Por Fernando M. García Bielsa
“Creen [los Estados Unidos] en el derecho bárbaro, como único derecho: esto será nuestro, porque lo necesitamos…”
José Martí, 1891[1]
El ex teniente coronel retirado de la fuerza Aérea estadounidense (USAF), William J. Astore publicó hace unos años un artículo que intituló: “El Excepcionalismo estadounidense está matando el Planeta Tierra” referido a los daños descomunales y efectos derivados de las guerras sin fin que libra su país.
El excepcionalismo estadounidense es la idea de que Estados Unidos es un país único, con un destino especial superior y diferente de otras naciones y predestinado a “americanizar” y dominar el mundo. Aunque es un concepción pretensiosa y absurda, merece una seria consideración teniendo en cuenta el peso de Estados Unidos en la geopolítica mundial, y dada su condición de país imperialista y agresivo.
Los defensores de esa supuesta excepcionalidad argumentan que los valores, el sistema político y el desarrollo histórico de Estados Unidos son únicos en la historia de la humanidad, a menudo con la implicación de que el país está destinado y tiene derecho a desempeñar un papel distinto, preeminente, autárquico, que tiene una misión única para transformar el mundo y un papel supuestamente positivo en el escenario internacional. La falta de memoria histórica y la manipulación ayudan a mantener a muchos estadounidenses embriagados por la retórica y los mitos.
El concepto de los Estados Unidos como un país y una sociedad excepcional tiene una larga historia. Se puede encontrar en los orígenes de la creación del país. Cobró forma en las ideas defendidas por los Padres Fundadores de la nación cuando se luchaba por la obtención de su independencia o incluso a las creencias incubadas por los primeros peregrinos….
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Aquellos recién llegados que tocaron tierra hace 400 años en el actual territorio de EE.UU., llegaban a una especie de tierra prometida, después de emigrar de una Europa afectada por conflictos religiosos y estrecheces económicas, encontraban un nuevo mundo con abundantes tierras y fronteras abiertas: entendieron que Dios los había guiado hasta allí para la ulterior realización de una misión especial piadosa.[2]
Thomas Jefferson, prohombre de la independencia y tercer presidente de la nación (1801-09) imaginó que Estados Unidos se convertiría en el gran “Imperio de la Libertad” universal, modelo de democracia y republicanismo. Identificó a su nación como un faro para el mundo.
La conquista territorial, por un lado, y la construcción de la nación, con el surgimiento una cierta identidad nacional, son dos cosas que sucedieron durante un mismo periodo de tiempo. Aunque existe cierta dificultad para definir una identidad singular para el conjunto de la sociedad estadounidense, esta no se puede disociar de la conquista de territorios, el exterminio de las poblaciones indígenas y de la profunda marca dejada por el periodo esclavista, pues fueron eventos fundacionales de una etapa temprana del devenir de la nación.
Durante los últimos dos siglos, prominentes estadounidenses han descrito a Estados Unidos como un “imperio de libertad”, una “ciudad resplandeciente sobre una colina”, la “última y mejor esperanza de la Tierra”, el “líder del mundo libre” y la “nación indispensable”.[3]
Sobre esa base es lo que algunos pensadores y políticos desarrollaron la idea de que, como pueblo, responden a un “Destino Manifiesto” que le habría sido asignado por la Providencia. Una tesis muy conveniente y que desde muy temprano se convirtió en un instrumento para la política exterior estadounidense.
A lo largo de la historia, la ideacdelel excepcionalismo, de ser una nación superior, bendecida y “con la misión de proteger” siempre ha estado vinculada a la expansión de la influencia y la proyección del poder estadounidense. En su fase imperialista, de forma natural el destino manifiesto cobró bríos al mirar hacia el resto del mundo. En concreto, la política exterior estadounidense es como una continuación del proceso de conquista con que se constituyó el país. Al final de la guerra contra España, Theodore Roosevelt dijo estas palabras: “la americanización del mundo es nuestro destino”.
La idea de que Estados Unidos está destinado a difundir sus dones únicos de democracia y capitalismo a otros países ha sido y es peligrosa para el resto del mundo y también para los estadounidenses y, aunque las encuestas muestran que la creencia de la población en el excepcionalismo estadounidense ha disminuido, la pretensión de superioridad ha sido asumida por cada nueva administración.
Ciertamente, el país ha tenido una posición privilegiada en el concierto de las naciones, con su fuerza hegemónica, con el imperio del dólar y un orden institucional global que fue instituido a su conveniencia. Pero Estados Unidos no es tan excepcional como le gusta pensar; su ceguera ante su propia historia ha engendrado un nacionalismo complaciente y una política exterior desastrosa que, a la larga, lo ha venido enajenando de buena parte de la comunidad global.
La creencia parroquial y estrecha de que la democracia y las instituciones estadounidenses son “invencibles” se hizo especialmente fuerte después de la caída del Muro de Berlín y el colapso de la Unión Soviética.
En 1998, la Secretaria de Estado Madeleine Albright no sólo identificó a Estados Unidos como “la nación indispensable”, sino que también descarnadamente alabó su esencia. En una aparición en la televisión nacional, declaró: “Si tenemos que usar la fuerza, es porque somos Estados Unidos. Somos la nación indispensable. Nos mantenemos firmes. Vemos más allá del futuro”.
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La Albright se limitó a reiterar lo que, en Washington, todavía pasa como una verdad evidente: Estados Unidos debe liderar. No existe ninguna alternativa concebible. El liderazgo implica responsabilidades y, por extensión, confiere prerrogativas. Dicho de manera cruda, los estadounidenses hacen e imponen las reglas.[4]
El término se entronca con los ideales sostenidos por muchos estadounidenses a lo largo de la historia, así como en alusión a la relativa singularidad cultural y política de Estados Unidos y su dinámica capacidad para la creación de riqueza, la supuesta igualdad de oportunidades y hasta la espuria pretensión de que allí impera la tolerancia y la igualdad de derechos.
Se ha gestado una especie de convicción de su superioridad como pueblo (con buena parte de él enardecido por el nacionalismo, la retórica manipuladora y las superticiones), que tiene la obligación difundir los valores estadounidenses, imponer su modelo de sociedad en todo el mundo y corregir todas las injusticias. Sobre esa base, el mito sirve al gobierno yanqui como justificación e instrumento para llevar a cabo su política exterior militarista. A ello se une la defensa que hacen de la noción de responsabilidad como una justificación adicional para la interferencia sobre otras naciones.
Una concepción envilecida como coartada imperial
En su libro de 2009, The New American Exceptionalism, Donald E. Pease se burla del supuesto excepcionalismo estadounidense como una “fantasía estatal” y una “leyenda” y señala que tales espejismos no pueden ocultar por completo las inconsistencias que enmascaran.[5]
Asimismo, el destacado historiador Howard Zinn consideró el excepcionalismo estadounidense como la creencia “… de que sólo Estados Unidos tiene el derecho, ya sea por sanción divina u obligación moral, de llevar la civilización, la democracia o la libertad al resto del mundo, por la violencia si es necesario”. [6]
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A ello se une el uso que los partidarios del excepcionalismo hacen de la frase “una ciudad sobre una colina”, que crea una imagen de libertad y democracia en la que otros deberían mirar como ejemplo. Esta imagen se degrada y se envilece cuando se trae a escena la inmoralidad de sus acciones presentes y de sus hazañas pasadas como el aniquilamiento de aldeas nativas americanas en el siglo XIX, la represión a sangre y fuego, en su momento, del movimiento obrero con tropas federales, y los abusos de los trabajadores inmigrantes, el persistente racismo y la opresión de los afroamericanos, o las masacres con armas de fuego que ocurren a diario.
La historiadora Deborah Madsen citó a Frederick Douglass (1818-1895), un destacado abolicionista negro de antes, durante y después de la Guerra Civil estadounidense, y luchador social hasta su muerte, quien argumentó que la idea del excepcionalismo estadounidense era absurda y ajena a la naturaleza inherente de la esclavitud, todavía existente en esos tiempos.[7]
Por otra parte, y de manera creciente, algunos académicos rechazan ese reclamo excepcionalista y sostienen que Estados Unidos no se separó de la historia europea y, en consecuencia, ha conservado marcados rasgos basados en las diferencias de clase, la explotación social y la desigualdad racial. Varios comenzaron a rechazar el chovinismo extremo que muestra el uso moderno de ese término o consideran que es extremadamente peligroso alentar a las personas a verse a sí mismas como excepcionales.
“Nuestro patriotismo es medieval, gastado, obsoleto”, escribió Mark Twain en 1905. Críticos de izquierda como Marilyn Young y Howard Zinn han sostenido que la historia estadounidense es tan moralmente defectuosa, debido a la esclavitud, la erosión de los derechos civiles y las cuestiones de bienestar social, que no puede ser un ejemplo de virtud. Zinn sostiene que el excepcionalismo estadounidense no puede ser de origen divino porque no fue benigno, especialmente en su trato con los nativos americanos.
Durante la Guerra Fría, en la práctica, todas las estructuras de gobierno a cargo de la política exterior estadounidense sucumbieron a una fiebre ideológica monumentalmente autodestructiva al enarbolar con nuevos ímpetus el síndrome de creerse la Nación Indispensable por sobre todas las demás naciones.
Para quienes con mayor fervor propugnan la vigencia del excepcionalismo yanqui un motivo prevalece sobre todos los demás: justificar el uso efectivo de la fuerza y la férrea determinación de Washington de disipar cualquier duda sobre el estatus de este país como el único agente elegido de la historia.
*
Así, el mito fue retomado a plenitud por el ex vicepresidente republicano Dick Cheney – de triste recordación -, en su libro de 2015: Excepcional: ¿Por qué el mundo necesita una América poderosa? Allí afirmó “los estadounidenses somos un pueblo especial con un destino especial: conducir al mundo hacia la libertad y la democracia.”
No es ajeno a esas tradiciones y a ese auto encumbramiento que en este nuevo siglo los círculos dominantes estadounidenses hayan dado muestras de una mayor propensión al empleo del uso de la fuerza para intentar detener la evidente declinación relativa de su poder hegemónico global. Al propio tiempo sus pretensiones de liderazgo están en entredicho, de modo que se le echa mano de nuevo a su supuesta excepcionalidad como nación bendecida y a sus supuestos deberes morales y responsabilidad de “proteger al
mundo libre”. Pero, y esto es importante, con una menor preocupación por justificar la singularidad estadounidense que por afirmar su inmunidad ante el derecho internacional y para actuar con manos libres.
Tal es el caso del actual mandatario, Donald Trump quien, con su propia versión fanfarrona, no solo se alimentó de este mito sino que lo ha redefinido considerablemente. Despojó a la excepcionalidad de su carga universalista transformándola de una misión moral global a una doctrina de nacionalismo transaccional en la cual prioriza los intereses nacionales por sobre le cooperación internacional.
Esa dualidad refleja una tensión entre la conocida veneración del proverbial papel especial y único de Estados Unidos y el rechazo a la pretendida responsabilidad ética que tradicionalmente ha estado asociada a ese papel. El giro que representa su enfoque refleja una más profunda ruptura dentro de la percepción que la nación tiene de sí misma.
[1] José Martí, “La Conferencia Monetaria de las Repúblicas de América”, La Revista Ilustrada de Nueva York, mayo 1891
[2] https://baripedia.org/wiki/From_Exceptionalism_to_American_Universalism
[3] Walt, Stephen. “The Myth of American Exceptionalism.” Revista Foreign Policy, November 10, 2011.
[4] Andrew Bacevich: Answering the Armies of the Cheated But No Questions about War Please!, / Tomgram, August 5, 2021
[5] • Donald E. Pease (2009). The New American Exceptionalism. Univ. of Minnesota Press. ISBN 978-0-8166-2782-0.
[6] “Howard Zinn – The Myth of American Exceptionalism”, conferencia dictada en el Massachusetts Institute of Technology (MIT) 2005
[7] Madsen, Deborah L. (1998). American Exceptionalism. University Press of Mississippi 1998. Se cita la Narrative of the life of Frederick Douglass. New York: Dover Publications, 1995





