Por Carlos Fazio, Mate Amargo
En su fase nihilista el imperio se resquebraja. Donald Trump perdió por paliza. El resultado es devastador: los demócratas ganaron ambas cámaras legislativas y varias gubernaturas. La llamada “ola azul” (el color del Partido Demócrata) exhibió el enojo de millones de estadunidenses agraviados y empobrecidos; fue un voto de castigo a la arrogancia, a las políticas supremacistas y a la corrupción política del todavía autócrata de la Casa Blanca, pero no precisamente a favor de los demócratas, que son la alternativa de recambio de la “insurgencia plutocrática” en la guerra de clases, de arriba hacia abajo, al interior del imperio.
En algo contribuyó a ese desenlace el tóxico genocida sionista Benjamín Netanyahu, quien en febrero pasado convenció a Trump y su círculo aúlico de iniciar la guerra ilegal y no provocada contra Irán. Con el paso de los días y los meses, el conflicto terminó metiéndose en el bolsillo de los estadunidenses: empantanado por la eficaz guerra de desgaste defensiva asimétrica de la nación persa, la escalada militar del Pentágono y su proxy Israel en el Golfo Pérsico elevaron el costo de los combustibles y los fertilizantes, y erosionaron lo que el magnate pregonaba como su principal activo: la economía.
La crisis política y económica de Trump, quien había convertido la elección de medio término en un plebiscito sobre su persona (llegó a decir “Voten como si yo estuviera en la papeleta”), terminaron por pasarle factura al Partido Republicano. El encarecimiento de los combustibles (42% la gasolina, 72% el diésel), los alimentos, la vivienda y las primas de salud, además de los aranceles comerciales que impactaron a la canasta básica y los pequeños negocios, golpearon el bolsillo de las familias. A su vez, las violentas y criminales redadas del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) y el rechazo a una política exterior marcada por otra “guerra eterna”, alimentaron el descontento de millones de sufragantes, que castigaron en las urnas al partido del Presidente y abrieron paso al avance de los demócratas, la otra mafia ligada a los corporativos plutocráticos y al deep state (Estado profundo) que gobiernan los pasos del jefe de turno de la oficina oval.
En un primer control de daños, el vicepresidente de EU, JD Vance –‘ahijado’ político del tecnoplutócrata Peter Thiel, principal accionista de Palantir Technologies, corporación ligada al Pentágono, la CIA y nave nodriza del nuevo complejo militar industrial digital que cumple un papel fundamental en el genocidio y la limpieza étnica en Palestina ocupada y Líbano, y donde también tiene acciones el comandante en jefe de las deportaciones, Stephen Miller, subjefe de gabinete y consejero de Seguridad Nacional de Trump–, quien ahora ve mermadas sus posibilidades en la carrera hacia la nominación republicana para las elecciones presidenciales de 2028, reconoció que la principal causa de la derrota fue la guerra contra Irán.
A horas de la derrota, Vance enumeró en X las cuatro cuestiones que tendría que resolver el gobierno trumpista para volver a ganar la confianza de sus seguidores: terminar la guerra, enfocarse en el costo de vida/inflación, poner a “EU primero” y cambiar la relación de Washington con Israel. Con matices, Trump también lo aceptó. Incluso, antes que se cerraran las urnas, Trump pareció aceptar que los cuatro (4) mil millones de dólares de asistencia anual a Israel eran políticamente impopulares y negativos, y decidió retirar el apoyo al régimen de apartheid sionista. Aunque con una mano retiró ese apoyo, pero con la otra ya pasó a la Cámara de Representantes la nueva Ley de Autorización de Defensa Nacional (NDAA) con un presupuesto de 1.15 billones de dólares que en su Artículo 219, incorpora la denominada Iniciativa de Cooperación en Tecnología de Defensa Estados Unidos-Israel que incluye “investigaciones mancomunadas” y “asociaciones industriales”.
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El supermartes podría marcar el inicio del fin de la era del magnate. También podría significar un freno a la oleada ultraderechista que ha expandido un autoritarismo reaccionario de rasgos fascistoides en el orbe. Pero no hay que hacerse muchas ilusiones. Tampoco hay que olvidar, como decía James Petras, que el imperio es un caballo con dos jinetes: el partido Demócrata y el Republicano. Ambas agrupaciones forman parte de una estructura de Estado permeada por el verdadero sindicato del crimen.
No es una exageración: en 1935, después de haber recorrido durante 33 años todo el escalafón del Cuerpo de Marines, de capitán a general de división, Smedley Butler, señaló en su obra clásica: “Yo fui un mafioso (racketeer.) Dediqué la mayor parte de mi tiempo a actuar como matón de alto nivel al servicio de las grandes empresas, de Wall Street y de los banqueros. En resumen, era un mafioso al servicio del capitalismo (…) Fui recompensado con honores, medallas y ascensos. Echando la vista atrás, creo que podría haberle dado a Al Capone algunas pistas. Lo máximo que él pudo hacer fue llevar a cabo sus actividades (gangsteriles) en tres distritos de la ciudad (Chicago). Nosotros, los Marines, operábamos en tres continentes. La guerra: el negocio del crimen organizado funciona a pleno rendimiento hoy en día en nuestro propio país”.
Casi un siglo después, otro crítico del sistema, Gerald Celente, en su más reciente artículo titulado “Vote Ud. por su miembro favorito de la organización del cártel de crimen organizado bipartidista”, publicado el 3 de noviembre (día de los comicios) por la revista Trends Journal, pasa lista de todos los presidentes desde Lyndon Johnson hasta la fecha y los crímenes de lesa humanidad perpetrados bajo el gobierno de cada uno, recordando que el genocidio en Gaza empezó bajo el régimen y con el patrocinio del demócrata “Genocide Joe” Biden. Celente califica a los políticos de ese cártel bipartidista como personas despreciables, arrogantes, del bajo mundo. De allí el ruidoso silencio de los demócratas en campaña sobre el fétido y escandaloso “sindicato Einstein”, encabezado por el “suicidado” Jeffrey Epstein, doble agente del Mossad y la Banca Rothschild, de alcance geopolítico, que enlaza erotismo, pedofilia, espionaje, chantaje, banca y ciberarmas, y salpica de “mierda” –diría el ideólogo de MAGA, Steve Bannon– a Hillary Clinton y a otros buenos e inmaculados políticos demócratas.
En su lucha existencial ante el declive de su hegemonía (dada la fragilidad y el rezago de su industria militar y la pérdida de su liderazgo económico), el imperativo imperial no va a cambiar. Ante la emergencia de competidores como China, India, Rusia e Irán, la esencia del hegemón del sistema capitalista sigue intacta. Llegado el caso, la “doctrina Donroe” –el llamado corolario del actual mandatario a la Doctrina Monroe y a la Estrategia de Seguridad Nacional que guía los pasos de la política exterior estadunidense desde hace 200 años–, será continuada por un sucesor demócrata. Así ha funcionado siempre.
Una «ola de triunfos demócratas» no hará desaparecer nuestro problema oligárquico
A partir de ahora Trump se convertirá en un presidente en retirada. Ante la imposibilidad de presentarse a un tercer mandato, el magnate se ha convertido en un pato cojo (lame duck). Su poder omnímodo se verá limitado, pero como jefe del Ejecutivo seguirá teniendo mucha fuerza. Por lo que Celente y otros analistas críticos consideran que en el interregno de aquí al 3 de enero de 2028, cuando la nueva camada de la banda/pandilla (gang) se incorpore al Congreso, Trump podrá hacer lo que quiera porque no tiene nada que perder.
Es decir: el Congreso cambiará de manos, pero Trump seguirá controlando la guerra, que es el motor y reproductor del sistema. Por lo que herido en su ego, para compensar la fuerza que perdió en las urnas y defender su ansiado “histórico” legado, podría ensayar una fuga hacia adelante y desatar otra escalada bélica contra la República Islámica iraní (en Ucrania los demócratas son más halcones que Trrump) de consecuencias imprevisibles; incluso catastróficas, ante la eventualidad del uso del arma nuclear táctica, como mencionó en los últimos días el otro ideólogo de MAGA, Tucker Carlson, ahora distanciado de Trump. También, aunque descartó esa variable, para autoexculparse, Trump podría sacrificar al secretario de Guerra, Peter Hegseth, achacándole al bocón del Pentágono el desastre bélico frente al “destruido” e “inexistente” ejército iraní.
La novedad es que la agenda legislativa de la Casa Blanca queda congelada. El próximo Congreso tendrá el poder de los dineros (el presupuesto), los comités y los citatorios, y es previsible que de cara a las elecciones presidenciales de 2028, los usará.
Por lo que podrían venir investigaciones sobre los escandalosos negocios de la familia presidencial y sus negociadores de cabecera: su yerno Jared Kushner y Steve Witkoff, al frente del cártel inmobiliario, secundados sin muchos subterfugios sobre el campo de batalla por el estratega de la dictadura del dólar, el secretario del Tesoro, Scott Bessent, exgestor de fondos globales, y Howard Lutnick, presidente de Cantor Fitzgerald, una de las firmas más influyentes de Wall Street, quien encarna el nacionalismo económico en su versión más pragmática, con el advenedizo secretario de Estado y competidor de Vance por el sillón de la oficina oval, Marco Rubio, quien representa la dimensión ideológica y moral del equipo trumpista en el tablero global.
El día de los comicios, el congresista demócrata por California, el peruano-estadunidense Robert Garcia, llamado a presidir el Comité de Supervisión y Reforma Gubernamental de la Cámara de Representantes, lanzó una advertencia de apenas dos palabras tras las proyecciones que concedían a su partido la mayoría en la Cámara Baja: “Lawyer up”, una expresión que puede traducirse como “Busquen abogado”.
La frase apareció en un comunicado difundido por los demócratas del Comité de Supervisión después de las elecciones legislativas y anticipa una agenda de investigaciones sobre el entorno del presidente Donald Trump y actuaciones de su administración. La nota oficial señala cuatro frentes prioritarios: los presuntos conflictos de intereses y casos de corrupción relacionados con el clan Trump, la corrupción empresarial, posibles abusos del Departamento de Seguridad Nacional (DHS) y del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) y el aparato de deportaciones, y la gestión de los documentos vinculados al fallecido delincuente sexual Jeffrey Epstein. Los demócratas utilizan en el comunicado la expresión “Trump Crime Family” y hablan de un supuesto encubrimiento en relación con los archivos de Epstein. Se trata de acusaciones políticas formuladas por el grupo parlamentario, no de hechos judicialmente establecidos por el anuncio.
Asimismo, el gang demócrata podrá investigar el manejo de los aranceles, además de un probable intento de juicio político (impeachment, procedimiento de destitución o juicio de desafuero), más simbólico que práctico, porque destituir al Presidente exige 67 votos en el Senado. La nueva mayoría también podrá congelar confirmaciones de jueces y funcionarios, incluidas eventuales vacantes en la Reserva Federal.
La respuesta probable de Trump no es un misterio. Diversos medios revelaron el fin de semana que la Casa Blanca llevaba meses preparando un esquema para gobernar sin el Congreso si perdía las cámaras, apoyado en órdenes ejecutivas, declaratorias de emergencia y el veto. No sería una novedad, sino una profundización. En menos de dos años, Trump ha firmado casi 300 órdenes ejecutivas, un ritmo sin precedente en la historia moderna. El pleito de los próximos dos años se mudará, por lo tanto, a los tribunales, el mismo terreno donde la Suprema Corte ya le recortó en febrero los aranceles de emergencia. Ergo, gobierno por decreto de un lado, amparos y citatorios del otro, con la tensión institucional como telón de fondo del “juego” a la democracia liberal formal.
Elecciones del 3 de noviembre en Estados Unidos: vitales para América Latina
Ante ese florido escenario, la debacle republicana ante sus adversarios demócratas –tildados eufemísticamente por Trump con fines electorales de “comunistas” y “radicales de izquierda” que van a “destruir” a Estados Unidos–, ha generado expectativas mediáticas sobre un “cambio posible” en la nación imperial. La respuesta sarcástica del candidato demócrata triunfador al Senado por Michigan, el musulmán de ascendencia egipcia, Abdul El-Sayed, a las declaraciones de Trump sobre la ayuda financiera a Israel, y la inyección de 270 millones de dólares (post pago de impuestos) del tecnomagnate Elon Musk al Comité de Apoyo Republicano en Texas, se encuentran entre los asuntos destacados al margen de las elecciones. También el hecho de que Rashida Tlaib, representante musulmana y palestina en el Congreso y una de las figuras más odiadas por Trump, logró regresar a la Cámara de Representantes por el estado de Michigan.
Asimismo, como símbolo de la respuesta de la ciudadanía a las salvajes políticas criminales del ICE, los medios han destacado las características multiétnicas de varios vencedores, como la primera mujer indígena en gobernar un estado, Dab Haaland, demócrata de Nuevo México, perteneciente a la etnia autóctona Laguna Pueblo; sus también correligionarios de origen mexicano, Gina Hinojosa, originaria de Brownsville y exlegisladora estatal, quien venció al gobernador republicano de Texas (bastión tradicional del partido oficial desde 1990), el ultrareaccionario Greg Abbott, co-constructor del muro fronterizo con Trump, y Xavier Becerra, nativo de Sacramento, hijo de madre mexicana y padre estadunidense criado en México, quien alcanzó la gubernatura de California, el estado más poblado de Estados Unidos, tras derrotar al republicano Steve Hilton, exconductor de Fox News respaldado por Donald Trump, y Keisha Lance Bottoms, la exalcaldesa de Atlanta y asesora principal del expresidente Biden, quien será la primera mujer afroestadunidense en gobernar Georgia, tras imponerse al multimillanario Rick Jackson, quien gastó más de 200 millones de dólares de su fortuna para suceder al republicano saliente, Brian Kemp.
Cabe recordar que en 2008, Barack Obama también hizo historia al convertirse en el primer presidente afroamericano de Estados Unidos. Durante su campaña, Obama hizo referencia varias veces a la icónica frase “Tuve un sueño”, pronunciada el 28 de agosto de 1963 por Martin Luther King Jr. en su discurso más célebre en la Marcha sobre Washington por el trabajo y la libertad. Con la elección de Obama, parecía que el sueño de King se había hecho realidad. Entonces, también, Obama dijo que su victoria representaba el “poder” del pueblo. Incluso antes de comenzar su carrera guerrerista recibió el Premio Nobel de la Paz. Ahora, al igual que Bernie Sanders, Obama apoyó a Abdul El Sayed, quien se opone al exterminio en Gaza pero está a favor de la guerra de la alianza otanista en el territorio de Ucrania en el intento por desmembrar a Rusia.
De allí que, como en el tango interpretado con genial maestría por Piazzola, difícil es saber lo que vendrá.





