estas cuestiones más relevantes. Una eventual victoria de Flávio Bolsonaro en la elección presidencial permitiría combinar el control del Ejecutivo con un numeroso grupo parlamentario de su partido y potenciales aliados para impulsar cambios de carácter antidemocrático en el sistema político.
Perspectivas para el cuarto mandato
El cuarto mandato de Lula abre la perspectiva de profundizar la democracia y hacer del protagonismo popular una fuerza permanente de gobierno. El nuevo estilo de gobernar anunciado por el presidente reelecto en su discurso de la victoria debe cobrar vida en la ampliación de los espacios de decisión, la escucha de las demandas populares y la participación efectiva de los movimientos democráticos y progresistas en la gobernanza nacional. La movilización de masas será decisiva para sostener los avances, enfrentar las resistencias conservadoras y transformar la energía de la victoria en una capacidad organizada de intervención en el rumbo del país.
Inmediatamente después de la proclamación de la victoria, los medios de comunicación al servicio de las fuerzas conservadoras y el capital financiero intensifican una campaña para presionar a Lula a formar un gobierno que atienda sus exigencias, principalmente las relacionadas con el ajuste fiscal, que implicaría restricciones a los derechos del pueblo.
Pero atender los reclamos del pueblo y las necesidades de la nación exige combinar respuestas inmediatas con la acumulación de fuerzas para realizar transformaciones estructurales. El desarrollo nacional con progreso social, la generación de empleo, la mejora de los salarios y el fortalecimiento de los servicios públicos deben avanzar junto con reformas profundas que enfrenten la concentración de los ingresos, la riqueza, la tierra y el poder. La construcción de esta mayoría social y política requiere organización de base, unidad de las fuerzas progresistas y disposición a disputar el rumbo de la sociedad. Cada derecho conquistado y cada espacio de participación ampliado pueden fortalecer la confianza popular y abrir camino a cambios más audaces.
En el plano internacional, Brasil tiene la oportunidad de ampliar su actuación en favor de la paz mundial, la autodeterminación de los pueblos y una nueva gobernanza global, más representativa y comprometida con el desarrollo de todos. La defensa del multilateralismo, la integración latinoamericana y la cooperación entre los países del Sur Global pueden ampliar la capacidad de enfrentar las relaciones de dependencia y las prácticas de coerción.
Esta orientación fortalece objetivamente, en perspectiva, la lucha antiimperialista al afirmar el derecho de cada nación a elegir su propio camino.
La victoria alcanzada puede impulsar un nuevo ciclo de luchas y conquistas, uniendo la democracia, el progreso social y la independencia nacional a la construcción de un entorno internacional fundado en la paz y la soberanía de los pueblos.






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