Por Fernando M. García Bielsa
Las elecciones de este año en Estados Unidos, llamadas de medio término dado que se efectúan a mitad del mandato presidencial de cuatro años, se llevarán a cabo el 3 de noviembre de 2026. Aunque estos comicios no ponen en la lid al jefe de Estado, son cruciales porque determinarán la composición del próximo 120.º Congreso, renovando 34 bancadas del Senado y la totalidad de los 435 escaños de la Cámara de Representantes (aunque solo tres docenas de esas bancadas son realmente competitivas en estas elecciones).
Por lo general, el partido del presidente en ejercicio tiende a perder escaños durante las elecciones de medio término, lo que representa un desafío defensivo para los republicanos que ahora buscan mantener el control de ambas cámaras del Congreso.
El resultado definirá el margen de maniobra del presidente Donald Trump en el último tramo de su segundo mandato, pudiendo redefinir su presidencia y capacidad para impulsar su agenda legislativa. Una derrota republicana podría exponer a su administración a investigaciones o posibles procesos de impugnación e intentos de juicio político (impeachment) por parte de una mayoría demócrata. El equilibrio de poder en el Congreso será determinante para el futuro de políticas clave, como las regulaciones migratorias, el gasto público y asuntos comerciales.
La economía doméstica (inflación, tasas de interés y precios) es un factor decisivo para las opciones de los votantes. Históricamente, las elecciones generan volatilidad o cambios de tendencia en los mercados financieros, dependiendo de la certidumbre sobre la continuidad de las políticas económicas. Lo que ocurra este noviembre trazará buena parte del rumbo legislativo, económico y social de Estados Unidos para los últimos dos años de esta administración.
Algunos consideran que el curso agresivo y autoritario que caracteriza la gestión del presidente tanto en política exterior como doméstica no se debe solo a su arrogancia sino, en parte, a su intención de sobreponerse a las dificultades que enfrenta y para mantener la iniciativa algo forzada de su gobierno. Además, ante los desafíos y los efectos de la declinación que se manifiestan en el país en varios ámbitos.
El legado de Trump: una presidencia descontrolada y una guerra que podría sobrevivir a él
Los sondeos nacionales muestran una carrera muy reñida a pocas semanas de la votación y, reiteradamente, indican una baja popularidad del presidente Trump, entre otras razones, debido a la inflación y al desempeño de la economía, así como dado el rechazo mayoritario a la guerra contra Irán. Es difícil predecir el resultado. Algunas encuestas recientes reflejan una competencia muy ajustada dependiendo del estado y el distrito.
Tales pesquisas tienen un valor relativo como indicadores, particularmente para elecciones en que no está en juego la presidencia – como es este caso -, debido a que no se puede medir el efecto que tendrá la baja concurrencia electoral prevista, y cuánto pesará el rechazo a Trump o la apatía de parte del electorado demócrata en las votaciones locales, en solo unas pocas docenas de distritos donde se prevén sufragios competitivos.
Mucho del voto de la clase trabajadora blanca obtenido por los republicanos en elecciones anteriores, pudiera abandonarlos en estos próximos comicios, quizás más como abstenciones que para pasarse a los demócratas.
Por otro lado, las encuestas muestran que el apoyo público al Partido Demócrata ha caído a mínimos históricos, con solo una cuarta parte del electorado con una opinión positiva del partido. Esto se debería a una combinación de décadas en las cuales la influencia corporativa ha capturado las directivas del partido, las demandas de su tradicional base de trabajadores han sido relegadas, a la vez que su postura belicista en política exterior no concuerda con un público estadounidense cansado de la guerra.[1]
El liderazgo del Partido Demócrata y su vieja guardia mantienen un enfoque político elitista y fórmulas políticas anticuadas. Su continua negativa a distanciarse de las élites ricas y el militarismo han alienado a gran parte de sus bases de apoyo. Una nueva generación de políticos se percata que la situación ha cambiado y comprende que su éxito radicaría en un tipo de política muy diferente de la seguida por el Partido.
Ha concitado una gran atención recientemente en el debate público el empuje mostrado y las repetidas victorias obtenidas en las elecciones primarias internas una emergente y pujante ala progresista dentro del Partido Demócrata, en desafío a los burócratas conservadores que dominan los órganos nacionales del partido. Es lo que llaman la irrupción del socialismo democrático; toda una nueva hornada de figuras mayormente jóvenes, cuyos referentes más notorios son el Senador Bernie Sanders, la congresista Alexandria Ocasio-Cortez y el nuevo alcalde neoyorquino Zohran Mamdani.
¿Por qué los progresistas están ganando en todo Estados Unidos? No es complicado
Una ventaja de los republicanos es que en la actualidad cuentan con la mayoría de las legislaturas y las gobernaciones estatales. No obstante, para el Partido Demócrata las posibilidades podrían ser mayores en las elecciones para gobernadores, donde los candidatos tienen mayor margen de maniobra para diferenciarse de la débil imagen nacional del partido.
En ese sentido, deben considerarse declaraciones de Sanders al Times: “Si hay alguna esperanza para los demócratas, estaría en tender puentes, abrir las puertas y dejar entrar a la gente de clase trabajadora, dejar que el liderazgo de la clase trabajadora se incorpore al partido”.
Existe un fuerte apoyo público en pro de importantes reformas progresistas, como el aumento de impuestos a las grandes corporaciones y a los ricos, la eliminación del límite máximo de las cotizaciones a la Seguridad Social, el aumento del salario mínimo federal y la ampliación considerable de Medicare.
Algunos elementos y prácticas habituales en el rejuego electoral
Como una práctica, desde hace decenios, ambos partidos oligárquicos impulsan mecanismos extra constitucionales para limitar el derecho al voto, acuden a acciones y jugadas sucias, intensificadas con el uso de una combinación de tecnología informática e intimidación al votante. Se conoce que en cada proceso electoral la abstención ronda en torno al 50% del electorado. De ellos, varios millones de personas debido a que fueron excluidas de ejercer su derecho al voto.
Trump no ha ocultado su deseo de interferir en la forma en que se llevan a cabo las elecciones de medio término y ha reiterado que el gobierno federal debería centrarse en los procedimientos de votación en ciudades con una fuerte presencia demócrata.[2] Incluso algunos analistas han sugerido que el presidente, podría intentar declarar algún tipo de emergencia nacional para tomar el control de las elecciones, lo cual sobrepasa sus atribuciones constitucionales.
Simultáneamente la administración está actuando para intimidar a los votantes demócratas, avivar los temores de que haya votación ilegal por parte de no ciudadanos, inducir purgas en los listados de electores, vías para dificultar la asistencia a las urnas de las clases populares y las minorías, e incluso hacer más difícil su registro electoral o lograr que el servicio postal demore la distribución de las boletas de votación.
Tanto aspectos estructurales de su sistema electoral, como la manipulación y el ejercicio obsceno por parte de quienes ostentan el poder a distintos niveles, redundan en prácticas que distorsionan o impiden la participación y el acceso a las urnas de millones de votantes. Se repiten las circunstancias en las cuales quienes intentaron votar no pudieron, debido a las leyes de identificación de votantes, el cierre de centros de votación, la verificación de firmas, el rechazo del voto por correo, la degradación deliberada de los distritos electorales de barriadas negras y latinas. En cada elección y en todas sus regiones, hay siempre un número considerable de electores que, al momento de presentarse para ejercer su voto, encuentran que sus nombres ni siquiera aparecen en las listas del registro de votantes.
Otro ángulo determinante del sistema electoral es el alto costo de las campañas, con recursos que sólo los pueden obtener quienes concurren como demócratas o republicanos.
La licencia otorgada a las entidades empresariales, financieras y plutocráticas para hacer donativos ilimitados, de espaldas al electorado, permite en la práctica garantizar que, en su integración, el parlamento (la Cámara de Representantes y el Senado) sea una pieza dócil y alineada con los intereses y la agenda legislativa de la clase dominante.
En comparación con unas cuatro décadas atrás el costo de las campañas electorales ha venido creciendo en progresión geométrica. A la par con ello aumenta el predominio plutocrático en el financiamiento de las mismas. El 80% de las contribuciones de las campañas electorales proviene de los más ricos, o sea, de una fracción del 1% de los estadounidenses.
Resulta escandaloso que dos tercios del dinero empleado en las campañas proviene de “corporaciones fantasmas” y de grupos con fondos de oscura procedencia (dark money), es decir, entes políticos no lucrativos a los cuales no se les exige revelar qué corporaciones o individuos están detrás, los que pueden invertir cantidades ilimitadas de dinero bajo el cínico argumento de que se trata de un derecho de libre expresión.
Los republicanos han estado enfocados en defender y arrebatar distritos estratégicos para consolidar su mayoría, mientras que los demócratas buscan capitalizar cualquier caída en la popularidad presidencial para recuperar el control de una o ambas cámaras.
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El mañoso proceso al diseñar los distritos electorales
El fuerte pugilato bipartidista que se produce a la hora de delimitar los distritos electorales; un proceso, entre muchos, que brinda gran posibilidad de fraude electoral, algo siempre presente en el panorama político estadounidense.
Se trata de artimañas y rejuegos que utilizan ambos partidos oligárquicos para “halar las brasas hacia su sartén” a fin de pre configurar de antemano la obtención de una mayoría en la Cámara de Representantes. Se impulsa la creación de los llamados “distritos electorales seguros”, donde la oposición pueda ser descartada y los resultados estar prefabricados. Son acciones y jugadas sucias para reconformar el mapa electoral, el contorno de los distritos a conveniencia del partido que cuenta allí con la mayoría legislativa.[3] Generalmente se logra al trazar limites que concentran al mayor número posible de votantes afines, así como dispersar al resto – generalmente ciudadanos de las minorías étnicas – hacia otros distritos donde su peso electoral es reducido. Es un proceso conocido como gerrymandering. Ha habido, para estos asuntos, incluso, dictámenes favorables de la Corte Suprema.
Aún se desconocen los resultados finales de esa batalla en las distintas regiones, ni en qué medida pueda alterar el balance de fuerza en el nuevo Congreso.
En principio, los límites de las circunscripciones se deberían rediseñar cada cierto tiempo para reflejar los cambios de población medidos por el Censo que realiza el gobierno federal cada decenio.
Baluartes demócratas, como Nueva York y California, han estado perdiendo población frente a Florida, Texas, Idaho y otros estados liderados por los republicanos. Según tendencias demográficas que favorecen a ese partido, muchos votantes y personas de posiciones conservadoras se mudan a estados con mayorías de población blanca, menor costo de la vida, y menores regulaciones de gobierno, y dejan detrás regiones donde los recién llegados son hispanos, negros o asiáticos.
Una encuesta reciente de Reuters/Ipsos reveló que la mayoría de los estadounidenses se opone a la manipulación partidista de los distritos electorales, y expresan preocupación de que la llamada democracia estadounidense esté en peligro.
En resumen, como es sabido, la realización de elecciones periódicas cumple la función de legitimar el orden existente y proveer a un sistema plutocrático una fachada democrática. En ellas se canaliza y limitan las expresiones políticas, se atemperan las reivindicaciones sociales y de clases, y se logra que durante las largas y repetidas campañas la atención se concentre más en el proceso mismo y menos en las cuestiones sustantivas que están en juego.
Al final, la competencia política se reduce a un asunto de engatusar a los ciudadanos, e incluso a infundirles temores, sin que en el escrutinio en sí haya mucho en juego, salvo legitimar la instalación en el cargo del político quizás más hábil – y no necesariamente el más calificado – entre los dos que concurren, siempre representando a la élite del poder económico.
[1] https://theconversation.com/democrats-have-a-working-class-voter-problem-that-progressives-like-abdul-el-sayed-are-still-struggling-to-solve-289294 . También, The American Prospect: https://sare.google/IDRLQiCcnuXZwTDn3
[2] https://www.dw.com/es/trump-vuelve-a-sembrar-dudas-sobre-el-sistema-electoral/a-7799700
[3] Brennan Center: https://share.google/Mu5ha7teQhmRHBs9r
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