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Moraleja del secuestro del presidente Maduro

Por Roberto Regalado

Entre mediados de la década de 1980 e inicios de la de 1990, bajo el influjo de la crisis terminal y el derrumbe del llamado bloque socialista europeo, en América Latina se cierra la etapa de luchas abierta a raíz del triunfo de la Revolución Cubana, y se inicia una nueva durante la cual las organizaciones y los movimientos sociales y políticos de izquierda y progresistas del subcontinente han atravesado por fases de acumulación y desacumulación de fuerzas.

Fases de acumulación

  • De 1985 a 1998 acumulan fuerza social suficiente para derrocar a gobiernos neoliberales, y fuerza política suficiente para ocupar espacios en gobiernos locales y legislaturas nacionales, pero insuficiente para ejercer el gobierno nacional.

  • De 1998 a 2009 acumulan fuerza social y política suficiente para elegir, y en algunos países para reelegir varias veces, a gobiernos de izquierda o progresistas.

Fases de desacumulación

  • De 2009 a 2012 no hubo derrotas electorales de gobiernos de izquierda o progresistas, pero sí golpes de Estado «de nuevo tipo» en los «eslabones más débiles de la cadena»: Honduras y Paraguay.

  • En 2013 y 2014 no hubo derrotas electorales, pero sí una reducción a la mínima expresión del margen de votos con que la izquierda conservó el gobierno en Venezuela y El Salvador.

  • De 2015 a 2019 las derrotas electorales en Argentina, El Salvador y Uruguay, los golpes de Estado «de nuevo tipo»en Brasil y Bolivia, junto a la traición de Lenín Moreno en Ecuador, quiebran a seis de los «eslabones más fuertes de la cadena», y se intensifica el asedio contra Venezuela, Nicaragua y Cuba.

Fase de recuperación parcial y posterior pérdida aguda de fuerzas

  • Tras la elección de Andrés Manuel López Obrador a la Presidencia de México en 2018 y de Alberto Fernández en Argentina en 2019, ambas a finales de la fase de desacumulación, entre 2020 y 2024, la izquierda y/o el progresismo recuperaron el gobierno en Bolivia, Honduras, Brasil y Uruguay, lo ocuparon en Chile, Colombia y Guatemala, y lo volvieron a perder en Chile y en Honduras, en noviembre y en diciembre de 2025, respectivamente. En enero de 2026, el presidente Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores fueron secuestrados por las fuerzas armadas de Estados Unidos y hoy están presos ilegalmente presos en ese país.

Factores predominantes en las fases
de acumulación (1985/1998 y 1998/2009)

  1. La herencia del acumulado histórico de las luchas populares, en particular, en la etapa abierta por la Revolución Cubana, en la que, si bien otros procesos revolucionarios o reformadores no triunfaron o no sobrevivieron, sí contribuyeron a abrir espacios de lucha legal.

  2. El rechazo a la represión genocida tradicionalmente empleada contra los pueblos, que obligó a Estados Unidos y sus aliados latinoamericanos a buscar formas menos brutales de dominación.

  3. El impulso de los movimientos populares en pleno auge, que incorpora a la lucha política y electoral a sectores sociales que antes carecían de conciencia, motivación o condiciones para participar en ella.

  4. El voto de castigo contra los gobiernos neoliberales de amplios sectores sociales no concientizados, listos para volverse contra las fuerzas de izquierda y progresistas si no satisfacían sus expectativas, fuese justas o injustas, racionales o irracionales.

Factores predominantes en las fases
de desacumulación de 2009 en adelante

  1. El acumulado histórico se desvaloriza. Al pasar el tiempo, con la superposición de realidades recientes, con el surgimiento de nuevas expectativas y demandas sociales —en unos casos por la satisfacción y en otros por la insatisfacción de las anteriores—, y con las insuficiencias y los errores de la izquierda y el progresismo, hay una relativización o devaluación del acumulado histórico.

  2. La represión brutal del pasado fue sustituida por la «desestabilización de espectro completo» contra los gobiernos progresistas y de izquierda.

  3. Debido a su insatisfacción con los gobiernos de izquierda o progresistas por el incumplimiento de sus promesas económicas y sociales —por los «candados» del sistema, la presión de los poderes fácticos y los corrimientos al «centro» para extender su base electoral— gran parte de los movimientos sociales populares que les dieron un apoyo decisivo a fases anteriores, pasaron a ejercer contra ellos la abstención de castigo.

  4. Los sectores sociales sin ataduras o preferencias políticas, que en una etapa anterior emitieron sus votos de castigo contra los partidos neoliberales, pasaron a emitirlos contra la izquierda y el progresismo.

Excepto en Uruguay, al derrocamiento, la derrota o la traición de esos gobiernos le siguió la criminalización, judicialización y, en muchos casos, encarcelación de sus liderazgos y dirigencias, entre los que resalta la prisión de Lula.

Los procesos transformadores con mayor capacidad de mantenerse en el gobierno han sido los de Venezuela y Nicaragua, los que se propusieron y lograron establecer su control en todos los poderes del Estado. Esa concentración del poder es la que ha garantizado la supervivencia a la Revolución cubana a lo largo de seis décadas y media. Sin embargo, en Venezuela y Nicaragua existe una contradicción entre el sistema liberal/burgués formalmente imperante y el sistema institucional realmente imperante, con características de socialismo de Estado, en el que un partido político, no único, pero sí hegemónico, monopoliza el control de los cuatro poderes del Estado, las fuerzas armadas y los cuerpos de seguridad.

La incompatibilidad entre el sistema institucional formalmente existente y el sistema institucional realmente imperante en Venezuela y Nicaragua se mantuvo latente mientras los liderazgos de sus respectivos procesos transformadores gozaron de una gran popularidad y mantuvieron un alto nivel de satisfacción, o crearon un alto grado de expectativas de satisfacción de las necesidades y los intereses sociales. Pero, esa concentración del poder tiene un elemento positivo y uno negativo:

  • El positivo es que resulta determinante para resistir la política de agresiones, bloqueo económico y comercial, y aislamiento político que afecta a Cuba desde el triunfo de su Revolución (1959), a Nicaragua en las dos etapas de gobierno del FSLN (1979/1990) y (2006 hasta el presente), y a afecta a Venezuela desde el primer período de gobierno de Hugo Chávez (iniciado en 1999).

  • El negativo es que trastoca la relación entre el objetivoy el medio. El objetivo era desarrollar un proyecto de país que satisficiera las necesidades y aspiraciones materiales y espirituales de la sociedad, y el medio era establecer un poder capaz de garantizar ese proyecto de país. El trastocamiento consiste en que se continúa ejerciendo el poder cuando ya se no tiene la capacidad de satisfacer las necesidades y las aspiraciones de la sociedad, o bien porque no llegó a tenerla, o bien porque se perdió.

Dado que fuerzas externas y/o internas intentan derrotar o derrocar a los sistemas institucionales establecidos en estos países, y a que en ninguno de ellos se logró avanzar en la construcción de una nueva sociedad, sino que ese proyecto se convirtió en inalcanzable en la forma y el contenido originalmente concebidos, la defensa del poder se convierte en un objetivo en sí mismo.

Al evaluar a todo proceso de reforma social progresista o transformación social revolucionaria, es preciso tener en cuenta en qué medida ha cumplido o incumplido sus metas históricas. En los casos de incumplimientos han de tenerse en cuenta a los factores adversos y ajenos que han incidido en ello, pero no puede obviarse que, aunque sean resultado de factores adversos y ajenos, el incumplimiento de las metas históricas erosiona a dichos procesos. En esencia, todo proceso transformador está obligado a cumplir sus metas históricas en un plazo no superior al momento en que la sociedad lo perciba como una «eterna batalla cuesta arriba».

El caso Venezuela, entre la realidad y la utopía

El secuestro del presidente Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores realizado por las fuerzas armadas de Estados Unidos, además de las interrogantes de cómo pudo ejecutarse esa operación (¡nada menos que dentro sede central de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana!), de cómo los secuestradores sabían dónde iban a dormir aquella noche, y que efectivamente estaban allí, de por qué no hubo la respuesta que se aseguraba ocurriría en caso de cualquier agresión contra Venezuela y, además de todo lo dicho, que el desenlace sea una «normalización de relaciones» con la potencia agresora pactada por el propio gobierno que encabezaba Maduro, revela la fragilidad de los procesos revolucionarios que dicen tener una sólida base de poder popular, pero hechos como este revelan que, en realidad, carecen de ella.

Transcurridos 27 años y 5 meses desde el inicio de la Revolución bolivariana, el primer eslabón de la cadena de elecciones y reelecciones de gobiernos de izquierda y progresistas, crecientemente desarticulada a partir de 2009/2019 y hoy prácticamente extinta, es tiempo de enfrentar la realidad y evaluar en qué medida los partidos, movimientos, frentes o coaliciones que ejercieron y/o ejercen el gobierno en sus respectivos países están conscientes de la verdadera relación existente entre sus utopías discursivas y sus realidades políticas.

Entre toda utopía emancipadora y su correspondiente realidad hay un «eslabón perdido». El «eslabón perdido» entre utopía y realidad abre una «brecha» entre el proyecto de transformación social revolucionaria o de reforma social progresista, y el proceso transformador o reformador destinado a materializarla. No reconocer el crecimiento acumulativo de la «brecha» entre utopía y realidad, y aferrarse a una utopía como fundamento de un proceso de transformación social revolucionaria o de reforma social progresista crecientemente desviado y desconectado de ella.

La desconexión entre utopía y realidad tiene consecuencias entre las que resaltan: la conversión de la utopía en dogma; la alienación social que todo proceso reformador o revolucionario está llamado a erradicar; la bifurcación de intereses y de rumbo entre «dirigentes» y «dirigidos»; la deriva del proceso hacia la desilusión y el fracaso; y, en experiencias históricas bien conocidas, como la de la URSS (por solo mencionar la principal), el empoderamiento absoluto de una casta que genera y defiende intereses políticos y económicos propios, lo que desemboca en la negación de la utopía: ¡desde la propia cúpula de «el poder»!

La utopía tiene que ser sistemáticamente atemperada a la realidad mediante la participación protagónica, real y efectiva de la sociedad, y nunca reafirmada o reformada desde «arriba». Esta reevaluación y actualización protagonizada por la sociedad es lo único capaz de lograr que la utopía no solo sirva para caminar, como dice Galeano, sino que sirva para caminar por la senda que la convierta en realidad política, económica y social lo más cercana posible a ella misma.

Sobre la base de experiencias y estudios realizados en décadas anteriores, desde el inicio de la cadena de elecciones y reelecciones de gobiernos de izquierda y progresistas en América Latina se ha concentrado la atención en la denuncia de la guerrera mediática, la guerra cognitiva, la guerra cultural, la guerra de cuarta y quinta generación. En los últimos años, Caracas fue la sede principal de eventos y la tribuna más activa de denuncia de esta modalidad de acción contrarrevolucionaria. Esos análisis y esas denuncias tienen que continuar «a todo tren», pero también hay que reconocer y asumir que esa no es la única amenaza de los gobiernos y las fuerzas políticas de izquierda y progresistas.

Todo tipo de acción contrarrevolucionaria externa e interna tiene que ser estudiada y combatida, pero con conocimiento y comprensión de que ese no es el único frente de batalla. Otro frente, tan o más importante que ese, es el reconocimiento y la erradicación de las debilidades y los errores propios que convierten a los procesos transformaciones y/o revolucionarios en vulnerables a las estrategias y tácticas enemigas. Lo ocurrido en Venezuela es prueba de esta omisión: mucha denuncia al enemigo y poca o ninguna introspección.

Moraleja: denunciar y desenmascarar al enemigo SÍ, pero focalizar la atención en la denuncia del enemigo para evadir el reconocimiento y la erradicación de las debilidades y de los errores propios: NO.

 

1. Para conocer las opiniones del autor sobre estos temas, ver a: Roberto Regalado Álvarez, Socialismo: en busca del «eslabón perdido» entre utopía y realidad. Una visión desde Cuba, Fundación Perseu Abramo, Sao Paulo, 2025. Se puede descargar gratis en el portal de la Fundación, en el link (https://fpabramo.org.br/editora/livro/socialismo-en-busca-del-eslabon-perdido-entre-utopia-y-realidad/).

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