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La invasión silenciosa: cómo Estados Unidos usó a los evangélicos para conquistar América Latina

“Alimentemos a las sectas existentes, creemos nuevas e invadamos América Latina”. La frase, atribuida a Nelson Rockefeller, resume una estrategia que no fue un rumor ni una teoría de la conspiración. Fue un plan escrito, financiado y ejecutado. Y hoy, más de cincuenta años después, vemos sus frutos en cada púlpito, en cada congreso, en cada presidente que se arrodilla ante Israel.

En 1969, Nelson Rockefeller, entonces vicepresidente de Richard Nixon, entregó un informe confidencial sobre la situación en América Latina. Su diagnóstico fue categórico: la Iglesia Católica ya no era un aliado seguro para Estados Unidos. Sectores enteros de ella se habían alineado con la Teología de la Liberación, una corriente que combinaba la fe cristiana con la lucha por la justicia social y que denunciaba la pobreza, la desigualdad y el imperialismo.

Para Washington, eso era inaceptable. La Teología de la Liberación era vista como una amenaza comunista disfrazada de evangelio. Y había que contrarrestarla.

La recomendación del informe fue explícita: sustituir a los católicos por otros cristianos en América Latina. Apoyar a los grupos fundamentalistas cristianos, a las sectas protestantes y a los movimientos evangélicos que pudieran competir con la Iglesia Católica y ofrecer una versión de la fe más dócil al libre mercado y a los intereses estadounidenses.

La estrategia de la CIA

El informe Rockefeller no fue un documento aislado. Fue la punta de un iceberg que ya llevaba años gestándose. Durante la Guerra Fría, la CIA había identificado a la Teología de la Liberación como una amenaza estratégica. Y diseñó una respuesta: promover el neopentecostalismo como contrapeso.

La lógica era simple. El catolicismo progresista hablaba de pecado social, de injusticia estructural, de liberación colectiva. El neopentecostalismo hablaba de pecado personal, de prosperidad individual, de salvación privada. El primero movilizaba a los pobres contra el sistema. El segundo los convencía de que el sistema era el plan de Dios.

La CIA financió misiones, entrenó pastores, impulsó medios de comunicación y creó redes de iglesias que se expandieron por todo el continente. El objetivo no era salvar almas. Era conquistar territorios.

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El laboratorio guatemalteco

Guatemala fue el primer experimento. En 1982, el general Efraín Ríos Montt, un evangélico ferviente, llegó al poder con el apoyo de sectas fundamentalistas y de la embajada estadounidense. Durante su gobierno, se cometió el genocidio contra el pueblo maya-ixil: más de 1.700 indígenas asesinados, comunidades enteras arrasadas.

Ríos Montt no era un dictador cualquiera. Era un pastor evangélico que veía su guerra contra la guerrilla como una cruzada divina. Y su base de apoyo no era solo militar: era religiosa. Las iglesias evangélicas financiadas por Estados Unidos fueron el sustento ideológico de su régimen.

Hoy, Guatemala es el país con mayor porcentaje de evangélicos en América Latina: casi el 45% de la población. Y su influencia política es total. En 2018, el presidente Jimmy Morales trasladó la embajada a Jerusalén. En 36 municipios, calles y plazas fueron rebautizadas con nombres israelíes. El sionismo evangélico no es una expresión de fe: es política exterior.

Brasil: el premio mayor

Brasil es el siguiente. Los evangélicos representan casi el 31% de la población. El caucus evangélico controla más de un cuarto del Congreso. Y durante el gobierno de Jair Bolsonaro, el sionismo cristiano se convirtió en fuerza parlamentaria y diplomática.

Bolsonaro alineó la política exterior de Brasil con Israel. Michelle Bolsonaro, expoente evangélica, es una sionista cristiana declarada. Y el caucus evangélico ha bloqueado avances en derechos reproductivos, ha impulsado la militarización de la seguridad y ha defendido el genocidio en Gaza como parte de un plan divino.

Pero el sionismo cristiano no se detuvo con Bolsonaro. Es anterior y posterior al bolsonarismo. Y ahora, con el avance de la ultraderecha en toda la región, Brasil es el premio mayor. Un país de 200 millones de habitantes, con la economía más grande de América Latina, en manos de una base evangélica que defiende el exterminio como mandato celestial.

Colombia: el caso que nos toca

Y en Colombia, el sionismo evangélico ya tiene nombre y apellido: Abelardo de la Espriella. El presidente que juró lealtad a Estados Unidos, que prometió hacer “exactamente lo mismo que Netanyahu”, que reconoció la soberanía israelí sobre los Altos del Golán, que planea abrir embajada en Jerusalén.

Su campaña fue respaldada por pastores evangélicos sionistas que viajaron a la Casa Blanca y a Israel a pedir apoyo para su candidatura. Y su ministra de Educación, Viviane Morales, pertenece a una iglesia que rinde homenaje al Estado de Israel y predica el mito del “pueblo elegido”.

El expresidente Petro lo dijo en la ONU: “El pueblo elegido de Dios es toda la humanidad”. Y por esa frase, por desafiar al sionismo, lo metieron en la lista OFAC. Porque el sionismo no tolera disidencias.

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El cáncer que metastatizó

El sionismo evangélico no es una religión. Es una ideología política transnacional que usa la fe para conquistar Estados. No viene a salvar almas. Viene a entregar soberanías.

Y en América Latina, ya lleva décadas de ventaja. Ha penetrado en los púlpitos, en los medios, en los congresos, en las presidencias. Ha convertido la teología de la prosperidad en el opio de los pueblos. Ha reemplazado la lucha por la justicia social por la búsqueda de la bendición individual. Ha transformado a los pobres en rebaños que votan contra sus propios intereses.

Es un cáncer porque no se queda quieto. Metastatiza. Pasa del templo al Congreso. Del Congreso al Palacio. Del Palacio a la vida cotidiana. Y cuando la metástasis es total, ya no hay quimioterapia que valga.

¿Qué podemos hacer?

Hay que ponerle un freno ya.

Con educación laica. Con separación real entre iglesia y Estado. Con información. Con organización. Con votos. Con conciencia.

No es contra los evangélicos como personas. Es contra una ideología que usa la fe para oprimir. Es contra el sionismo evangélico como proyecto político. Y ese proyecto, si no lo detenemos, terminará de devorar lo que queda de nuestras democracias.

Rockefeller lo dijo. La CIA lo ejecutó. Los pastores lo bendijeron. Y nosotros, los pueblos de América Latina, seguimos pagando las consecuencias.

Publicado originalmente en Revista Pacto

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