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¿América Latina es la excepción?  (I)

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, posa para una foto de grupo con, de izquierda a derecha, el presidente de Paraguay, Santiago Peña; el de República Dominicana, Luis Abinader; el de Bolivia, Rodrigo Paz Pereira; el de El Salvador, Nayib Bukele, y el de Argentina, Javier Milei, en la cumbre Shield of the Americas, en el Trump National Doral Miami, en Doral, Florida, el 7 de marzo de 2026.

Por Claudio Katz

julio, 03, 2026

Trump refuerza el control imperial de América Latina, en contraste con las adversidades, derrotas y fracasos que afronta en el resto del mundo y en su propio país. Trata a esa región como pertenencia propia y como reaseguro de todas sus incursiones.

Desde el comienzo de su segundo mandato explicitó su intención de imponer una dominación cuasi colonial del “Patio Trasero”. Pasó del trato despectivo a una política exterior pendenciera de tutelajes.

El magnate enuncia su intención de recuperar el Canal de Panamá, rebautizar el Golfo de México, hacer lo que quiera con Cuba y manejar a su gusto a Venezuela. Reformula la Doctrina Monroe con su propio nombre (Donroe), retomando el corolario que introdujo Teodoro Roosevelt para ejercer un poder de policía en la región.

El espíritu de esta nueva cruzada está a la vista en la Estrategia de Seguridad Nacional (ESN), que orienta la gestión de Trump asignando a Latinoamérica un lugar más subordinado y dependiente que nunca. Ese documento sepulta los conceptos de “valores compartidos, cooperación y soberanía formal”, que utilizaba la diplomacia yanqui para encubrir su dominio. Ese lenguaje hipócrita y cordial ha quedado reemplazado por mensajes de explícito sometimiento (Malacalza, 2026).

El viraje actual puede ser interpretado como un retorno a la tradición imperial pura, que incluye el cobijo de Estados Unidos en el hemisferio, para reinventarse en los momentos de crisis (Wood, 2026). Muchas lecturas resaltan ese repliegue hacia el territorio próximo.

Pero una mirada más completa, permite notar que Trump no es aislacionista y no pretende encerrar a la primera potencia en su restringida área de influencia. Busca exhibir la dominación de América Latina como un trofeo y un trampolín para reconquistar supremacía mundial (Fazio, 2025).

Como señaló uno de los principales consejeros del establishment yanqui (Mearsheimer), el Departamento de Estado necesita subrayar ese control para proyectar poder sobre el resto del mundo (Anzelini, 2026).

Esa preeminencia refuta definitivamente la creencia que Estados Unidos puede prescindir de América Latina. Lejos de ocupar un lugar marginal, esa zona es un laboratorio del proyecto mundial de Trump.

VERTIGINOSA MILITARIZACIÓN

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La militarización es el principal instrumento de Estados Unidos para intentar su plena recaptura de la región. El secretario de Guerra, Pete Hegseth, lo expuso en un detallado plan para forjar una “Gran Norteamérica”, creando un “perímetro de seguridad inmediata” con los países del Norte del hemisferio y otra zona de Sur de retaguardia (Marino, 2026).

segundo sector debería compartir los gastos del vasallaje, con el mismo criterio que se le exige Europa el financiamiento de la OTAN, para acentuar su sumisión

El proyecto ha sido elaborado en espejo ideológico con el “Gran Israel”, recurriendo a las mismas justificaciones bíblicas, que asignan a los dos países un mandato divino de expansión. La misión que encarna el sionismo en Medio Oriente debería cumplirla Estados Unidos en su hemisferio, destruyendo la integración latinoamericana auspiciada por la CELAC y UNASUR.

Trump comenzó a implementar este programa de militarización con la creación del “Escudo de las Américas”, en una conferencia en Miami, que reunió a todos sus servidores. Especialmente Ecuador, Argentina, Perú, Paraguay y El Salvador aprobaron multiplicar las bases militares del Pentágono y los operativos conjuntos con los marines.

El pretexto del narcotráfico -utilizado para ampliar ese intervencionismo- ya no engaña a nadie. El consumo masivo de estupefacientes es una desventura que Estados Unidos traspasa al Sur, para rehuir soluciones internas a ese flagelo.

La DEA, la CIA y el FBI confrontan o negocian en el exterior con las mafias, potenciando una incontenible espiral de violencia. Toleran especialmente el tráfico de armas, que fluye en forma impune desde Arizona, Texas y Florida multiplicando todas las sangrías.

En las últimas décadas de neoliberalismo, Washington incentivó la narco-criminalidad, sustrayendo los recursos que los Estados necesitan para combatir esa delincuencia. La plaga que exportó Estados Unidos ha pulverizado un país tras otro. Desgarró primero a Bolivia, Perú y Colombia, ensangrentó posteriormente a México y está demoliendo en los últimos años a Ecuador. Trump revive la retórica de los años 80 y 90 para actuar con impunidad, pero no puede explicar por qué indultó al ex presidente de Honduras condenado por narcotráfico.

La excusa de los carteles no es nueva, pero ahora se generaliza el calificativo de terroristas para perpetrar asesinatos a mansalva en el Caribe. Trump ordena ultimar individuos acusados de narcotráfico, sin mostrar pruebas, ni atenerse a reglas mínimas del derecho internacional. Ha extendido al territorio venezolano esas ejecuciones extrajudiciales y pretende implementarlas en México, para generalizar el método israelí de asesinar personas en cualquier parte del mundo.

El magnate efectiviza esa militarización sin arriesgar tropas y eludiendo las clásicas invasiones del Pentágono. No quiere repetir las intervenciones de la era Reagan o Bush y hasta ahora actúa como un bravucón que amenaza y se retira. Pero es muy voluble las presiones de los halcones y su conducta es impredecible.

SERVIDORES DE LA DEPREDACIÓN

EE.UU. se queda con el Río Paraná argentino

La andanada de Trump está muy atada a la red de servidores ultraderechistas, que capturaron muchos gobiernos de la región. Cada uno de esos súbditos le aporta al magnate la ofrenda que exige su mandante. Todos han asumido como propio el lema de “Estados Unidos primero”, como si formaran parte de esa Unión.

Las diferencias de estilo entre el conservadurismo tradicional de Kast, el libertarianismo escandaloso de Milei o los exabruptos punitivistas de Bukele son datos anecdóticos. Todos operan como lacayos del Departamento de Estado y Washington se encarga de asegurar el liderazgo de esos mandatarios, mediante una inédita interferencia en los procesos electorales.

Esa injerencia se consuma a través del apoyo a los candidatos preferidos, enterrando cualquier resabio de diplomacia o soberanía. La preferencia declarativa es seguida por el chantaje económico y la instalación de un pánico financiero preelectoral (Argentina, Honduras), con amenazas de intervención (Colombia) o presiones arancelarias (Brasil) (Colussi, 2026). También se ha generalizado la financiación a sus criados desde Miami y la manipulación de los votos en el exterior en las elecciones reñidas (Perú).

En todos casos, las embajadas de Estados Unidos han establecidos sólidos vínculos con los jueces de cada país, para continuar el lawfare absolviendo a sus socios derechistas (Uribe, Fujimori) y penalizando a los políticos que no se disciplinan al Departamento de Estado (Arce, Castillo, Cristina Kirchner). Las causas de corrupción son manipuladas para eximir a los sirvientes de Washington y castigar a los rebeldes.

Todos los personajes del trumpismo latinoamericano convalidan las órdenes que emite su amo y están embarcados en demoler las conquistas democráticas conseguidas en las últimas décadas. Pretenden criminalizar las protestas populares y someter a los opositores para anular los logros del progresismo.

Están pulverizando un derecho tras otro, para que la fachada de los regímenes constitucionales subsista, sin ningún contenido democrático real. Algunos utilizan el término “pos democracia” para tipificar a este nuevo sistema de descarnada tiranía de los poderosos (Lantos, 2025).

La persecución de los inmigrantes es una prioridad fijada por Trump y acatada por sus subalternos. Bukele ofrece el espantoso sistema penitenciario de El Salvador, cómo depósito para los deportados desde Estados Unidos, que se han duplicado en el curso de este año. También Nasry Asfura de Honduras y Laura Fernández de Costa Rica han suscripto varios acuerdos para receptar ese aluvión.

Los indocumentados son maltratados como delincuentes, para encubrir su condición de víctimas de la depredación imperial. Conforman una masa de empobrecidos, que pierden sus fuentes de trabajo por los saqueos que perpetran los capitalistas del Norte. Esa confiscación masifica la emigración, como consecuencia de la desintegración padecida por muchas zonas de América Latina.

En ciertos lugares de Ecuador, Colombia o México, la presencia efectiva del Estado ha desparecido y Haití ofrece el ejemplo más desgarrador de un derrumbe total de la sociedad. Se ha convertido en el prototipo de un país pulverizado por ese latrocinio y genera la desesperada huida al exterior de los emigrados, que posteriormente penalizan Trump y sus criados de la ultraderecha.

ARREMETIDA IRRESUELTA CONTRA CHINA

Trump y el dominio imperialista sin complejos del hemisferio occidental

El Monroísmo que ensalza Trump fue históricamente concebido contra los rivales europeos y posteriormente aplicado contra la influencia de la URSS. Ahora resurge contra la avasalladora presencia económica de China. El magnate busca frenar la impetuosa expansión comercial, inversora y financiera de su gran rival, en países y que considera propios (Katz, 2024a: 59-80).

Las evidencias del desembarco asiático son impactantes. Despliega en la región la misma estrategia que implementa en otras zonas periféricas y contrapone a las tradicionales condicionalidades de Estados Unidos, una catarata de créditos e inversiones. En lugar de registrar ese contrapunto, Trump escala la conocida agresividad del imperialismo norteamericano.

El magnate pretende asegurar el control yanqui de una región, que alberga inconmensurables recursos naturales y una variedad de insumos indispensables para las cadenas de valor.

Esos circuitos requieren suministros, que muy pocas zonas pueden facilitar en la cuantía y proximidad geográfica que ofrece América Latina. Con su descarada prepotencia, Trump exige el manejo imperial de las vías navegables del Paraná, las tierras raras de los Andes, el cobre de Panamá, el petróleo de Venezuela y el triángulo del litio de Argentina, Bolivia y Chile,

Cuenta con el visto bueno de sus subordinados de la región, que a diferencia de Trump no propician proyectos económicos propios y tan sólo apuntalan la continuación del neoliberalismo, abjurando del tradicional desarrollismo de la derecha. Por esa razón están intentado cumplir con la exigencia yanqui de alejar a China (Malamud; Núñez, 2026).

En Panamá, el presidente Mulino aceptó modificar la concesión de los puertos operados por empresas hongkonesas y anuló la renovación de los acuerdos de cooperación económica con Beijing. En Costa Rica, el Ejecutivo reconsidera las negociaciones con China para modernizar la infraestructura digital y las redes 5G. La misma reevaluación se verifica en Chile, en torno al cable submarino que debía conectar Valparaíso con Hong Kong. En ese país, sobrevuela un veto potencial a la participación china en la explotación de cobre, litio y tierras raras.

La presencia china en el puerto peruano de Chancay ya suscitó una crisis judicial y muchas versiones atribuyen al mismo origen, la caída en desgracia del presidente José Jerí, que duró apenas cuatro meses en ese cargo. Hay obras hidroeléctricas e inversiones en minería en eses país, que Estados Unidos exige anular o reducir en forma drástica. Es el principal mandato que Washington le asigna ahora a Keiko Fujimori

Pero la gran preocupación del Norte está situada en su propia frontera, en la renegociación del tratado T-MEC con México. Trump busca poner fin a la triangulación que consuma China, para penetrar el mercado yanqui desde su vecindario. La inversión de Beijing continúa ascendiendo en el territorio azteca especialmente en el sector automotor, donde sus ventas de vehículos saltaron del 0,5% al 11.2% en apenas tres años. Estados Unidos demanda mayores aranceles e incremento de los porcentajes de producción local en el T-MEC (reglas de origen), para bloquear el ingreso de productos chinos a su propia economía.

En este caso Trump debe lidiar con el gobierno autónomo de Sheinbaum, que negocia todos los temas, sin aceptar el típico acatamiento de la ultraderecha. Además, ninguna de las exigencias de Washington en torno al T-MEC, resuelve la continuada preeminencia china en el manejo general de las cadenas de valor (Pont, 2026).

El resultado final de la punga en curso en toda la región es un interrogante. Por un lado, la Casa Blanca ha logrado imponer un dique a la avalancha económica asiática entre los gobiernos más afines (Rodríguez Gelfenstein, 2026) pero, por otra parte, en la última cumbre de la CELAC con Xi Jinping se concertaron nuevos acuerdos de inversión. La preeminencia general de las importaciones baratas que ofrece Beijing tiende a persistir y las inversiones con los atractivos créditos que brinda China y Estados Unidos retacea, continúan dominando el escenario económico.

LOS EXPERIMENTOS DE ARGENTINA

Y OTRA VEZ EL PRESIDENTE ARGENTINO INSULTANDO A ¡KARL MARX!

El gobierno de Milei es el caso más extremo de sumisión a Trump. Ha viajado más veces a Estados Unidos que a cualquier localidad de su país y exhibido mayores muestras de fidelidad a la Casa Blanca, que a sus padrinos nacionales.

En dos años de gestión, Milei construye un degradado protectorado del imperio, en una nación mediana con gran historial de soberanía. Esa mutación cualitativa en el status de la dependencia salta a la vista, ante todo, en el plano económico.

El embajador yanqui Lamelas fiscaliza las provincias e interviene en todas las licitaciones de cierta relevancia, para vetar la presencia de China. En la misma tónica, el Banco Central congeló los enormes créditos en yuanes, para ajustarse a las disposiciones de la Reserva Federal.

Las firmas estadounidenses han sido ubicadas en lugares de privilegio para capturar el uranio, el litio y las tierras raras y ya miran con interés el poderoso agronegocio local. Hay también sondeos de las compañías yanquis para apoderarse de firmas locales aprovechando su desvalorización bursátil, al cabo de un duro ciclo de recesión, apertura comercial y abrupta caída de ventas.

Los capitalistas estadounidenses están presionando, además, para imponer sus normas de patentes a los laboratorios locales, con el evidente propósito de capturar sus clientes. En los hechos, opera un fulminante plan para demoler la industria argentina y reemplazar su producción por bienes importados de Estados Unidos. Sectores estratégicos de gran desarrollo local -como el segmento nuclear- son desmantelados a pedido apropiador de Washington.

La promesa de Milei de encaminar a la Argentina por un sendero de desarrollo -semejante al seguido por Alemania- ha pasado al olvido. Contrasta con el reciente acuerdo comercial suscripto con Estados Unidos, que fue literalmente copiado de los tratados impuestos a El Salvador, Guatemala y Ecuador. Trump apuesta a la fractura y extinción del MERCOSUR, para facilitar una invasión de importaciones “made in USA”.

El servilismo económico de la Casa Rosada es inconmensurable. Argentina adquiere a precios siderales, la chatarra militar que le vende el Pentágono a través de terceros y Milei no solo idolatra a Netanyahu. Se muestra dispuesto a comprometer al país en alguna aventura bélica de Medio Oriente. Ya participó en operaciones de inteligencia contra Venezuela, en el envío de pertrechos a Bolivia para reprimir manifestaciones y se anotó para cualquier incursión yanqui contra Cuba. Ha intervenido el puerto de Ushuaia y concertado con la marina yanqui la custodia del Atlántico Sur, a partir de dos ejercicios conjuntos (Daga Atlántica y PASSEX), que violaron la exigencia constitucional de aprobación previa del Congreso.

El acto más reciente de la misma sumisión es la entrega de todos los datos de la ciudadanía argentina a los milmillonarios de la Inteligencia Artificial. Desembarcaron en Argentina para experimentar con ese acervo, utilizando los algoritmos y las manipulaciones que aún no pueden ensayar en las metrópolis. Para utilizar al país como conejillo de indias, se instaló en Buenos Aires el dueño de Palantir, Peter Theil, que ya impuso la aprobación de leyes con exenciones fiscales para sus inversiones (super RIGI) y compras de tierras (Tigani, 2026).

Seguramente, Theil comenzará la digitación de datos con algún manejo electoral de las redes, para favorecer a su anfitrión. Motoriza, además, la instalación en la Patagonia de los mega servidores que, dilapidan la energía, pulverizan el agua y destruyen el medio ambiente. Pero el mayor experimento de ingeniería social que propicia es la creación de empresas sin responsabilidad humana (DAO), que le permitirán atribuir a la IA cualquier desastre ambiental o productivo, derivado de los experimentos en curso con 46 millones de cobayos argentinos (Esteban, 2026).

Pero lo más paradójico del sometimiento económico a Estados Unidos es la continuada dependencia comercial de China. La dupla Trump-Milei forzó una apertura comercial, que acrecienta el déficit comercial de Argentina con el rival que Estados Unidos intenta desplazar. A la hora de importar lo que se deja de fabricar en el país, ningún exportador yanqui puede competir con sus pares asiáticos.

Milei obedece todas las órdenes que recibe del Norte. Impuso leyes que otorgan vía libre a las empresas extranjeras para apoderarse de los recursos naturales, prioriza los pagos de la deuda externa, paraliza la obra pública, recorta los presupuestos sociales y demuele el nivel de vida popular.

El mandatario anarco-capitalista desechó la integración del país a los BRICS, para que toda la renta agro-energética se filtre hacia el exterior. Pero con esa política ha extremado la vulnerabilidad de la economía, creando una gran incógnita sobre la viabilidad de su modelo de tierra arrasada.

Fuentes: Rebelión

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