Por Ramón Labañino Salazar. Héroe de la República de Cuba y Vicepresidente de la Asociación Nacional de Economistas de Cuba (Anec)
No sé si llamarlo desfachatez o simple confirmación de que los métodos del imperio no cambian, solo se maquillan. La reciente visita a La Habana de John Ratcliffe, director de la Agencia Central de Inteligencia —una institución con más sangre de pueblos en sus sótanos que archivos de inteligencia—, me incita a escribir estas líneas desde la más profunda convicción de que, una vez más, se pretendió vestir de cordero al lobo.
No podemos permitirnos el lujo de mirar para otro lado porque, seamos claros, ningún director de la CIA pisa suelo cubano con un ramo de flores bajo el brazo, y este viene con una agenda solapada, forrada en el lenguaje aséptico de la “cooperación en seguridad” o del “intercambio de información ante amenazas comunes”. Es la vieja táctica de tender una mano mientras, con la otra, se afila el puñal.
Desde la invasión mercenaria de Playa Girón hasta los incontables planes de atentado contra Fidel, la Agencia ha sido el brazo armado, y silencioso, de una política de hostilidad que nunca ha cesado, solo ha mutado.
¿Qué lo trajo realmente a La Habana? No me cuesta imaginar la escena, porque la historia nos ha dejado manuales completos de hipocresía intervencionista. Vino a medir la temperatura del sistema político cubano, a auscultar el ánimo social tras años de bloqueo recrudecido, a identificar posibles fracturas que puedan ser explotadas en la guerra no convencional que nos libran a diario. Vino, en esencia, a hacer trabajo de inteligencia con la arrogancia del que se siente dueño del patio.
Pero hay más. En los pasillos de la Anec, donde analizamos cada día el impacto del cerco económico, sabemos que el interés de Washington no es solo político-militar. Hay una intención económica maliciosa que casi nadie menciona.
Cuba está en un proceso de transformación de su modelo de gestión, con nuevos actores económicos, una banca que se informatiza y un tejido empresarial estatal y privado que busca oxígeno más allá de las sanciones. La visita del director de la CIA tuvo, sin duda, un componente de prospección económica: identificar actores vulnerables, mapear estructuras financieras, buscar la manera de infiltrarse en el sector no estatal para corromperlo desde dentro y convertirlo en punta de lanza del anexionismo blando.
El imperio no quiere una Cuba próspera y soberana; quiere una Cuba arrodillada y dependiente, y la subversión económica es su nueva trinchera.
Frente a esa intención, la respuesta de Cuba fue la de siempre: firmeza digna sin aspavientos, pero sin concesiones. No se trató de un recibimiento con alfombra roja ni de un apretón de manos entreguista. Se trató de escuchar —porque la diplomacia revolucionaria siempre ha sido seria—, y de dejar claro, con hechos, que la soberanía no se negocia. Que, si hay un tema que atender, se hace en condiciones de igualdad dejando fuera cualquier pretensión injerencista y, sobre todo, que el pueblo cubano no es terreno fértil para mercenarios del siglo XXI.
Me enorgullece, como revolucionario formado en la escuela de la ética y la defensa de la patria, ver que los órganos de prensa no compraron el relato edulcorado que algunos laboratorios mediáticos intentaron instalar. No hubo espacio para la ingenuidad ni para el “diálogo sin condiciones” que en realidad significaba “sumisión sin fecha de caducidad”. La respuesta cubana, desde la institucionalidad y desde el sentir popular, fue unánime: aquí no se viene a conspirar, aquí se viene con respeto, o no se viene.
Sé que algunos, desde sus cómodos sillones académicos o sus cuentas en redes financiadas por la NED, querrán acusarme de ver fantasmas. A esos debo recordarles que la Operación Peter Pan, la invasión por Playa Girón, los intentos de asesinato contra el Comandante en Jefe o el financiamiento de grupos contrarrevolucionarios no son fantasías; son crímenes documentados en la misma agencia cuyo jefe hoy pretende sonreír para la foto. ¿Ingenuidad? Prefiero ser acusado de precavido que de cómplice por omisión.
Confiamos plenamente en la dirección de nuestra Revolución, que, con su sabiduría y dominio completo del escenario, ha tomado esta decisión. Celebro que la visita no haya pasado sin una lectura crítica, sin una alerta pública. La revista Visión y los espacios de análisis de la UPEC no son ajenos a estos movimientos, porque la guerra cultural y comunicacional también se libra desde la interpretación de los hechos.
Que la gente entienda que el enemigo no siempre llega con botas de combate; a veces llega en traje, con una carpeta ejecutiva y un discurso de “preocupación compartida”. Pero su brújula sigue apuntando al Norte, a destruir la Revolución por las buenas o por las malas.
Cuba respondió con la serenidad del que se sabe asistido por la razón y por la historia. Les mostramos que, incluso en medio de dificultades reales, provocadas por ellos mismos, no hay espacio para el doblez ni para el tutelaje. Esta Isla ha aprendido a leer las intenciones ocultas bajo la luz de la dignidad. Y esa luz, ni la CIA ni sus directores podrán apagarla jamás.
(Publicado inicialmente en Revista Visión)





2 Comentarios
La dignidad no se negocia. “Viva cuba y su revolución “
EXCELENTE ARTÍCULO MUY BIEN ESCRITO.