Por Germán Sánchez Otero
I
Los aportes de la Revolución Cubana a la teoría de la revolución social en las condiciones de nuestro continente, que Che sistematizó en sus escritos, han sido objeto de deformaciones desde la izquierda y desde la derecha.
En el campo de la izquierda, tras el rechazo a la supuesta “teoría del foco” muchos ocultaban no el buen motivo de evitar errores derivados de una simplificación “foquista” de la experiencia cubana, sino la justificación de la inercia, de los dogmas cuestionados definitivamente por el triunfo de 1959 y el rechazo a la vía armada como estrategia de lucha histórica válida para alcanzar el poder.
Por su parte, los enemigos de la revolución, apoyándose en sus propias tergiversaciones del pensamiento del Che al respecto y utilizando además las que realizaban intelectuales y dirigentes de la izquierda, inundaron el mercado de libros, revistas y periódicos con una falacia reiterada: la “teoría del foco del Che” es un fracaso. Y con ella, todas sus ideas de transformación revolucionaria de la sociedad burguesa.
¿Cuáles son las distorsiones más reiteradas? Un resumen es el siguiente: Che es el creador de la “teoría del foco”, derivada del análisis de la experiencia cubana; su concepción estratégica de lucha “foquista” no toma en consideración las realidades concretas de los diferentes países latinoamericanos; es subjetivista y voluntarista, pues no admite la necesidad de condiciones objetivas para emprender la lucha revolucionaria; es vanguardista, no vela la necesidad del combate de las masas, atribuyéndole a los campesinos y no al proletariado el papel decisivo y conductor del proceso revolucionario; cree que no es necesario un partido para dirigir la revolución y que ese papel le corresponde a la guerrilla, subordinando así lo político a lo militar; es idealista y romántico, lo que se expresaría, por ejemplo, en su concepción acerca del carácter continental de la lucha revolucionaria; sus ideas foquistas y su personalidad fatalista lo llevaron a la muerte en Bolivia; allí quedó demostrado el fracaso de la “teoría del foco” y de las demás tesis del Che para hacer la revolución.
Entre los analistas de derecha, con frecuencia las opiniones son más grotescas, irrespetuosas y muchas se inscriben en líneas conscientes de distorsión de la vida y la obra del Che. Son de considerar, por otra parte, las torceduras y las interpretaciones superfluas que manifiestan pensadores y dirigentes políticos de la izquierda. Y no se trata del disenso fraternal y respetuoso con unas u otras ideas del Che. Tampoco él hubiera deseado que le exceptuasen de su regla de oro teórica: la continuidad en los ideales y en los presupuestos conceptuales, junto a la permanente renovación de las ideas del marxismo. Hay, por ejemplo, aspectos del proyecto boliviano efectivamente controvertibles (1), y afirmaciones suyas no aceptables en sí mismas o necesitadas de un desarrollo teórico.
También es posible identificar una u otra idea suya equivocada, aún en aquellas circunstancias o que son para el tiempo de hoy extemporáneas. El propio Che, de sobrevivir a la experiencia boliviana, habría sido el analista más riguroso de esa experiencia como también de todo su pensamiento, a casi 70 años después del triunfo revolucionario en Cuba. Examinar críticamente el ideario del Che es, pues, ser guevarista, es asumir el marxismo como él lo practicó y nos enseñó.
Blog América se vierte al Che en su IV entrega (nota editorial)
II
Es paradójico: ningún autor fuera de Cuba ha expuesto las ideas del Che sobre la revolución social en América Latina, basándose en el examen del conjunto de sus textos publicados que aluden al tema.
La mayoría de las veces sólo es visible el análisis de “La Guerra de Guerrillas” y de la “Guerra de Guerrillas: un método”. A ellos se incorpora, con similar frecuencia, “Mensaje a los pueblos del mundo a través de la Tricontinental”. Es poco común la consideración de los siguientes textos: “Cuba: ¿excepción histórica o vanguardia en la lucha contra el colonialismo?”, “Notas para el estudio de la ideología de la Revolución Cubana” y “Proyecciones sociales del Ejército Rebelde”.
Hay dos esenciales que virtualmente se desconocen: “La influencia de la Revolución Cubana en América Latina” y “Táctica y estrategia de la Revolución Latinoamericana”. También han sido obviados su “Discurso en Punta del Este”, Uruguay, la Conferencia de prensa que ofreció en Montevideo y la que hizo al regresar a Cuba desde esa ciudad luego de participar en la Quinta Sesión Plenaria del Consejo Interamericano Económico y Social. Muy raramente se menciona su “Discurso en la Universidad de Montevideo”, y se desconoce su “Conferencia en el Programa televisado ‘Face The Nation’“, así como la “Entrevista de prensa para el semanario Revolution Afrícane”.
¿Es válido escribir sobre las concepciones guerrilleras del Che o criticar su estrategia revolucionaria, sin tomar en consideración sus apreciaciones históricas, sociológicas, económicas y políticas contenidas en esos y otros trabajos suyos?
Es necesario examinar la obra íntegra del Che para hacer un juicio certero sobre sus conceptos acerca de la revolución social en América Latina y el Caribe. Su manera de interpretar el imperialismo y el subdesarrollo, las clases y sus luchas, el papel del Estado y el carácter de la Revolución, es totalizadora y coherente.
Ese cuerpo teórico es la sustentación de sus ideas sobre estrategia y táctica. Y es inseparable de su visión de la historia latinoamericana, de sus vivencias juveniles en el continente, de su participación en la lucha insurreccional en Cuba y de su desempeño como dirigente en la Revolución cubana.
De la percepción que él tiene sobre la sociedad latinoamericana y del escenario mundial, nace la certeza suya sobre la posibilidad del cambio revolucionario de naturaleza socialista en el continente y se derivan sus concepciones sobre cómo alcanzar ese objetivo (2).
III
¿Cómo influyen, en la exposición de sus ideas, el debate de aquellos años en el movimiento revolucionario regional? ¿De qué modo debemos valorar hoy las relaciones entre el pensamiento del Che y las ideas que predominaban entre las fuerzas de la izquierda latinoamericana, con las cuales debió confrontar sus opiniones?
Cuando las ideas revolucionarias estaban siendo interpretadas desde una óptica fatalista y a la voluntad de los luchadores no se le reconocía un rol significativo en la historia; cuando toda acción debía adecuarse a la maduración por venir de condiciones objetivas y la posibilidad del triunfo de una revolución auténtica quedaba pendiente una y otra vez, diluida por concesiones y apreciaciones “dialécticas”, las tácticas infinitas de acumulación de fuerzas que incluían los compromisos temporales de clase… En fin, cuando el quehacer cotidiano de tejer y tejer el futuro obstruía la mirada y no permitía ver la posibilidad real de alcanzar el poder íntegro del Estado, hacía falta una “rebelión contra la oligarquía y contra los dogmas revolucionarios” (3). Ese fue el sendero de la Revolución Cubana.
Manuel Piñeiro: “El Che nunca se sintió ni derrotado, ni desmoralizado”
El pensamiento del Che tiene la huella de la refutación necesaria a tales diques conceptuales, que después de hacerse añicos por el triunfo aleccionador de enero de 1959 adoptaron una nueva y peligrosa forma: excepcionalizar a Cuba.
¿Cuáles eran las ideas prevalecientes en la izquierda latinoamericana y caribeña durante aquellos años? Con variantes temporales y nacionales, la mayoría de esas fuerzas –agrupadas sobre todo en los partidos comunistas– consideraban que la revolución en América Latina era de carácter nacional, democrático, antifeudal, agrario y antiimperialista.
La contradicción imperialismo–nación es predominante para esa supuesta primera etapa. Por ende, debía constituirse un frente político que abarcara a la clase obrera, a los campesinos, a las capas medias y a la burguesía nacional. Bajo esta estrategia, la lucha radical entre explotados y burgueses debía postergarse para la etapa siguiente de la revolución, la socialista.
La vía armada no se consideraba necesaria, al menos durante la primera etapa de la Revolución: las tareas en ese lapso son la reforma agraria, la nacionalización de las propiedades extranjeras esenciales y la más amplia democracia. La burguesía desempeñaría el papel central, apoyada por las fuerzas populares, que seguirían acumulando fuerzas hasta lograr, dirigidas por el proletariado, asumir el poder y conducir a la Revolución hacia la segunda etapa, de complexión socialista.
He sintetizado los anteriores conceptos, con el único fin de indicar el porqué de la insistencia del Che en algunas nociones y en determinadas lecciones de la Revolución Cubana. Él comienza así su primera obra en la que aborda el tema: “La victoria armada del pueblo cubano sobre la dictadura ha sido, además (…) un modificador de viejos dogmas sobre la conducta de las masas populares de la América Latina” (4) y sigue con la enumeración de los tres aportes fundamentales que hizo nuestra Revolución. Por eso consagra el ensayo “Cuba, excepción histórica o vanguardia en la lucha anticolonialista”, a analizar el problema de si ella era o no una excepción en América Latina y en casi todos sus demás trabajos y discursos sobre el continente, transparenta ese imprescindible debate.
¿Es una reiteración infundada o se trata de una insistencia pedagógica? Esto último sí, pero no sólo eso: hay una polémica subyacente –a veces explícita– con los conceptos predominantes en la izquierda antes de 1959 y una crítica pertinaz a la intención de querer hacer de Cuba una excepción.
Lucha ideológica y teórica en el ámbito del movimiento revolucionario y enfrentamiento político al imperialismo y a la ideología burguesa: tales fueron las coordenadas que guiaron el pensamiento del Che sobre la revolución social en nuestra América.
Desde tal perspectiva se comprende su insistencia en refutar a los “excepcionalistas” y el énfasis en rescatar el valor de la experiencia revolucionaria cubana para América Latina.
Por supuesto, sería dogmatizar al Che aplicar de manera extemporánea algunas afirmaciones o tesis suyas, en las actuales circunstancias políticas del continente y del mundo. Che nunca redujo nuestra experiencia a una repetición mecánica: “La Revolución Cubana ha mostrado una experiencia que no quiere ser única en América”. Y criticó a quienes “tratan de implantar la experiencia cubana sin ponerse a razonar mucho si es o no el lugar adecuado” (5). Tales advertencias del Che han sido confirmadas por las diversas experiencias acumuladas en estos años de luchas populares y revolucionarias en todo el continente.
IV
Hay un estereotipo, Che–foquista, que es culpable por sus argucias visibles: vanguardista, ajeno a la lucha de masas, desprecio por las acciones cívicas, apego fanático a la violencia y voluntarista, pues no considera las circunstancias objetivas para iniciar el combate revolucionario.
¿Qué piensa en verdad Che? Hay muchas afirmaciones suyas reiteradas precisamente por las razones antes señaladas, que responden por sí solas esas alteraciones de su obra: “Es importante destacar que la lucha guerrillera es una lucha de masas, es una lucha de pueblo” (6). Esa misma consideración, con palabras semejantes, la encontramos al menos en diez lugares diferentes de sus escritos (7).
¿Por qué estas críticas no se refieren a su concepción sobre la dialéctica guerrilla–ejército popular? Más aún: el término “ejército popular” no aparece mencionado en muchos autores. La intención es clara, pues al aludir sólo a la “guerrilla” se minimiza la fuerza de esta, se presenta sin desarrollo frente al ejército enemigo y desvinculada de la masa.
Che, sin embargo, no deja espacio para las ambigüedades: “Queda bien establecido que la guerra de guerrillas es una fase de la guerra que no tiene de por sí oportunidades de lograr el triunfo” (8). “Ahora bien, es preciso apuntar que no se puede aspirar a la victoria sin la formación de un ejército popular” (9).
Este enfoque encara el tema –común en aquellos años– de las condiciones objetivas y subjetivas para sustentar una visión reduccionista del Che. ¿Cómo pensaba él? Ciertamente, sostenía que en América Latina existían las condiciones objetivas para la Revolución. Esa conclusión la dedujo de sus vivencias en el continente y de sus estudios –desde los años juveniles– de la historia y la sociedad contemporánea latinoamericana.
Pero de tal convicción fundada en un conocimiento científico, Che no deduce que sea posible en todas partes y en cualquier momento, iniciar la lucha armada: “Esa violencia debe desatarse exactamente en el momento preciso en que los conductores del pueblo hayan encontrado las circunstancias más favorables” (10).
“¿Cuáles serían éstas?” –se preguntó: “Dependen, en lo subjetivo, de dos factores que se complementan y que a su vez se van profundizando en el transcurso de la lucha: la conciencia de la necesidad del cambio y la certeza de la posibilidad de este cambio revolucionario” (11). A esos factores y a las condiciones objetivas, Che unía otro elemento también subjetivo: “la firmeza en la voluntad de lograrlo” y agregaba el último, de índole objetivo: “las nuevas correlaciones de fuerzas en el mundo” (12).
Por consiguiente, él siempre tuvo en cuenta el repertorio de factores a considerar en el inicio y desarrollo de la lucha armada y nunca abonó consignas, ni dogmas, ni clichés.
¿Por qué enfatizó la importancia de las condiciones subjetivas y el papel activo de la vanguardia? Si ello, por sí mismo, es válido, y se inscribe en su correcta interpretación de Marx y Lenin, había razones circunstanciales que explican esa perseverancia necesaria: frente a una “cultura política” de la espera y defensiva, el Guerrillero Heroico levantó junto a Fidel la cultura política de la voluntad y de la ofensiva: “El deber de los revolucionarios latinoamericanos, no está en esperar que el cambio de correlación de fuerzas produzca el milagro de la revoluciones sociales en América Latina, sino aprovechar cabalmente todo lo que favorece al movimiento revolucionario ese cambio de correlación de fuerzas y hacer las revoluciones” (13).
Por eso insiste: “Lo definitivo es la decisión de lucha que madura día a día, la conciencia de la necesidad del cambio revolucionario, la certeza de su posibilidad” (14).
Esta frase última no es una consigna: es una verdad histórica que resultaba imprescindible revitalizarla. Tal certeza no desconoce el complejo tejido de la estrategia y las tácticas: “Los revolucionarios no pueden prever de antemano todas las variantes tácticas que pueden presentarse en el curso de la lucha por su programa liberador. La real capacidad de un revolucionario se mide por el saber encontrar tácticas revolucionarias adecuadas en cada cambio de la situación, en tener presente todas las tácticas y en explotarlas al máximo” (15).
El afán de exaltar el papel de la lucha armada en la creación y desarrollo de las condiciones subjetivas de la revolución, lo llevó a exagerar en parte su significación: “Esas condiciones se crean mediante la lucha armada, que va haciendo más clara la necesidad del cambio” (16).
Si bien el ejercicio exitoso de la lucha armada hace más clara “la necesidad de cambio” y la visible derrota del ejército permite ver al pueblo como ningún otro factor la posibilidad de ese cambio, en la generación de las condiciones subjetivas de la revolución, antes y durante el avance decisivo que suscita la lucha armada, concurren factores diversos que no deben desestimarse. Che no desconoció tal realidad (17) y sus afirmaciones extremas como la antes citada, son explicables también a la luz de su opinión del imperativo de colocar en el lugar central a la lucha armada, que había sido relegada por los revolucionarios durante más de 20 años antes del triunfo cubano en 1959 y muchos se resistían después a aceptarla como una necesidad en determinadas circunstancias.
Esta apreciación no pretende justificar sino explicar ciertos extremos de sus ideas. La sustento en la valoración del conjunto de su obra. Por ejemplo, ¿niega la lucha cívica, incluso la lucha electoral? En varias ocasiones abordó el tema: “Sería error imperdonable desestimar el provecho que puede obtener el programa revolucionario de un proceso electoral dado; del mismo modo que sería imperdonable limitarse tan sólo a lo electoral y no ver a los otros medios de lucha, incluso la lucha armada, para obtener el poder (…) pues si no se alcanza el poder, todas las demás conquistas son inestables, insuficientes, incapaces de dar las soluciones que se necesitan” (18).
Dice: “Es lógico que todas las fuerzas progresistas no tengan que iniciar el camino de la revolución armada, sino utilizar hasta el último minuto la posibilidad de la lucha legal dentro de las condiciones burguesas” (19).
Aludió a las condiciones especiales de Uruguay, cuando visitó este país en agosto de 1961 y respetó el proyecto de la izquierda chilena acerca del cual, sin mencionarlo, fue premonitorio: “Y cuando se habla de poder por vía electoral, nuestra pregunta es siempre la misma: si un movimiento popular ocupa el gobierno de un país por amplia votación popular y resuelve, consecuentemente, iniciar las grandes transformaciones sociales que constituyen el programa por el cual triunfó, ¿no entraría en conflicto inmediatamente con las clases reaccionarias de ese país? ¿No ha sido siempre el ejército el instrumento de opresión de esa clase? Si es así, es lógico razonar que ese ejército tomará el partido por su clase y entrará en conflicto con el gobierno constituido”.
En esas circunstancias, continuó: “Puede ser derribado ese gobierno mediante un golpe de Estado… puede a su vez, el ejército opresor ser derrotado mediante la acción popular armada en apoyo a su gobierno” (20).
Esta alternativa prevista por el Che es importante subrayarla, porque evidencia su flexibilidad para interpretar situaciones como la chilena. A una opción como aquella, no cerró la posibilidad de su triunfo y alertó sobre la necesidad de preparar a las masas, subjetiva y materialmente en el uso de las armas. Precisamente, no cumplir con ello permitió el éxito del golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 y el fracaso del proyecto de la Unidad Popular.
Por eso Che aclaró la distinción entre lucha pacífica y vía pacífica y señaló las consecuencias estratégicas de tal confusión: “Recuérdese nuestra insistencia: tránsito pacífico no es logro de un poder formal en elecciones o mediante movimientos de opinión pública sin combate directo, sino la instauración del poder socialista, con todos sus atributos, sin el uso de la lucha armada” (21).
¿Por qué esta área del pensamiento del Che no se considera por la mayoría de quienes abordan sus ideas acerca de la revolución en América Latina? La respuesta es obvia. La versatilidad de sus enfoques y planteamientos, es suplantada por esquemas y efugios, más convenientes a sus opositores con el fin de anular la vigencia de sus ideas esenciales.
V
Tampoco él fue ambiguo con respecto a la función de la clase obrera y el campesinado en la revolución. Reiteradas veces abordó el tema. Por ejemplo, refiriéndose a la relación guerrilla–campesinos–obreros, afirmó que la primera debe buscar el apoyo de “… las masas campesinas y obreras de la zona y de todo el territorio de que se trata…” (22)
Por otra parte, enfatiza el rol primordial que representa la incorporación del campesinado a la guerrilla, pero a la vez afirma que “... por el estado de incultura en que lo mantienen y el aislamiento en que vive, necesita la dirección revolucionaria y política de la clase obrera y los intelectuales revolucionarios…” (23)
Es cierto que no desarrolló suficientemente sus ideas respecto del lugar que le corresponde a las luchas reivindicativas y políticas obreras y la inserción de ese quehacer en el proceso revolucionario signado por la lucha armada, cuyo escenario él lo veía en el campo, por razones que muchas veces explicó (24). Pero la idea esencial –la alianza obrero–campesina– no dejó de ser planteada, aunque desde el ángulo de la estrategia de lucha que siempre consideró acertada: “… la posibilidad de triunfo de las masas populares de América Latina está claramente expresada por el camino de la lucha guerrillera, basada en el ejército campesino, en la alianza de los obreros con los campesinos, en la derrota del ejército en lucha frontal, en la toma de la ciudad desde el campo, en la disolución del ejército…” (25)
Esta última idea, muestra, es verdad, el apego del Che a la experiencia cubana. Desde nuestros días, sería necesario asumir un enfoque más abarcador respecto a la correlación de la lucha popular en el campo y la ciudad y menos generalizador del conjunto de las realidades nacionales.
Además de los cambios ocurridos en las estructuras de clase a consecuencia de las transformaciones de las formaciones sociales capitalistas de la región –transnacionalización definitiva de las economías; crecimiento de los sectores marginales e informales; aumento o disminución de la clase obrera y modificación de su composición, con mayores niveles de explotación; disminución neta del campesinado tradicional, y la agudización extrema de la crisis social por la aplicación del modelo neoliberal, entre otros– durante los últimos 50 años ocurrieron diversas experiencias que complejizan ese razonamiento del Che, válido en esencia para aquellas circunstancias y que conserva razón en varios de sus postulados estratégicos, previa la actualización pertinente.
Esa indispensable adecuación también concierne a su valoración sobre las fuerzas armadas. Aunque Che avisó a tiempo que “… el imperialismo ha aprendido a fondo la lección de Cuba” (26), todavía en los primeros años después de 1959 esto no se tradujo en el fortalecimiento de las fuerzas armadas y sobre todo en la especialización de ellas para el combate contrainsurgente.
De ahí que en mayo de 1962 se refiera a la “extrema debilidad de los ejércitos mercenarios para moverse en los grandes territorios de América” (27). Por otra parte, según las realidades históricas hasta el tiempo en que vivió Che, las fuerzas armadas tenían un comportamiento monolítico y eran en todos los casos un instrumento dócil del imperialismo. Así lo vio él, aunque distinguió “gente aislada” que puede incorporarse a la revolución.
Ese criterio suyo mantiene su vigencia para la mayoría de nuestros países. Sin embargo, las experiencias de Perú durante el mandato de Velasco Alvarado y de Omar Torrijos en Panamá, en los años 1970, son indicios de las reservas patrióticas y antimperialistas que pueden existir en las fuerzas armadas de algunos países. Lo ocurrido posteriormente a partir de 1999 con la experiencia del proceso revolucionario bolivariano liderado por el Comandante Hugo Chávez, abona la necesidad de no generalizar los criterios del Che a todo momento y lugar. Tales realidades no contradicen sin embargo el núcleo del análisis de Che –que se ubica en la conducta de los institutos militares frente a la lucha armada revolucionaria–, pero sí aportan ingredientes políticos novedosos que él seguramente habría considerado en esa dimensión.
También en sus reflexiones sobre el papel de las fuerzas armadas en las revoluciones de este continente, polemizó con quienes, sin fundamento real, imaginaban la posibilidad de quebrar a las fuerzas armadas y ganar una parte sustantiva para la revolución (28); una vez más debió oponerse a esquemas predominantes en sectores de la izquierda, en este caso el criterio de repetir la experiencia bolchevique de 1917 en relación con los uniformados.
VI
A la dirección de nuestra Revolución y a Che como parte de ella, se les ha presentado reiteradamente generando en los años 1960 una política de exportación de la revolución y de enfrentamiento a ultranza de los gobiernos democráticos latinoamericanos. Casi ningún autor toma en cuenta, la flexibilidad y la disposición constructiva con que Che, expresando a su vez la opinión del Partido y el Gobierno cubanos, abordó en su momento estos problemas.
El asunto tiene una significación actual, pues demuestra la continuidad entre la política de la Revolución Cubana de ayer y de hoy. Che, en circunstancias de existir algunos gobiernos democráticos respetuosos de la Revolución Cubana, tuvo hacia ellos igual respeto; asimismo, fue muy cuidadoso en desearle éxitos a cualquier avance de los pueblos latinoamericanos, si aquellos eran logrados incluso por la vía de la cooperación externa de Estados Unidos y sin beneficiar a Cuba.
Así, en julio de 1960, expresa: “… no es mi misión aquí enumerar los gobiernos de América, enumerar en estos últimos días, las puñaladas traperas que nos han dado y echar leña al fuego de la rebelión” (29). O sea, a pesar de las acciones anticubanas de esos gobiernos y su confabulación en la creciente agresión de Estados Unidos contra Cuba, evita el enfrentamiento público. Aún no se habían roto los vínculos diplomáticos ni expulsado a nuestro país de la OEA; Che, ante todo, es respetuoso de la soberanía de esos países.
En agosto de 1961, ya definido el carácter socialista de la Revolución, en su discurso en Punta del Este, Uruguay, de cara a los representantes de toda la comunidad americana, subraya: “Nosotros nunca hemos abandonado a las naciones latinoamericanas, y estamos luchando porque no se nos expulse, porque no se nos obligue a abandonar el seno de las repúblicas latinoamericanas” (30).
Esa posición constructiva, fue llevada a una expresión aún más elevada al afirmar en esa misma ocasión, refiriéndose a la Alianza para el Progreso: “Y nosotros estamos interesados en que no fracase, en la medida que signifique para América Latina una real mejoría en los niveles de vida de todos sus 200 millones de habitantes” (31).
Y aún después de ser Cuba expulsada de la OEA (1964), Che hace distinciones entre los gobiernos de América Latina y expresa nuestra disposición a tener relaciones con un grupo de ellos –Uruguay, Chile y Costa Rica–, “pero Estados Unidos no lo permite” (32).
Este Che no ha sido divulgado por sus detractores. No conviene a la imagen de guerrerista y aventurero que promueven. Y es lamentable que muy pocos analistas de la izquierda tampoco proyecten a ese Che multifacético, brillante, con matices, a ese Che de un hondo y afilado sentido de la praxis política que supo hacer de ella un vehículo idóneo de la estrategia revolucionaria y de sus principios. También en esa relación coherente y fecunda, entre su actuación como estadista y sus ideas revolucionarias, políticas y teóricas, Che demuestra su plena identidad con Fidel.
Citas y notas
1 Fidel, al respecto, opinaba que el Che “… quería llegar y desde el primer día hacerlo todo, y nosotros queríamos que otros cuadros menos conocidos realizaran todos esos pasos iniciales”. Véase Fidel Castro Ruz. Un encuentro con Fidel. Entrevista realizada por Gianni Mina. Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado, La Habana, 1987, p. 323.
2 El primer y casi excepcional autor extranjero en adoptar ese enfoque metodológico correcto, fue Michael Lowy en El pensamiento del Che Guevara.
3 Con esa frase Che rememoró en las selvas de Bolivia, el aniversario catorce del 26 de julio. Véase Ernesto Che Guevara. “Diario del Che en Bolivia”. Escritos y discursos. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1985, p. 160.
4 Véase Ernesto Che Guevara. “Principios generales de la lucha guerrillera”. Escritos y discursos. Ed. cit., 1.1, p. 31.
5 Ernesto Che Guevara. “La influencia de la Revolución Cubana en América Latina. Escritos y discursos. Ed. cit., t. IV, pp. 201-202.
6 Ernesto Che Guevara. “Esencia de la lucha guerrillera”. Escritos y discursos. Ed. cit., t. I.p. 33.
7 Fue identificada en: Ernesto Che Guevara. Escritos y discursos. Ed. cit., 1.1, p. 37. “¿Qué es un guerrillero?”. Ob. cit., 1.1, pp. 179-180. “Guerra de guerrillas: un método”. Ob. cit., 1.1, p. 205. “Cuba: ¿excepción histórica o vanguardia en la lucha contra el colonialismo”. Ob. cit., t. IX, p. 30. “Táctica y estrategia de la revolución latinoamericana”. Ob. cit, t. IX, p. 237.
8 Ernesto Che Guevara. “Esencia de la lucha guerrillera”. Escritos y discursos. Ed. cit., 1.1, p. 37.
9 Ernesto Che Guevara. “Guerra de guerrillas: un método”. Escritos y discursos. Ed. cit., 1.1, p. 205.
10 Ibidem, p. 195.
11 Ibidem.
12 Ibidem.
13 Ibidem. Che cita aquí una frase del discurso de Fidel pronunciado el 26 de Julio de 1963
14 Ibidem, p. 208.
15 Ernesto Che Guevara. “Cuba: ¿excepción histórica o vanguardia en la lucha contra el colonialismo? Escritos y discursos. Ed. cit., t. IX, p. 33.
16 Ibidem, p. 30.
17 “Naturalmente, cuando se habla de las condiciones para la Revolución no se puede pensar que todas ellas se vayan a crear por el impulso dado a las mismas por el foco guerrillero”. Escritos y discursos. Ed. cit., t. I, p. 32.
18 Ernesto Che Guevara. “Cuba: ¿excepción histórica o vanguardia en la lucha contra el colonialismo?”. Escritos y discursos. Ed. cit., t. IX, p. 33.
19 Ernesto Che Guevara. “Táctica y estrategia de la revolución latinoamericana”. Escritos y discursos. Ed. cit., t. IX, pp. 229-230.
20 Ernesto Che Guevara. “Cuba: ¿excepción histórica o vanguardia en la lucha contra el colonialismo?”. Escritos y discursos. Ed. cit., t. IX, pp. 33-34.
21 Ernesto Che Guevara. “Táctica y estrategia de la revolución latinoamericana”.
Escritos y discursos. Ed. cit., t. IX, p. 229.
22 Ernesto Che Guevara. “Guerra de guerrillas: un método”. Escritos y discursos. Ed. cit., t. I, p. 189.
23 Ibidem, p. 191.
24 Véase “Táctica y estrategia de la revolución latinoamericana”. Escritos y discursos. Ed. cit., t. IX, p. 237.
25 Ernesto Che Guevara. “Cuba: ¿excepción histórica o vanguardia en la lucha contra el colonialismo?”. Escritos y discursos. Ed. cit., t. IX, p. 37.
26 Ibidem, p. 31
27 Ernesto Che Guevara. “La influencia de la Revolución Cubana en la América Latina. Escritos y discursos. Ed. cit t IX p 209.
28 Ibidem, p. 209.
29 Ernesto Che Guevara. “Discurso en la inauguración del Primer Congreso Latinoamericano de Juventudes”. Escritos y discursos. Ed. cit., t. IX, p. 17.
30 Ernesto Che Guevara. “Discurso en la quinta sesión plenaria del Consejo Interamericano Económico y Social en Punta del Este, Uruguay”. Escritos y discursos. Ed. cit., t. IX, p. 66.
31 Ibidem, p. 66.
32 Ernesto Che Guevara.”Conferencia en el programa televisado ‘Face the Nation’ Escritos y discursos. Ed. cit., t. IX, p. 325.





