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EL MONCADA: PRELUDIO DE UNA NUEVA ERA EN NUESTRA AMÉRICA *

Una mujer cubana ondea una bandera cerca de una fotografía de Fidel Castro en el Cuartel Moncada de Santiago de Cuba el 26 de julio de 2008. Se organizaron numerosas festividades en la ciudad para conmemorar el 55 aniversario del asalto al Cuartel Moncada por Fidel Castro.

Por: Germán Sánchez Otero

 *(Resumen del libro homónimo, del propio autor, publicado por Casa Editorial Ruth, La Habana, 2025)

 

I

“Por la noche di una pequeña charla sobre el significado del 26 de Julio; rebelión contra las oligarquías y contra los dogmas revolucionarios”. Trece días antes de que el Che escribiera esta luminosa idea en su Diario de Bolivia el 26 de julio de 1967, tuve el deleite de escuchar una exposición testimonial y analítica de Haydee Santamaría sobre el Moncada, en el teatro Manuel Sanguily de la Universidad de La Habana.

El tono coloquial y sus encantos humanos, mujer de miel y brasas, nos imantó a todos los que estábamos allí, la mayoría estudiantes y profesores de Ciencias Políticas y un grupo de jóvenes profesores de filosofía marxista, entre los que me encontraba. Tenía entonces 21 años y oír y ver de cerca a la heroína del Moncada, con su humildad y sencillez, a la vez colmada de sabiduría, impactó mí espíritu.

Haydee habla del Moncada, tituló ella después tal excepcional disertación, que nos aportó anécdotas, ideas sustantivas y muchas emociones sobre el crucial suceso. En mí, además, provocó de súbito el reto de sumergirme en ese evento histórico, para conocerlo mejor y tratar de despejar ciertos enigmas emanados de su charla. Por ejemplo, cuando soltó sin avisar: “Allí fuimos siendo martianos. Hoy somos marxistas y no hemos dejado de ser martianos”. ¿Cómo explicar este acertijo?, me pregunté, y comencé a indagar…

En respuesta a tal incógnita, salió una primera aproximación en agosto de 1969, en la revista Pensamiento Crítico, que titulé El Moncada, asalto al futuro.  Fue así que volví a sentir el pálpito de Haydee en aquella noche mágica, al terminar diciéndonos: “Es que mientras más pasan los años, más grande se hace ese hecho (…). Entonces, nos será más difícil cada día hablar del Moncada”.

Tal idea ha sido confirmada por el devenir del tiempo, junto a otra de Fidel, expresada el 26 de julio de 1963: “¡Esta fecha tiene valor no como hecho que se proyecta hacia el pasado, sino como hecho que se proyecta hacia el porvenir!”.

El futuro que mencionó Fidel hace 60 años, por ahora, es el tiempo presente. Y desde nuestras realidades y desafíos de hoy, en Cuba y allende los mares, nos corresponde rememorar e interpretar aquel estallido de luz, que iniciara el tránsito hacia una nueva época nuestra americana.

FIDEL: CAYO CONFITES Y EL BOGOTAZO, DOS HITOS ANTES DEL MONCADA

II

Motivado por más de medio siglo de procurar entender tal jalón de la historia nacional, que expuse en algunos ensayos, artículos y conferencias, decidí tejer este libro desde una mirada actual. Pretendo en él sintetizar y enriquecer las ideas principales que he formulado desde 1969, respecto al crucial hito. Sé que ese texto es, a lo sumo, una escueta página de la inmensa obra colectiva acumulada sobre el 26 de julio hasta la fecha, en Cuba y en otros lares.

¿Cómo explicar el inagotable interés por revisitar tal evento histórico, a fin de desentrañar sus orígenes, significado y vigencia? ¿Será porque en la genética política y ética del asalto simultáneo a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes, existen claves perdurables que no debiéramos jamás obviar en el proceso de recrear, una y otra vez, la Revolución Cubana y el proyecto socialista que, en rigor, nació en el Moncada?

¿Acaso será, además, porque subsisten destellos de ese amanecer, que pueden resultar pertinentes a futuras y presentes acciones y proyectos emancipadores? Como ocurriera en nuestra patria aquel 26 de julio de 1953, las próximas y actuales revoluciones, ¿no deberían retar siempre el sentido común, ser heréticas, originales, y brotar del coraje, la audacia inteligente, la defensa sin subterfugios de la independencia nacional, y el amor solidario a los pobres de la Tierra?

La Revolución Cubana que comenzó el 26 de julio de 1953, sobrevino de un largo proceso de luchas del pueblo, resumidas en sus expresiones más insignes: las guerras de independencia de 1868–1878 y 1895–1898, el pensamiento y la acción revolucionarios de José Martí, y las diversas peleas de clases durante el siglo xx, cuyas marcas emblemáticas fueron las sucesivas lidias de trabajadores, campesinos, estudiantes e intelectuales y el liderazgo de varias figuras; entre las que destacan Julio Antonio Mella, Antonio Guiteras, Rubén Martínez Villena,  Pablo de la Torriente Brau, Jesús Menéndez y Eduardo Chibás.  Siendo la llamada Revolución del Treinta, el hito más inmediato del Moncada: fuente de lecciones positivas y negativas, de un especial valor para los iniciadores del nuevo lapso revolucionario en 1953.

¿Por qué no deja de ser insólita la decisión de aquel grupo de jóvenes de “tomar el cielo por sorpresa”, la mayoría armados con escopetas y fusiles de cazar, de pequeño calibre y alcance, a fin de iniciar la revolución necesaria concebida por José Martí?

Tal metáfora, ideada una década después por uno de ellos –Raúl Castro Ruz, de 22 años– está colmada de significados. Ese proyecto martiano fue cortado de un tajo en 1898 con la intervención y ocupación de Cuba por Estados Unidos y luego, hasta enero de 1959, mediante un formato neocolonial. Los antecedentes históricos del 26 de julio son, por consiguiente, diversos y abarcan varias etapas.

Pretendo en esta obra analizar algunos aspectos de la dominación imperialista y del conflicto de clases en la sociedad neocolonial cubana, durante los 20 años anteriores al 26 de julio de 1953. Y examinar varias dimensiones de este suceso, preludio de una nueva época en nuestra América, ocurrido dos décadas después de sucumbir la revolución de 1933, las que previamente evalúo.

Elegí esa veintena de años, para ayudar a reconstruir las circunstancias históricas más cercanas a la fecha en que se inicia la Revolución Cubana. Pero aclaro: aunque necesito exponer numerosos datos y referencias históricas, deseo advertir que no intento abarcar y evaluar todos los hechos y procesos del período 1934–53.

EVOCACIONES DE FIDEL EN TORNO AL 26 DE JULIO (I)*

III

El texto abarca cuatro capítulos. En el primero, me refiero a las corrientes políticas burguesas de más significación en América Latina entre las décadas de 1930 y 1950 del pasado siglo. Ofrezco una valoración acerca del nacionalismo populista burgués de esos años, sus orígenes, los alcances de tal proyecto histórico y las causas de su frustración como alternativa reformista en la región.

Y adelanto mi interés en que los lectores se pregunten: ¿Tal fenómeno político latinoamericano y el modo en que se expresa en la Cuba de los años 1934–1953, puede o no ser comparable, mutatis mutandis, con determinados movimientos y gobiernos progresistas latinoamericanos y caribeños del presente siglo?

En todo caso, tal “progresismo” en su expresión cubana de aquella época, recibió una estocada mortal el 26 de julio de 1953. Pero en el apogeo de su crisis, paradojas excitantes de la historia, constituyó un factor político y ético sumamente importante en el origen de la Revolución Cubana. Y ello encierra lecciones de valor actual y futuro para los proyectos revolucionarios en nuestra América, tema que queda abierto a las interpretaciones de los lectores.

 

IV

Luego de establecer el marco del análisis a escala continental, en el segundo capítulo examino la naturaleza de las relaciones económicas de los grupos financieros norteamericanos y la burguesía neocolonial cubana. Selecciono los dos ejes principales de la dominación económica imperialista en Cuba: la estructura del comercio exterior y la composición de las inversiones. Estos dos factores permiten identificar el entorno económico esencial que determina las contradicciones y límites del nacionalismo populista burgués en nuestro país, y también facilitan explicar por qué no es posible una solución reformista a la dependencia externa y el subdesarrollo de la neocolonia cubana.

La idea central es la siguiente: la estructura del comercio exterior cubano y la política inversionista de los monopolios estadounidenses, reproducen y refuerzan la monoproducción azucarera de un modo tal, que impiden cualquier alternativa de desarrollo industrial al sector de la burguesía que intenta restructurar el sistema neocolonial. Evitándose, por ende, que esa fracción del capital fuese capaz de sustentar y hacer viable un proyecto nacional–populista, como ocurriera en algunos países de la región (sobre todo en Brasil, Argentina y México).

Tal enfoque contribuye a desentrañar algunas de las principales contradicciones y singularidades del régimen neocolonial cubano en el período 1934–1958.

Fidel, Caracas, 1959: un discurso temprano y un disparo al futuro

V

Esa mirada permite explicar también el origen y la evolución de los movimientos políticos burgueses de mayor repercusión en la historia de la República: el “autenticismo” (Partido Revolucionario Cubano, PRC) y la “ortodoxia” (Partido del Pueblo Cubano, PPC). Es ese el tema del tercer capítulo.

La composición clasista de tales partidos de estilos populistas, sus inconsecuencias y límites, demuestran en el ámbito político la impotencia de la burguesía no azucarera para desarrollar en Cuba un proceso industrial similar a los que suceden en otras naciones de la América Latina en el mismo período. E imponer su hegemonía –siquiera temporal–, por medio del control del aparato estatal y de una reestructuración parcial de las relaciones de dependencia neocolonialistas.

Estos movimientos políticos transparentan en sus programas, en la composición de clases que representan y en su acción política, la crisis que atravesaba la dominación imperialista–burguesa en Cuba durante aquellos años. Y muestran a su vez, la inviabilidad de los objetivos reformistas de tales partidos, debido al riguroso control foráneo de la economía y a las insolubles deformaciones de ella en el contexto neocolonial.

La no factibilidad de estos movimientos populistas para reestructurar el sistema dependiente cubano, impulsar cierto desarrollo económico sobre la base de la industria sustitutiva de las importaciones y generar una redistribución del ingreso, los lleva rápidamente a la bancarrota.

El Partido Revolucionario Cubano (Auténticos) moviliza a las masas populares para legitimar su proyecto reformista, pero no puede cumplir, durante ocho años de gobierno (1944–1952), el programa y los valores políticos que enunciara.

Por su parte, el Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo), que nace de la crisis del autenticismo, también como resultado de las discordancias estructurales apuntadas y de sus limitaciones clasistas –entre otras, el temor a la movilización armada del pueblo y a la destrucción y reemplazo del aparato militar–, es incapaz de enfrentar el golpe de Estado de 1952. Frustran así las aspiraciones de varios sectores populares, que creyeron en “la ortodoxia” como alternativa política idónea para triunfar en las elecciones de junio de 1952 y emprender las reformas y el saneamiento estatal prometido por el PPC (O).

No obstante, a consecuencia de tal dinámica política, el autenticismo primero y la ortodoxia después, suscitan expectativas reformistas muy fuertes –radicales y hasta de inclinación antimperialista y con ingredientes socialistas en algunos grupos juveniles de la ortodoxia–, que influyeron de forma significativa en los sectores medios y en amplias masas del pueblo.

¿Por qué el “autenticismo” y la “ortodoxia” representan los movimientos políticos de mayor arraigo y repercusión en la mayoría del pueblo, durante la historia de la República? Intento responder tal pregunta y detengo la atención en la ortodoxia y su líder Eduardo Chibás, pues la crisis de ese partido en los años 1952–1953, se vincula a los orígenes del proceso revolucionario que sobreviene con los asaltos a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes, el 26 de julio de 1953.

 

VI

El cuarto y último capítulo está consagrado a ese episodio medular, en tanto que inicio de la Revolución Cubana. Abordo los dos principales significados del 26 de julio:  ruptura con el sistema político vigente en 1953 y génesis del proceso revolucionario en la década de 1950.

La idea matriz es la siguiente: el Moncada es un  hito decisivo del proceso revolucionario cubano, debido a que en él se encuentran los componentes y experiencias que se desarrollan en la siguiente etapa de la lucha por el poder, como condiciones de su triunfo: estrategia armada; lucidez táctica; ideología y programa político de raigambre nacional y  anchura universal;  ética martiana; arresto combativo; organización dinámica y conspirativa; unidad y estricta disciplina, sustentadas en valores compartidos; la existencia de un eficaz grupo de dirección, y un líder excepcional.

En el final del texto, se proponen ideas sobre varios temas polémicos. Por ejemplo: ¿Qué formas adopta el nexo de los iniciadores del nuevo proyecto revolucionario con el PPC (O), y cuándo y cómo supera el proceso revolucionario al movimiento ortodoxo   –o si nació superándolo–? ¿Por qué tiene vigencia el ideario del Apóstol en el acontecer revolucionario cubano de los años 1950 y cómo se concientiza este en los jóvenes del Centenario de su nacimiento?  ¿Por qué los asaltantes de los cuarteles Moncada y Céspedes –salvo algunas excepciones– no podían ser marxistas en el año 1953, y por qué, para emprender la vía revolucionaria pueden, y deben, identificarse con el pensamiento político y la ética de José Martí?

Orígenes y vigencia del pensamiento político de Fidel

VII

En ese último capítulo, muchas veces subyace el apotegma de Haydée Santamaría que le escuché en el teatro Sanguily: “Al Moncada fuimos siendo martianos, hoy somos marxistas y no hemos dejado de ser martianos”. Entre otras incógnitas, incluyo y ofrezco mi opinión sobre la siguiente: ¿Por qué la estrategia y el quehacer de los moncadistas, es incompatible en ese momento con las posiciones del Partido Socialista Popular, o sea, del partido comunista cubano de ese tiempo, al que, por otra parte, siempre respetaron por sus méritos?

Para razonar ese polémico e ineludible asunto, evoco primero la pregunta de Ignacio Ramonet a Fidel en 2006: “¿Usted nunca estuvo en el Partido Comunista?”. Y la respuesta concisa de este, cargada de sentido: “No. Y fue algo bien calculado y muy bien analizado”.

La asunción por los jóvenes de Centenario del ideario martiano y la energía ética y espiritual que  les insufla Martí  (Apóstol, Maestro…), el nexo político y moral de ellos con Eduardo Chibás, la influencia de la historia revolucionaria cubana y, además, el conocimiento por algunos de obras esenciales de Marx y Lenin –en particular Fidel, Abel y Raúl–, le imprimen a la lucha de los moncadistas una perspectiva que supera el marco  burgués del populismo ortodoxo y de todos las demás entes políticos de la República, cooptados o neutralizados por el régimen neocolonial.

El triunfo revolucionario del 1 de enero de 1959 trajo consigo el acta de defunción del nacionalismo burgués populista en Cuba: el pueblo encuentra en la revolución social, el único proyecto que, tras un proceso de radicales cambios del sistema de dominación, y de mutaciones del protagonismo y de la mentalidad del pueblo involucrado en el ejercicio del poder, podía resolver sus más caras aspiraciones y necesidades.

El 26 de julio es la fecha clave de tal mudanza histórica, de alcance nuestro americano, y a ella consagro una parte sustantiva de la obra.  La estrategia –lucha armada– y el proyecto de cambios (iniciales) que asume el Movimiento 26 de julio –La Historia me absolverá–, lo colocan en una dimensión política cualitativamente superior a los movimientos reformistas de América Latina de aquel tiempo histórico.

Por añadidura, si se compara con otros entes y procesos semejantes, hasta nuestros días, incluidos varios de los ahora llamados partidos y gobiernos “progresistas”, saltan a la vista esenciales diferencias de estos con aquel movimiento revolucionario, en su fase embrionaria y en el instante de la súbita luz.

Al cabo de su primer intento operacional fallido, los combatientes del 26 de julio no vacilaron en continuar su empeño.  Tras intensas y multifacéticas luchas populares, demostraron que la estrategia adoptada en 1953 a fin de conseguir el poder por la vía armada era la correcta.  Y luego, el consecuente empleo de esta decisiva palanca del viraje hegemónico, con el protagonismo popular, marcaron la diferencia por siempre respecto a todas las variantes reformistas y “progresistas” en nuestra América.

¿Acaso no es esa razón suficiente para descifrar los aportes vigentes del Moncada a auténticas revoluciones, en este tiempo nuestro americano de encrucijadas, oportunidades y espejismos?

 

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