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 José Reynaldo Carvalho: “A pesar de las adversidades, la candidatura de Lula es fuerte”

DIÁLOGO CON JOSÉ REYNALDO CARVALHO, POLÍTICO Y PERIODISTA BRASILEÑO 12 DE SEPTIEMBRE DE 2026.

 

Rafael Hidalgo Fernández (RHF): José Reynaldo (Carvalho/JRC), recibe en primer lugar un fraterno saludo de nuestro equipo de trabajo. Blog América de nuevo se complace en recibir tus aportes, ahora mediante un diálogo que de antemano agradecemos.

Esta vez te proponemos concentrar la atención en el examen de los múltiples impactos que, para América Latina, el Caribe, los BRICS y el propio Brasil podrían tener las próximas elecciones generales del 4 de octubre en tu país.

Existen explicables expectativas sobre si Lula tendrá opciones reales de triunfo, sobre todo cuando se toma en cuenta lo sucedido en los procesos electorales de Honduras, Ecuador, Perú y Colombia, por solo citar estos cuatro ejemplos, donde todo indica que las redes digitales y sus algoritmos jugaron un papel muy alto y que merece más estudio, en cuanto variable condicionante del voto ciudadano.

Las expectativas se multiplican cuando se constata que, desde 2013 a la fecha, Brasil ha sido objeto de una ostensible ofensiva de la ultraderecha nacional e internacional, con un alto grado de asociación entre ambas, para colocarlo en la órbita de los intereses hegemónicos de los EEUU. Y que para ello han apelado de manera amplia a la guerra cognitiva viabilizada por las redes digitales, un sector de las iglesias evangélicas y otros actores del entramado construido para sus fines desestabilizadores en estos años.

En este contexto, colocado grosso modo, la pregunta inevitable. ¿Más allá de los deseos, cuáles son los escenarios posibles y más realistas a la vista, sobre todo para Lula?

JRC: Agradezco la invitación y el desafío de compartir con usted y con los lectores de blogamérica.org reflexiones sobre el escenario electoral y otros temas de actualidad relativos a la sociedad brasileña y a la compleja realidad de la lucha antiimperialista en la región latinoamericana y caribeña.

El panorama actual está marcado por una profunda polarización y por un pronóstico electoral difícil de definir, que refleja las contradicciones de un país dividido. Por un lado, la fuerza política del presidente Luiz Inácio Lula da Silva se sustenta en su condición de principal líder popular y progresista del país. Su gobierno acumula un conjunto significativo de logros dirigidos a las masas, entre los que se destaca la consolidación y ampliación de políticas públicas esenciales.

 Además, el Gobierno de Lula se proyecta en la firme defensa de la soberanía nacional, la democracia y la justicia social, reforzada por un inmenso prestigio internacional que reposicionó a Brasil en el escenario mundial y repercute positivamente en sectores significativos del electorado.

Por otro lado, el actual presidente enfrenta un rechazo que roza la mitad del electorado, alimentado por múltiples factores. Este desgaste ha sido impulsado históricamente por intensas campañas mediáticas, orquestadas por la derecha, que asocian su imagen con denuncias de corrupción.

A esto se suma la realidad material de amplios sectores de la población que todavía viven en condiciones económicas difíciles. Aunque las políticas sociales mitigan la pobreza extrema, chocan con problemas estructurales históricos: la dependencia del país respecto del capital financiero, la vulnerabilidad ante la dominación imperialista, la abismal desigualdad social y la resistencia de clases dominantes reaccionarias y expoliadoras a cualquier cambio en beneficio del pueblo.

María Silvia Portela: “Lula necesita meter una bala de plata”

También hay que considerar, como un problema objetivo que acompaña a todos los gobiernos del Partido de los Trabajadores, con variaciones coyunturales, la falta de audacia para enfrentar los dogmas neoliberales en la política macroeconómica: ajustes fiscales, altas tasas de interés, autonomía del Banco Central y tipo de cambio flotante, que permite la determinación del valor de la moneda nacional frente a las monedas extranjeras con criterios de mercado. Todo esto constituye un freno al desarrollo del país, sin el cual no es posible enfrentar los problemas sociales.

En el plano estrictamente político, Lula enfrenta desde el primer día de su actual mandato una realidad adversa, que planteó el desafío adicional de gobernar tras el ejercicio del poder por una extrema derecha golpista, antisocial y sometida al imperialismo, y de convivir con un Congreso Nacional de mayoría conservadora y reaccionaria. Esta coyuntura adversa impuso al Palacio de Planalto la necesidad de forjar alianzas pragmáticas con sectores de la derecha, apodados el “Centrão”, para garantizar la estabilidad institucional y la gobernabilidad.

Sin embargo, el costo de esa articulación política limita inevitablemente los horizontes reformistas de una gestión cuya esencia y razón de ser residen precisamente en la promoción de transformaciones estructurales y de un desarrollo dirigido a las amplias masas trabajadoras y populares.

 El Congreso Nacional consolidó un control sin precedentes sobre el Presupuesto nacional por medio de miles de millones de reales distribuidos para atender los intereses exclusivistas de los parlamentarios y, no pocas veces, para el enriquecimiento ilícito de estos. Este arreglo merma el poder exclusivo de planificación del Poder Ejecutivo y obliga al Palacio de Planalto a mantener negociaciones permanentes de carácter transaccional con la mayoría parlamentaria de perfil conservador. Lejos de constituir solamente un obstáculo coyuntural, la arquitectura institucional vigente actúa como un filtro ideológico estructural, diluyendo propuestas de reformas profundas y convirtiendo cualquier proyecto soberano en un regateo fragmentado que perpetúa el poder de las viejas oligarquías.

El reflejo directo de los factores negativos mencionados se manifiesta en el termómetro de las encuestas electorales, en las que existe prácticamente un empate entre Lula y Flávio Bolsonaro.

 A pesar de las adversidades, la candidatura de Lula es fuerte, principalmente por la confrontación directa entre dos proyectos antagónicos para el país, alimentada por la intensa movilización de un amplio frente democrático y popular. Por un lado, la disputa enfrenta la resistencia de sectores de extrema derecha que promueven la división social, el negacionismo, la violencia política y la pérdida de derechos, y que buscan alinear a Brasil con intereses extranjeros e imperialistas en detrimento de la soberanía nacional. Por otro lado, se articula una fuerte coalición partidaria y social empeñada en inaugurar un nuevo ciclo de desarrollo inclusivo, progresista y soberano que eleve las condiciones de vida de la población. De este modo, el camino hacia el éxito electoral y la prevención del retroceso político se fundamenta en la construcción de una conciencia colectiva orientada a la defensa de la democracia, de las alianzas internacionales estratégicas y del progreso social.

RHF: resulta imposible hablar de las elecciones generales en Brasil durante este 2026, sin aludir a lo que está sucediendo con el actual inquilino de la Casa Blanca, con su estilo fascista de hacer política y con la doctrina agresiva que le da sustento. ¿En qué grado Donald Trump podrá repetir en Brasil el intervencionismo que desarrolló en otros procesos electorales donde la ultraderecha triunfó?

JRC – No cabe duda de que el imperialismo estadounidense considera las elecciones presidenciales de Brasil como la próxima gran prueba política de la región. En rigor, una serie de declaraciones y acciones de Donald Trump y de funcionarios de su gobierno ya caracterizan el propósito de interferir en la situación política brasileña para influir en el proceso electoral en curso.

Al no obedecer a ninguna lógica comercial, los aranceles extraordinarios impuestos a Brasil se configuran como sanciones por la negativa del país a adherirse a la doctrina de seguridad nacional anunciada en noviembre del año pasado y por no atender las exigencias económicas del Gobierno de Trump. El Departamento de Estado considera que Brasil se encuentra fuera del grupo de “socios amistosos” de Estados Unidos en América Latina.

 Lejos de ser un mero ajuste técnico o una disputa aduanera rutinaria conducida por la diplomacia de Rubio, el presidente de Estados Unidos justificó las sanciones en cartas oficiales y declaraciones públicas como una respuesta directa a la conducta de las instituciones brasileñas, mencionando incluso procesos judiciales locales que involucran a aliados políticos de la extrema derecha.

Al perjudicar las exportaciones nacionales, intentar asfixiar sectores productivos e imponer barreras al desarrollo tecnológico y financiero del país bajo el pretexto de la “competencia desleal” de herramientas soberanas como Pix, Trump utiliza el poder financiero de Washington no sólo para proteger el mercado estadounidense, sino también para debilitar la soberanía y la estabilidad económica de Brasil, consolidándose como el comandante de esta hostilidad externa. Evidentemente, estas acciones restrictivas contra la economía nacional tienen repercusiones políticas.

También tiene un sentido intervencionista la reiteración de las amenazas de aplicar la Ley Magnitsky contra autoridades brasileñas de los poderes Ejecutivo y Judicial.

Entrevista con el militante de izquierda y exalcalde chileno Daniel Jadue

Aunque Brasil no fue mencionado durante la última gira de Marco Rubio por América del Sur, no se puede ignorar que está en marcha un movimiento que podría desembocar en el cerco diplomático del país. Al construir un cinturón de gobiernos de derecha subordinados a Trump, Estados Unidos busca debilitar los organismos de integración autónoma, limitar la influencia brasileña y dividir América del Sur en bloques ideológicos.

 El país no participa en el lanzamiento del Escudo de las Américas y mantiene una política exterior basada en la defensa de la soberanía, de su pertenencia al BRICS, del multilateralismo y de una profunda relación económica con China, lo que contraría los designios de Washington.

En los movimientos del secretario de Estado existe una dimensión militar que no puede ser ignorada. Colombia, Perú y Ecuador rodean zonas próximas a la Amazonía y pueden integrar una red de inteligencia, vigilancia aérea, monitoreo satelital y operaciones especiales encabezada por Estados Unidos. La expansión de esta estructura acerca capacidades militares extranjeras a las fronteras brasileñas y a una de las regiones más estratégicas del planeta.

 La Amazonía concentra agua, biodiversidad, minerales, petróleo y tierras raras, además de ocupar una posición central en el debate climático. Una arquitectura de seguridad regional definida en Washington podría convertir la lucha contra el narcotráfico, la protección ambiental o la defensa de minerales críticos en justificaciones para presionar a Brasil con respecto al uso de su propio territorio.

Para Brasil, responder a este movimiento exige preservar la soberanía y fortalecer la integración regional. El riesgo central no reside únicamente en una visita diplomática, sino en la consolidación de un orden hemisférico en el que las decisiones sobre seguridad, recursos naturales y relaciones comerciales vuelvan a estar condicionadas por los intereses de Estados Unidos. Esto también tiene inevitablemente repercusiones políticas en el país.

Esta escalada de tensiones desbordó el ámbito económico y se manifestó en una crisis sin precedentes en la concesión de visados y credenciales oficiales. Actuando de manera preventiva y soberana, Itamaraty negó la entrada a diplomáticos estadounidenses vinculados al Departamento de Estado que pretendían verificar los preparativos de la votación electrónica, siempre cuestionados por el bolsonarismo. Informes de inteligencia indicaban que la verdadera misión de esos agentes consistía en elaborar un documento técnico dirigido a cuestionar ilegítimamente las urnas electrónicas brasileñas. En una represalia inédita que rompió los procedimientos consulares, la Casa Blanca respondió revocando el visado diplomático de la embajadora de Brasil en Washington, Maria Luísa Viotti. El pretexto utilizado fue la natural demora institucional de Brasilia en conceder el beneplácito para el nombramiento de Daniel Perez, el nuevo embajador designado por Washington.

 Más allá de estos hechos, la ofensiva trumpista adquirió rasgos de amenaza contra la integridad territorial cuando la Casa Blanca oficializó la clasificación de las mayores organizaciones criminales de Brasil, como el PCC (Primer Comando de la Capital) y el CV (Comando Rojo), dentro de la lista de “Organizaciones Terroristas Extranjeras”. Bajo el pretexto de asfixiar la financiación global del narcotráfico, la medida abrió el camino a interpretaciones peligrosas en Washington. Declaraciones ambiguas procedentes del Pentágono comenzaron a plantear la posibilidad de futuras incursiones y operaciones terrestres en América Latina contra esas estructuras.

Ante el riesgo latente de una militarización externa del debate sobre la seguridad pública, el Gobierno brasileño alertó sobre los peligros de una intervención militar de Estados Unidos. Mientras tanto, entidades especializadas y movimientos progresistas denunciaron el uso marcadamente electoral de la medida. Para los patriotas brasileños, la designación sirve para inflar artificialmente la sensación de impotencia institucional del Estado nacional, generando una atmósfera de inestabilidad social que beneficia los discursos fascistas de “ley y orden” encabezados por la oposición de derecha.

Todo este engranaje de presiones forma parte de la disputa electoral.

Lula y las corrientes progresistas que lo apoyan combaten los ataques de Trump movilizando al electorado en defensa de la soberanía nacional. Por otro lado, la oposición de extrema derecha instrumentaliza las sanciones estadounidenses y la oposición de la Casa Blanca al Gobierno de Lula para validar sus tesis sobre el aislamiento global de Brasil, utilizando la asfixia financiera y la crisis de los visados como falsas pruebas de un supuesto fracaso diplomático del actual gobierno.

De este modo, Estados Unidos aparece también como protagonista de la disputa electoral al apoyar al bolsonarismo.

Guerra por el sentido

RHF:  Quedan apenas días para la primera vuelta electoral, la del 4 de octubre. Dos preguntas interrelacionadas: ¿a qué recursos jurídicos y políticos podría apelar el bolsonarismo y su base de ultraderecha para impedir el triunfo de Lula? Y qué hacer desde el campo aliado a Lula para impedir que Brasil se sume a los triunfos de la derecha en el continente? Para el bolsonarismo y sus aliados internacionales, como está demostrado, los escrúpulos no existen.

JRC: El bolsonarismo y su base de extrema derecha recurrieron en las elecciones pasadas a una intensa campaña de desinformación, al descrédito de las urnas electrónicas y del Tribunal Superior Electoral (TSE) y, finalmente, a una intentona golpista que contaba con el apoyo de masas desorientadas y de una parte de las Fuerzas Armadas.

 En la contienda electoral de este año, la campaña de desinformación sigue siendo intensa. Con una financiación masiva y apoyo externo, el bolsonarismo actúa para crear artificialmente un estado de crisis permanente, cuyo principal frente es una ofensiva agresiva e industrial en las redes sociales. Más que el simple impulso de la propaganda electoral, la estrategia bolsonarista utiliza ecosistemas digitales altamente capilares que integran plataformas y aplicaciones de mensajería para reclutar distribuidores masivos de contenidos y difundir narrativas virales.

Estas redes eluden los filtros institucionales tradicionales y alimentan una percepción continua de desorden y pérdida de control institucional. Esto ocurre en asociación con el intento de caracterizar al gobierno como corrupto. También forma parte de su arsenal propagandístico la demagogia en torno a la seguridad pública, mediante la explotación de un problema social sumamente sensible para las amplias masas populares.

Recientemente estalló una crisis inédita en el Poder Judicial, que la extrema derecha intenta explotar para vincular al presidente Lula con uno de los sectores enfrentados en la Corte Suprema. Sectores alineados con el bolsonarismo articulan maniobras internas en la Corte para intentar inflar y orientar investigaciones y escándalos, con el objetivo de asociar falsamente al campo lulista con actos ilícitos y delitos de corrupción, generando un verdadero pánico moral para desviar la atención de las denuncias que originalmente pesan sobre la propia extrema derecha.

Al instrumentalizar la actual crisis del STF (Supremo Tribunal Federal) en el debate digital y en las calles, la extrema derecha busca destruir el sistema democrático-liberal.

Respecto a la segunda interrogante, antes de abordar el qué hacer, es importante aludir a por qué llegamos a la situación actual. Me explico

El crecimiento y la consolidación de la derecha y su parte más radical, la extrema derecha, en Brasil revelan un fenómeno profundamente arraigado en la estructura social del país, cuyo detonante reciente se remonta a la compleja dinámica de guerra híbrida observada en las manifestaciones masivas de 2013. Este proceso, que desestabilizó el escenario político y culminó con el impeachment de la presidenta Dilma Rousseff, cobró impulso y arraigo popular con el surgimiento del bolsonarismo, hasta convertirse en una fuerza ideológica difícil de contener. Esto explica la mayor complejidad de los desafíos en la campaña electoral en curso, altamente polarizada y con un desenlace difícil de prever.

En contrapartida, las fuerzas progresistas, los partidos de izquierda y las organizaciones de los movimientos populares se distanciaron progresivamente de sus bases, debilitando sus vínculos orgánicos con el pueblo. 

Este retroceso se produjo principalmente debido al énfasis excesivo en el electoralismo y el institucionalismo, en un contexto en el que la ocupación de espacios en los gobiernos federal, estatales y municipales pasó a ser priorizada en detrimento del trabajo de base y de la formación política cotidiana.

Para revertir esta situación y reposicionar a la izquierda como una alternativa real de poder, es fundamental adoptar una estrategia que combine amplitud institucional, radicalidad programática y audacia, lo que implica retomar el método de movilización y organización de las masas. Sin abandonar la unidad de las corrientes democráticas y patrióticas en el frente institucional, resulta urgente promover un giro no sectario hacia la izquierda.

Este movimiento debe estar guiado por un programa de lucha orientado hacia transformaciones estructurales profundas y de carácter socialista, enfrentándose directamente al imperialismo y a las clases dominantes. Fundamentalmente, para que esta plataforma encuentre eco en la sociedad, las propuestas deben traducirse y presentarse al pueblo de forma directa, mediante un lenguaje claro y accesible, estructurado en torno a ideas fuerza que movilicen y devuelvan la esperanza y la confianza en la victoria.

 

El alto componente de farsa y de manipulación de las elecciones en Estados Unidos

RHF: En medio de la derechización que se observa en la correlación de fuerzas a escala continental, en los gobiernos de la región, la victoria de Lula tendría un simbolismo político multiplicado, si quieres, esperanzador para los sectores de izquierda y progresistas.

Pero más aún, sería un aviso al Emperador de que todavía hay opciones para preservar los proyectos de raíz nacionalista en la región. ¿Los aliados de Lula cómo se preparan para ganar a pesar de todos los obstáculos que tendrán por delante durante los próximos días, y de manera reforzada si hay segunda vuelta electoral? ¿Existe conciencia de la necesidad de ganar cada voto, de no confiar en las encuestas…?

JRC: La victoria de Luiz Inácio Lula da Silva en las elecciones presidenciales de este año tiene una importancia que trasciende las fronteras brasileñas. En una América Latina sometida nuevamente a la presión de la extrema derecha en el vértice del imperialismo estadounidense, su reelección podría convertirse en un factor de contención del ciclo reaccionario impulsado por Donald Trump y por fuerzas políticas regionales alineadas con Washington, entre ellas la extrema derecha brasileña. No se trataría, por sí sola, de una derrota absoluta de ese campo ni de la interrupción de su ofensiva, pero sí de un obstáculo significativo para la consolidación de un orden continental marcado por el fascismo, la subordinación económica y política y el debilitamiento de las políticas sociales.

 Brasil posee un peso económico, demográfico y diplomático suficiente para influir en la correlación de fuerzas de la región. Un nuevo mandato de Lula podría fortalecer la corriente en defensa de la soberanía de los países del continente y ampliar el diálogo con el Sur Global y los polos emergentes de la multipolaridad mundial. Esta orientación ayudaría a preservar márgenes de autonomía frente a los intentos de alineamiento promovidos por Estados Unidos, aunque estaría sujeta a límites internos, como la resistencia del Congreso, el poder de las clases dominantes y la capacidad de movilización de la extrema derecha.

En este escenario, la defensa de la democracia no puede separarse de la lucha antiimperialista. El fascismo también se fortalece por medio de la dependencia económica, las campañas de desinformación, las sanciones, las injerencias externas y la explotación de las frustraciones sociales. Por eso, un frente amplio en torno a Lula tendría que reunir fuerzas antifascistas, antiimperialistas, populares y comprometidas con la soberanía nacional.

El alcance de una eventual victoria de Lula dependería de la organización popular, de la cooperación entre gobiernos progresistas y de la capacidad de transformar la multipolaridad en desarrollo, reducción de las desigualdades y autodeterminación. Mantener a Brasil fuera de la órbita trumpista representaría una importante inflexión estratégica: dificultaría la expansión del bloque reaccionario en el continente y preservaría un espacio decisivo para la resistencia democrática, la integración regional y la construcción de alternativas a la dominación imperial.

Es hora de hacer sonar la alarma de la conciencia nacional. Reelegir a Lula es un deber de salvación nacional. Esto implica también elevar el nivel de comprensión sobre la importancia de la lucha antiimperialista.

Panorama geopolítico mundial y latinoamericano

FHF: Te propongo salir por un momento de la coyuntura electoral.  Reflexionemos sobre el papel potencial que un país como Brasil podría jugar en la conformación de un espacio de cooperación y paz en América Latina y sobre todo en América del Sur.

A juzgar por los contenidos de la actual estrategia de seguridad nacional aprobada por Trump, este hará lo posible e imposible por impedir el triunfo de Lula, como paso previo para lograr mecanismos de control sobre el PRESAL, sobre el Acuífero Guaraní, las tierras raras, la biodiversidad amazónica y, en general, sobre el enorme  respecto.

Y una pregunta más para que cierres tus excelentes observaciones: existen muchos y buenos diagnósticos sobre las tendencias económicas, políticas, sociales, medioambientales y otras en el continente. Pero parece que están faltando propuestas alternativas para detener al que José Martí llamó el Gigante de las Siete Leguas.

Hoy en la región algunos buscan racionalizar o naturalizar la cobardía frente a este Gigante. ¿Esta postura, acaso no es una forma a buscar formas de convivencia subalterna con él?. Cuáles son los sectores que en Brasil defienden mantener al país como actor global con autonomía y decisión de construir el liderazgo agregador, sobre el que más de una vez Lula ha hablado y defendido?

JRC: Los desafíos que enfrenta el Brasil contemporáneo exigen una estrategia articulada que combine la firmeza política interna con una presencia internacional soberana y solidaria. En el ámbito nacional, la máxima prioridad de las fuerzas progresistas reside en la salvaguarda y profundización de las instituciones democráticas. Esto implica levantar una barrera consistente contra el ascenso o el regreso del extremismo de derecha al poder central, una lucha que no se limita al terreno electoral, sino que exige la disputa cotidiana por los corazones y las mentes de la sociedad y el fortalecimiento permanente de la participación popular en las decisiones del Estado.

 En el terreno económico y social, el proyecto de desarrollo debe romper con fórmulas obsoletas que concentran la riqueza y profundizan las desigualdades. El desarrollo nacional debe implicar obligatoriamente beneficios concretos para la clase trabajadora, garantizando empleos dignos, ampliación de derechos y servicios públicos de calidad. Este modelo rechaza el nacionalismo de fachada hegemonizado por las élites financieras y monopolistas locales, puesto que estas estructuras se han sometido históricamente a las dinámicas de la dominación económica extranjera y subordinan los intereses del país a las exigencias del capital internacional.

En la arena global, el país debe consolidar una política exterior independiente, orientada a la promoción de la paz y a la construcción de un orden internacional multipolar. La participación en bloques y coaliciones que desafían la hegemonía tradicional, como el BRICS, representa un pilar fundamental para garantizar la autonomía nacional y promover negociaciones multilaterales verdaderamente democráticas. Esta postura exige claridad estratégica y rechaza cualquier forma de apaciguamiento o capitulación frente a las presiones de las potencias imperialistas que pretenden dictar los rumbos de la política mundial.

 En el Brasil contemporáneo, un proyecto de desarrollo nacional, democrático y popular, con una inserción soberana del país en el mundo, interesa fundamentalmente a los trabajadores, a las masas populares en general y a los sectores intermedios, así como a fracciones nacionalistas minoritarias del empresariado nacional.

Por último, la inserción soberana de Brasil en el escenario internacional se traduce en un compromiso innegociable de solidaridad con los pueblos y las naciones sometidos a sanciones, injerencias y bloqueos coercitivos. En América Latina, además de priorizar la integración regional autónoma, esta conducta adquiere rasgos concretos en la oposición activa a las medidas arbitrarias impuestas a los países de la región, entre las que se destaca la denuncia permanente del bloqueo contra Cuba como un imperativo de autodeterminación, justicia y fraternidad entre las naciones. Se necesita más audacia en el apoyo a un país que es amigo de todos y que siempre ha sido un amigo fraterno de Brasil.

Carta de Fidel a Chávez del 13 de septiembre de 2008 *

RHF: si me permites, voy a terminar recordando a una eminencia gris, a Henry Kissinger, que no sé si en un acto de sinceridad o de cinismo, escribió esto:

“Los imperios no tienen necesidad del balance de poder. No tienen interés en operar dentro de un sistema internacional. Aspiran a ser el sistema internacional. Esta es la forma en que los Estados Unidos ha conducido su política externa hacia América Latina”. Nada más parecido a la política actual de Trump hacia la región

JRC: – Tienes razón. Pero él no contaba, ni tampoco sus sucesores, con el declive de su hegemonía absoluta, con la emergencia de nuevos polos de poder político y financiero, con la reanudación de la lucha por un nuevo orden económico y político internacional y con la nueva gobernanza global. A pesar de todo el cinismo de sus gobernantes, teóricos y diplomáticos, y aunque Estados Unidos siga siendo una superpotencia con capacidad para destruir a la humanidad, no es invencible.

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