El BLOG AMÉRICA ha querido contribuir desde sus modestas posibilidades a divulgar a Fidel “delante de la caravana”; además de rendirle tributo en este Centenario suyo de luz, lo necesitamos guiándonos, agrandando los portones de la Historia.

AHORA SÍ GANAMOS LA GUERRA
Raúl Castro Ruz
Yo no he visto a nadie –y lo digo apoyándome en hechos concretos– que haya tenido una voluntad más grande mientras mayores son las dificultades, que Fidel. Hay que pensar en el esfuerzo que hubo que hacer para organizar un ataque como el del Cuartel Moncada, y pensar en cómo en unas poquitas horas se desvaneció tanta entrega, tanta esperanza, sobre todo tanta sangre.
Después vinieron el presidio, el exilio, la organización del Granma, la clandestinidad y ocasionalmente la persecución en México –donde ciertamente violamos algunas leyes, pero no contra ese hermano país, sino porque nos alentaba la liberación de Cuba–; y luego llegamos a la patria, y tres días después, en pocas horas, vimos desaparecer de nuevo todo el esfuerzo acumulado, cayeron decenas de compañeros…
Cuando dos semanas después, el 18 de diciembre de 1956, me encuentro con Fidel ya metido en la premontaña de la Sierra Maestra, en un lugar llamado Cinco Palmas, después del abrazo inicial su primera pregunta fue: «¿Cuántos fusiles traes?». Contesté que cinco. Y él resumió: «Y dos que tengo yo, siete. Ahora sí ganamos la guerra».
¡Y ESTABA VIVO!

Haydée Santamaría
Heroína del Moncada. Insigne revolucionaria cubana
Nosotras, Melba y yo, aún en el propio cuartel teníamos alguna esperanza de que Fidel estaba vivo, porque se decía que Abel era el jefe de aquello, y teníamos la seguridad de que, si había muerto Fidel y lo habían encontrado allí, sabrían inmediatamente que Fidel era el jefe.
De todas maneras, después de dos o tres días –no recuerdo cuántos días estuvimos en el cuartel, creo que fueron tres, no recuerdo bien–, nos llevaron para el vivac. A Melba y a mí nos tenían separadas de los demás grupos. Nosotras no sabíamos bien a cuántos habían asesinado; o quizás no lo sabíamos porque no queríamos saberlo. Y recordamos que nosotros estábamos en un alto, no sé por qué nos bajaron, por unas escaleras –no recuerdo bien, no sé cómo era todo aquello porque no conocía el cuartel–, nos llevaron a un sótano y allí vimos a un grupo de compañeros y miramos. Quisimos mirarlos a todos a la vez para saber quiénes vivían y quiénes habían muerto; y buscaba muchas caras: buscaba a Fidel, buscaba a Abel, buscaba a Boris. Melba también buscaba a muchos; y entre ellos a Abel, porque lo quería tanto como lo podía querer yo. Sabíamos que Abel y Boris no podían estar allí; pero los buscábamos. Teníamos la duda de si estaba Fidel y no lo vimos.
Así nos llevaron para el vivac y estuvimos allí no sé cuántos días. Ahí perdimos un poco la conciencia del tiempo, del día, de la noche, de la muerte y de la vida, porque allí no sentíamos ni padecíamos; estábamos más allá de lo que era morir o vivir, que es peor que vivir o morir
Un día vimos un movimiento y nos asomamos por una reja. Habría que saber la composición de aquella celda que estaba en altos y la entrada era en bajos, había un patio en el medio, como son las casas de Santiago, que tienen un patio central. Estábamos creo que en un primer piso; la entrada por donde entraban allí las personas daba exactamente a la puerta de nuestra celda. Podíamos mirar, aunque por pedazos, no totalmente: si queríamos ver los pies, teníamos que agacharnos más; si queríamos ver la cabeza, teníamos que subir más.
En una de esas oímos algo y nos asomamos, y vimos a Montané. Yo no lo reconocía porque estaba sin espejuelos; imagínense, barbudo y flaco. Pero de todas maneras Melba enseguida supo que era Montané. Yo casi no lo quería creer y no quería quitarle esa ilusión a ella, pero mirando y mirando vi como que buscaba y me di cuenta de que efectivamente era una persona que no veía sin espejuelos. Pensé: «Ese es Montané»; y le dije: «Melba, es Montané».
(…) Pero al aparecer Montané, se nos reveló que Fidel también podía aparecer. Ya desde aquel momento no nos separamos un minuto de aquella reja. No nos dijimos ninguna de las dos qué esperábamos; nos clavamos a aquella reja en una forma que, aun cuando nos traían la comida, y había que sacar una vasija por entre la reja para que echaran allí un poco de algo –sacábamos aquella cosa llena, la vaciaban y la volvían a llenar, o no sabíamos si la devolvían igual– nosotras no teníamos conciencia de nada de lo que ocurría por allí, por aquel pasillo, en aquel plano esperando a Fidel.
Creo que pasaron dos o tres días desde que apareció Montané hasta que apareció Fidel. Y allí esperamos y esperamos, aferradas a aquellos hierros, hasta que un día, también sentimos unos pasos, unas voces, todo más alto, más grande, es decir, algo distinto pasaba en aquel pedazo de sala: caminaban muchos, gritaban muchos, algo grande ocurría. Y si algo grande ocurría, ¿qué podía ser? No lo dijimos ninguna de las dos, pero las dos pensábamos:
«¡Es Fidel!».
Hasta que en un momento veo unas manos, unas manos en movimiento, unos dedos; no sé por qué, pero era la mano de Fidel. Y no sé si lo dije alto o bajito, si lo grité o si lo pensé, pero sí dije: «Melba, ¡es Fidel!».
Si lo pensé, Melba me adivinó el pensamiento; y si lo dije bajito, me oyó, porque ella miró más, buscó más y entonces me agarró y me apretó y me dijo: «Yeyé, ¡es Fidel!». Era casi imposible creerlo, aunque nunca pensamos que pudiera haber muerto tanta vida.
Cuando me dijo: «Es Fidel», creí que a Melba también la ilusión la había llevado y decía que no, que no podía ser. No sé cómo Melba me indicó, qué me dijo; me llevó y le vi la cara. ¡Y era Fidel!
Ya en aquel momento en que Fidel apareció, en aquel mismo minuto en que Fidel apareció, ya o podíamos morir o vivir. Pero no era aquello otro que habíamos sentido las dos que había en las dos, que no era vida ni era muerte: allí ya no nos importaba vivir o morir, porque ya podíamos o morir o vivir. Pero sí salimos de aquella cosa –que hay que vivirla para saber lo que es– que es no estar muerto ni estar vivo. Y ya, desde aquel mismo minuto, sentimos las dos que no importaba vivir o morir, ¡porque ya el Moncada estaba vivo!
Pero vivimos y seguimos viviendo las dos con aquella misma pasión que nos llevó al Moncada y con esa misma pasión que hoy todos ustedes tienen por el Moncada, por la Revolución, por Fidel; que todo se une para ser una misma cosa.
(Haydée Santamaría: Haydée habla del Moncada, Ediciones Políticas, Ciudad de La Habana, Cuba, 1967)

YO NO TE ABANDONO
Ernesto Che Guevara
Hubo quienes estuvieron en prisión 57 días con la amenaza perenne de la extradición, pero en ningún momento perdimos nuestra confianza personal en Fidel Castro. Y es que Fidel tuvo algunos gestos que, casi podríamos decir, comprometían su actitud revolucionaria en pro de la amistad.
Recuerdo que le expuse específicamente mi caso: un extranjero, ilegal en México, con toda una serie de cargos encima. Le dije que no debía de manera alguna, pararse por mí la Revolución, y que podía dejarme; que yo comprendía la situación y trataría de ir a pelear desde donde me lo mandaran y que el único esfuerzo debía hacerse para que me enviaran a país cercano y no a la Argentina. También recuerdo la respuesta tajante de Fidel: «Yo no te abandono».

HAY QUE ENCONTRARLO
Juan Almeida Bosque
Comandante de la Revolución Cubana
Vamos por el norte de Gran Caimán. Vuela un helicóptero, tomamos medidas, pero sigue su viaje; parece un vuelo de rutina. El mar se pone cada vez más embravecido. Pasadas las seis y treinta de la tarde, las olas barren la cubierta. Ahora, en la noche, el sonido de las olas es más impresionante. Hace frío. ¡Qué fortaleza tiene este barco! ¡Cómo ha resistido y cómo todavía se enfrenta a este mar revuelto! Se han acabado los cigarros, ya no hay qué fumar. Se rastrea por los rincones y los bultos en busca de algún cigarro o tabaco, pero no se encuentra nada.
Vamos más apretados, pues por el tiempo que está haciendo todos tenemos que ir dentro. Fidel, el Capitán y el timonel revisan el mapa. El Capitán orienta que alguien vea si descubre el resplandor del faro de Cabo Cruz. Ya antes lo había intentado otro, pero como hay tanto oleaje, se hace difícil la observación. Roque dice que él va a ver. Sube al techo. El yate da un bandazo, se escucha crujir un palo y gritan:
—¡Hombre al agua! ¡Que unos miren por un lado y otros por otro!
Se ordena una movilización visual hacia el mar.
—¡Una soga! ¡Una soga! ¡Vean si hay salvavidas!
Solo aparece la soga, la trae Smith en la mano. Muchacho ágil, fuerte y trabado. Disminuye la velocidad el yate. Van pasando los minutos. Hay angustia, tensión y preocupación en los rostros.
Gritan:
—¡Roooqueee! iRoooqueee!
Nada. Parece que el oscuro y agitado mar se lo ha tragado, mientras sube y baja el yate, y a veces parece que las olas le cruzan por arriba.
Cuando el momento es más crítico, Fidel dice:
—¡De aquí no nos vamos, hay que encontrarlo!
Eso nos llena de alegría a todos. Dicho así, detener la empresa que nos lleva a Cuba, hasta encontrar al compañero. Pensamos en la grandeza de aquel jefe que es capaz de arriesgarlo todo por un combatiente. En esta empresa no habrá jamás abandonados, no habrá jamás olvidados.
Vuelven a gritar:
—iRoooqueee! iRoooqueee!
De aquel mar bravío surge una voz apagada:
—iAquí! ¡Aquí!
Es una noche sin luna, y alguien grita que enciendan los reflectores. Cuando van a hacerlo están rotos, hay que auxiliarse con linternas, con ellas alumbran.
—¡Ahí está! ¡Ahí está! ¡Lo pasaron de largo! ¡Miren a ver si está atrás o en los lados!
Mientras, todas las miradas, como reflectores, registran, buscan en las aguas del mar.
Smith grita:
—¡Aquí! ¡Aquí lo tengo!
Corren a auxiliarlo. El resto aplaudimos, muchos con lágrimas en los ojos. ¡El momento es sublime!
Ya entra, empapado, en pantalón, sin camisa y con escalofríos. Después, recuperadas sus fuerzas con la respiración artificial que le aplicaron, se le oye gritar bajito, con la voz entrecortada:
—¡Viva… Cuba… Libre…! –y con él lo hacemos nosotros.
—¡Pon rumbo al faro! –ordena Fidel al Capitán. Todos cantamos el Himno Nacional.
(Juan Almeida Bosque: ¡Atención! ¡Recuento! Presidio, exilio, desembarco; Editorial de Ciencias Sociales, Ciudad de La Habana, Cuba, 1993).

¡CONTRA FIDEL NI EN LA PELOTA!
Camilo Cienfuegos
Héroe legendario de la Revolución Cubana
Tras el triunfo revolucionario de 1959 Fidel Castro y Camilo Cienfuegos acudían con regularidad a encuentros de béisbol, algunas veces como espectadores y en otras como jugadores.
Una noche, ambos acudieron al Estadio Latinoamericano de La Habana para un desafío. Surgió entonces la idea de que jugaran divididos en los dos equipos rivales para dar mayor viveza al juego.
Camilo, acariciando su amplia barba, oyó la proposición mascando y exhalando con vigor el humo de su habano. Cuando le explicaron la idea, como un rayo respondió: «¡Contra Fidel ni en la pelota!».
Ese día, mientras el líder de la Revolución actuaba como lanzador para la novena de los Barbudos, el inolvidable comandante Camilo Cienfuegos atrapaba sus lanzamientos como receptor de su equipo.
(Prensa Latina, Ciudad de La Habana, Cuba, 28 de octubre de 2006).

BESABA LA MANO DE SU HIJO
Conchita Fernández
Primera secretaria de Fidel en los primeros años de la Revolución
Una de las veces que he visto a Fidel más preocupado fue en el año 1959, cuando el accidente automovilístico de su hijo Fidelito.
No fue fácil localizar a Fidel ese día. Finalmente, di con él y le informé que el niño estaba en el Hospital Emergencias.
¡Imagínate cómo fue la cosa, que Fidel llegó antes que yo! Se acercó en el momento que traían al niño para el salón y le dio un beso cuando entró acostadito en la camilla. Mi marido, que había llegado antes al hospital localizó a los médicos que atendieron a Fidelito. Buscó al mejor cirujano y al mejor clínico que había en el hospital, uno llamado Álvarez Maradi y el otro era Rodríguez Díaz, para que atendieran al niño, mientras yo localizaba a Mirta, la madre del niño. Rodríguez Díaz le extirpó el bazo y cuando salió del salón, por un lado, estaba Mirta y por otro Fidel: «Comandante, no tendrá problemas en su vida», le dijo Rodríguez Díaz. Y Fidel metía su mano bajo la sábana y sacaba la del niño y se la besaba.
(Pedro Prada: Conchita Fernández: La secretaria de la República, Editorial de Ciencias Sociales, Ciudad de La Habana, Cuba, 2001. Tomado de Luis Báez, Así es Fidel, p 155)

ME LO REGALÓ MI MADRE
Enrique Oltuski
Destacado revolucionario cubano
Cuando trabajaba con el Che él acostumbraba a darme a leer, para que le comentara los artículos que escribía para la prensa cubana, pues conocía de mis inclinaciones literarias.
Un día sacamos una discusión muy fuerte sobre un artículo que escribió, donde a mi juicio subestimaba el papel de la lucha clandestina en el triunfo revolucionario, de lo cual lo acusé.
Me dijo que si yo no estaba de acuerdo con él que escribiera mi propia versión y así decidí escribir mi primer libro Gente del llano.
Cuando estuvo el borrador el director de una de nuestras editoras lo publicó, pero no acababa de distribuirlo.
—¿Qué pasa? –le pregunté.
Nunca me contestó y nunca se distribuyó.
Le propuse el libro a otros dos editores y ambos me dijeron que les había gustado mucho, pero que por su contenido, debía presentarles una carta firmada por Fidel, que dijera que estaba de acuerdo con el contenido.
Les dije que no y pasaron cinco años hasta que conseguí quien publicara el libro. El primer ejemplar que salió de la imprenta se lo mandé a Fidel y a la semana me mandó a buscar para hablar del libro. Cuando llegué hasta él me dio la mano y me dijo:
—Te felicito. Los historiadores escriben para los eruditos y tú has escrito un libro de historia para el pueblo. He aprendido muchas cosas en tu libro sobre la lucha clandestina, pero hay dos cosas que quiero esclarecer contigo.
—¡Llegó el momento! –me dije.
—Primero quiero hablarte del collar con la medalla de la Virgen de La Caridad del Cobre que te dijeron que yo usaba y que te preocupó, porque pensaste que yo era un religioso. Ese collar me lo regaló mi madre, el ser a quien más he querido en la vida.
La tensión que yo sentía cedió paso a la emoción que sus palabras me causaban.
—Lo segundo que quiero aclararte es lo de Prío –volvió a decirme– dices en el libro que cuando estabas en Miami buscando dinero para comprar armas conociste a gente del grupo de Prío que te sugirieron que le pidieras el dinero a él, pero que después de pensarlo mucho decidiste no hacerlo, porque hablar con Prío era mancharse. Quiero que sepas que yo estoy manchado, porque él fue el que me dio el dinero para comprar el Granma.
(Enrique Oltuski: Gente del llano, Imagen Contemporánea, Ciudad La Habana, Cuba, 2001. Citado por Luis Báez en Así es Fidel, p 356)

LO MÁS IMPORTANTE EN UNA REVOLUCIÓN ES LA DECISIÓN
Armando Hart Dávalos
Insigne revolucionario cubano
A mediados de febrero de 1957 fuimos llamados a la Sierra para encontrarnos con Fidel. Frank ya había regresado a Santiago, y rumbo a Manzanillo salimos junto con él, Haydée, Vilma y yo. Allí nos esperaría Faustino, quien regresaba directamente de La Habana.
Cuando llegamos a Manzanillo nos enteramos de una gran noticia: Faustino traía a un importante periodista del The New York Times, que quería entrevistar a Fidel. Hay que imaginar lo que aquello significaba para un pequeño grupo de revolucionarios que trabajaban para que Cuba conociera que Fidel Castro vivía y se mantenía luchando.
Por la cobardía política de los periódicos de La Habana, pensé que iba a resultar muy difícil que publicaran la noticia de que Fidel estaba vivo y, de repente, nos encontramos con que un editorialista de tan importante diario norteamericano aceptaba entrevistar a Fidel.
Faustino y Frank tenían la misión de hacer gestiones en la capital para divulgar la presencia de Fidel en la Sierra. Algunos contactos les informaron el objetivo de Herbert L. Matthews, y todo se tramitó para facilitar su llegada.
La primera reunión de la Sierra y el Llano, o el primer encuentro entre los combatientes del 30 de noviembre y del 2 de diciembre, iba a coincidir con el hecho político y propagandístico de una entrevista a Fidel aparecida en The New York Times. Nacieron en aquel momento los dos principales escenarios de la lucha revolucionaria que culminara con la victoria del 1ro. de enero de 1959: la Sierra y el Llano.
Celia era el contacto principal con Fidel, aunque todavía no lo conocía personalmente.
Ella y Frank avanzaron primero. Faustino, Haydée, Vilma y yo salimos a la mañana siguiente; por fin, al atardecer del 16 llegamos al lugar donde se celebraría la mencionada entrevista entre la Sierra y el Llano. El significado histórico de esta reunión, celebrada el 17 de febrero de 1957, puede apreciarse también en las trascendentales orientaciones y decisiones que tomamos. Entre otras, se ratificó el envío de un contingente de combatientes armados del 30 de noviembre para apoyar la lucha guerrillera en la Sierra Maestra.
En aquella ocasión le dije a Fidel: «No pensé que ustedes pudieran llegar hasta aquí». Él me respondió: «Lo más importante en una Revolución es la decisión».
(Armando Hart: Aldabonazo, ediciones Libertarias, Madrid, España, 1998. Cittado por Luis Báez en Así es Fidel, p 193)





