Por Hélio Doyle
La victoria del presidente Lula fue histórica. No solo por la hazaña inédita de haber ganado las elecciones después de haber sido derrotado en la primera vuelta y de haber sido reelegido con su gobierno desaprobado por la mitad de la población. La victoria es histórica, sobre todo, por lo que representa para Brasil, para América Latina e incluso para el mundo.
Lula derrotó no solo a su adversario, Flávio Bolsonaro. Lula, el PT y las fuerzas políticas y sociales que lo apoyaron derrotaron a la extrema derecha fascista, que moviliza a casi la mitad del electorado brasileño y cuya base política está compuesta básicamente por políticos corruptos, empresarios corruptores —especialmente del agronegócio —, banqueros y financistas, líderes de iglesias evangélicas que manipulan la fe de las personas para enriquecerse y organizaciones criminales de policías y militares (denominadas milicias) que dominan territorios en las ciudades mediante la violencia.
Lula y sus partidarios también derrotaron a Donald Trump y su proyecto imperialista de someter a toda América Latina y el Caribe a Estados Unidos mediante el control de sus gobiernos, el dominio de sus flujos comerciales y la explotación de sus riquezas. La victoria de Lula impide que Brasil, con su enorme peso específico en el continente, se sume a otras naciones latinoamericanas y caribeñas que hoy tienen gobiernos de derecha y extrema derecha sometidos a Trump y comandados por Marco Rubio.
La injerencia de Trump en las elecciones brasileñas siguió el patrón de las elecciones más recientes en América Latina: financiación de entidades vinculadas a la extrema derecha y manipulación de las redes digitales bajo el control de las grandes corporaciones tecnológicas estadounidenses (las llamadas big techs), que interfirieron descaradamente en estas elecciones, hasta el punto de provocar medidas en su contra por parte del Tribunal Superior Electoral (TSE).
Uno de los grandes obstáculos que enfrentó Lula fue que el TSE es presidido por un juez notoriamente bolsonarista, Nunes Marques, nombrado por el expresidente Jair Bolsonaro. Marques, al igual que otros cuatro de los diez ministros del Supremo Tribunal Federal, está involucrado en el mayor escándalo financiero ocurrido hasta ahora en Brasil, el del Banco Master, y se le acusa incluso de participar en orgías sexuales patrocinadas por el expropietario del banco, Daniel Vorcaro, quien está preso.
Además de adoptar medidas en defensa de la candidatura de Flávio Bolsonaro, algunas de las cuales fueron revisadas por los demás jueces electorales, Marques ignoró las denuncias de que alcaldes bolsonaristas de varias ciudades, aliados con empresarios del sector del transporte, habían reducido el número de autobuses en circulación, dificultando la llegada de los electores de menores ingresos a los lugares de votación.
La omisión del presidente del TSE llevó a los abogados de la candidatura de Lula a recurrir al STF, que prorrogó en dos horas el horario de votación. Sin embargo, como la decisión se tomó cuando las urnas ya estaban siendo cerradas, pocas mesas electorales permanecieron abiertas.
Esta es la excusa que Flávio Bolsonaro está utilizando para pedir la anulación de las elecciones. Pero quedó aislado en esa posición y ni siquiera su partido (el Partido Liberal) lo apoyó. La anulación, con toda seguridad, no se producirá.
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Mitos derribados
Lula no hizo un gobierno excelente durante su actual mandato. Tuvo que iniciar la reconstrucción de un país asolado por problemas derivados de los pésimos gobiernos de Michel Temer y, sobre todo, de Jair Bolsonaro. A los ocho días de asumir la gestión, enfrentó el intento de golpe de Estado que provocó la devastación de las sedes del Gobierno federal, del Congreso Nacional y del Supremo Tribunal Federal. Además, gran parte de sus acciones dependía de negociaciones políticas con la Cámara de Diputados y el Senado, dominados por partidos de derecha y extrema derecha.
Pero Lula también cometió errores durante su tercer mandato. En la articulación política, en la comunicación, en la coordinación de las acciones de gobierno y, sobre todo, en las relaciones con la población y los movimientos sociales. Fue un gobierno tímido, con algunos integrantes poco eficientes, que parecía temer las reacciones contrarias de los sectores conservadores y reaccionarios y, especialmente, de sus representantes en el Congreso. No tuvo grandes logros que mostrar. Mejoró la situación del país en varios aspectos, presenta indicadores positivos en la economía y en las políticas sociales, pero no supo comunicarlo ni comprendió el sentimiento de decepción, frustración y desesperanza de buena parte de la población, especialmente de los más jóvenes y de quienes viven en las periferias urbanas.
La extrema derecha bolsonarista se mantuvo movilizada, a pesar del encarcelamiento de su líder, Jair Bolsonaro, y de los principales responsables del intento de golpe. Y se preparó para disputar estas elecciones. El hijo mayor de Jair, el senador Flávio Bolsonaro, fue el elegido para enfrentarse a Lula, quien, a pesar de su edad (81 años), del antipetismo y del rechazo a Lula arraigados en una gran parte de la población, así como de la desaprobación de su gobierno por la mayoría de los electores, decidió presentarse a la reelección.
La campaña de Lula en la primera vuelta fue muy mala, algo que él mismo reconoció. Partió de una premisa equivocada: que Lula estaba haciendo un excelente gobierno y que bastaba con mostrárselo a los electores, junto con promesas de nuevos logros, para obtener la mayoría. No hubo un esfuerzo de movilización popular y, en muchas ocasiones, Lula y otros integrantes de su alianza afirmaron que sería elegido en la primera vuelta, pese a que había otros candidatos de derecha en la contienda.
El resultado fue una diferencia de 2,22 millones de votos a favor de Bolsonaro en la primera vuelta y la elección de gobernadores y parlamentarios federales y estatales mayoritariamente de derecha. El clima de «ya ganamos» se apoderó de los bolsonaristas y sus aliados de derecha. Lula tendría que remontar la diferencia en apenas tres semanas.
Pero la derrota encendió una señal de alarma en la campaña de Lula, que fue reorientada para mostrar que lo que estaba en juego era la democracia, la soberanía nacional, las conquistas de los trabajadores y los jubilados, los derechos humanos — y, en particular, los de las minorias —, la preservación del medioambiente, las inversiones en salud y educación públicas y el respeto a la ciencia.
Ante el riesgo de que regresara un gobierno de extrema derecha fascista, se produjeron dos movimientos decisivos. Impulsadas por las primeras movilizaciones masivas de jóvenes, muchas de ellas espontáneas y al margen de las organizaciones oficiales, las personas reaccionaron y salieron a las calles en todo el país, incluso en pequeñas ciudades del interior. Y, por iniciativa del diputado federal André Janones, de Rede Sustentabilidade, un partido aliado del PT, se formó el llamado «ejército de Lula», una red de apoyo en internet que reunió a más de 10 millones de personas.
Fue un movimiento gigantesco de movilización popular. No eran solo los militantes de los partidos, los sindicatos y las organizaciones sociales quienes salían a las calles para manifestarse y conseguir votos, sino también personas comunes que salían de sus casas y de sus trabajos para hablar con el dependiente de comercio, el empleado de la gasolinera, el recolector de basura, el conductor del autobús, para convencerlos de votar por Lula. Personas que, aunque tuvieran coche, tomaban el autobús o el metro para conversar con los pasajeros.
El «ejército de Lula» ocupó las redes digitales y sus integrantes cumplían misiones encomendadas por Janones, incluso neutralizando los algoritmos que favorecían a los bolsonaristas. El presidente bolsonarista del TSE intentó impedir el funcionamiento de la red, pero fue derrotado por la mayoría de los integrantes del tribunal. Meta intervino en numerosas ocasiones para retirar contenidos favorables a Lula e incluso llegó a mostrar propaganda bolsonarista cuando las personas intentaban acceder a publicaciones favorables a Lula.
Al mismo tiempo, se difundía la idea de que no se trataba de elegir entre izquierda y derecha, entre el PT y quienes no simpatizan con el PT, sino entre democracia y dictadura, soberanía y sometimiento, derechos y represión. Personalidades tradicionalmente vinculadas a la derecha o contrarias a la izquierda, al PT y a Lula se manifestaron a favor de votar por el presidente. De manera informal, se formó un amplio frente contra el fascismo bolsonarista.
Además, Lula, aprovechando su condición de presidente, anunció medidas que benefician a los más pobres, a los trabajadores autónomos que prestan servicios y a una gran parte de la población que está endeudada.
Y así se derribaron dos mitos: el de que quien pierde la primera vuelta también perderá la segunda, y el de que un presidente con menos del 50 % de aprobación no puede ser reelegido. Lula recibió 10,37 millones de votos más que en la primera vuelta, mientras que Bolsonaro obtuvo 3,72 millones más. La diferencia a favor de Lula fue de 4,43 millones de votos: 51,79 % frente a 48,21 %.
Brasil sigue dividido, con prácticamente la mitad de la población votando por un candidato de extrema derecha acusado de varios delitos criminales, y con un presidente de izquierda y un Parlamento de derecha, lo que dificulta la gobernabilidad. Pero la mitad de la población que no quiere el regreso de una dictadura como la de los años 1964-1985 ni quiere someter a Brasil a Estados Unidos, ha demostrado su fuerza y afirma que ya no piensa abandonar las calles ni las redes.
Significativamente, durante las celebraciones por la victoria se cantó el relativamente desconocido Himno a la Independencia, que dice: «Valiente pueblo brasileño / lejos vaya el temor servil / o la Patria libre / o morir por Brasil».






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